Los primeros aterrizajes

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Tenía que suceder. Sin ir más lejos, algunos poemas del elefante fueron esbozados en las nubes: no sé cuántos aviones he tomado éste año y el anterior. A bote pronto, sin pararme mucho a contar… unos seis o siete. Saber perderse mutó y cambió de nombre, ahora se llama Aterrizajes -tras someterlo a una operación de pulido sin precedentes-. Aterrizajes, sí, porque los aviones me han conquistado como lo hicieron en su día los tranvías y, en menor medida, los trenes. La RENFE y su exquisito servicio en Catalunya tiene gran parte de la culpa de mi desencanto ferroviario…

Son miniaturas metálicas, de escala 1:500 -es decir, quinientas veces más pequeñas que en la realidad- y, excepto una, el resto no las he elegido yo: todos tienen un hermano de verdad que vuela. Únicamente incorporo modelos que cumplan como mínimo una de las tres siguientes condiciones: que vuelen a Barcelona o Lisboa -o a los dos-. que sean turbohélices… o que sean de TAP Air Portugal. Sigue leyendo

La Terminal X

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en el error de la terminal 1 del aeropuerto de la ciudad condal encontré la virtud: no dormir en la noche mientras aflora en mí una aleación del síndrome de stendhal al contemplar de madrugada los aviones arrimados a sus respectivas puertas de embarque

la magia de la aviación no es únicamente volar a once mil pies del suelo, sino entregar nuestra voluntad a un equipo de desconocidos

subo a un avión, relativizo lo humano y lo divino; el papel de las nubes, de los vientos alisios, de poniente, de mestral y todo tipo de precipitaciones como potenciales fuerzas perturbadoras del destino

 hay más decisión en un cacharro de setenta millones de euros -conducido a voluntad de unos desconocidos- que en muchos humanos

ahora mi particular aeropuerto es mi biblioteca, todo se verá.

Foto: Airbus 319 de TAP Air Portugal estacionado en el aeropuerto de Lisboa con destino Luxemburgo.