La teoría de la adolescencia y el caos

272978229_640

Once años: soplo las velas anegado de falsa realidad. Madre ha conseguido reunir a toda la familia alrededor de la mesa redonda. No soy un caballero de la tabla, de eso ya se encarga mi hermano mayor presumiendo de móvil -un Motorola inmenso, que haría las delicias de cualquier chatarrero del coltán-, sufriendo en silencio la eliminación del Barça un año mas en la Champions. Antes, por la mañana cuando me iba para clase todos ilusionados -madre, mi hermano- me regalan una mochila de ruedines. El camino al cole se convierte en un suplicio de patadas, capones y hostias por doquier; en mi barrio solo llevan esa los gilipollas o los discapacitados, las que molan son las Eastpack. Mientras que ceno el escalope rebozado con patatas le pregunto a mi madre si soy una cosa o la otra. Marcha corriendo a la cocina.

Continuar leyendo “La teoría de la adolescencia y el caos”

Vidrio

New-Brighton-Beach-BW-320x320

“si pudiera coger un simple momento con las manos…”
(Bruce Springsteen)

Vidrio

Tu me decías que el mar sería aquella bandeja de plata y zafiros en la que irías apilando todos nuestros recuerdos para que la sal los convirtiera con sus espumas en inalterables. Ahora, dos años después de pasar cual hoja de calendario aquel amor semanal miro a la playa, analizo semánticamente que significaba esa frase: lanzas al mar mis recuerdos cual despechada que lanza pianos por la ventana de un quinto; creyendo que así conseguirás olvidarme, y lo único que haces es que en botellas de vidrio rosa y pinot noir, en las playas de veinte kilómetros más abajo, donde veraneas te lleguen los recuerdos, que para ti serán chiquilladas de adolescente que buscaba en mí el primer tabaco y el último regalo, a sabiendas de que ahora no hay vidrio rosa con poema ni mar para nosotros, porque tú eres pasado en la botella y yo sigo siendo presente en la playa.

El baile del estuario

torre-de-belem-3.jpg

Y amanece en Lisboa. Marchas. Huyes de la costa dejando ante tí un rastro de besos en forma de espumas peinando el oleo sobre la crin de las sirenas que ondean por la playa.

Besas a brazadas el infinito y yo, cual Neptuno, anhelo que la marea me arrastre una vez más a ti; aunque nuevamente sea náufrago en tu olvido.

(leído en la #BookConBCN)

El cese de Gerardo Bengoechea

venables-barcelona.jpg

Cuando un entrenador está vive al límite siempre aparece el verbo ratificar. El significado que enmascara es un mero eufemismo: ratificar es el dardo envenenando de cualquier presidente o consejero general de un club; una mano… al cuello. Una indirecta plausible por la prensa y la afición; una tapadera, sin más, para que lo más crudo y obsceno del poder vaya seleccionando nuevos nombres para hacer válido el dicho de a rey muerto rey puesto.

Gerardo Bengoechea -cincuenta y nueve años, veintiocho como entenador. No se conocían ni destituciones ni dimisiones- era un hombre chapado a la antigua. Un romántico. Por eso cuando acabó el partido asumió que llegaba el fin. Ratificado dos jornadas atrás por la directiva no supo gestionar la ansiedad de su colectivo: cero a tres. Y como si fuera un circo romano, el entrenador sabe que la afición estaba sedienta de sangre: los silbidos y pañuelos que teñían la grada era el pulgar descendente de un César obligado por las circunstancias. Porque uno puede mandar en la banqueta todo lo que le dejen, pero en el palco un presidente es dueño de los impulsos de la grada. Aun así, Gerardo Bengoechea aguantó el chaparrón con mirada desafiante hacia la preferencia. Dos minutos más tarde enfiló el camino a vestuarios.

Abrió la puerta y soltó la arenga pertinente a los jugadores, un cóctel titubeante de ánimo con tibia autocrítica. Acto seguido se aflojó la camisa, se quitó la americana y refrescóse la cara antes de dirigirse ante los medios. De mientras el jefe de prensa le miraba con recto serio como si supiera anticiparse su mirada a la sentencia de muerte que reinaba en el ambiente. Gerardo Bengoechea, sentado, impávido y con un arsenal de paciencia y valor elogiable de un espartano defendió con la vehemencia que le faltaba para dirigirse a los jugadores sus gestión, así como mostró su faceta de excelso jugador de mus al transmitir la tranquilidad que sentía al saber que contaba con el apoyo de la directiva todavía. Fueron diez minutos inacabables donde los buitres -la prensa- cercaban a una presa malherida -el entrenador- que se resistía en parecer débil a primera vista, que se atrincheraba en su cargo ante la fatalidad. Acabada la rueda de prensa el entrenador se dirigió hacia su despacho. Ya en él, sacó de uno de los cajones de un vetusto armario una botella de color carmesí y un vaso estrecho al que sirvió un poco de agua de una jarrita. Añadió el licor y lo paladeó a la vez que escuchaba cómo las voces del estadio se iban apagando, cómo los pasos se perdían y cómo la noche iba allanando su camino por todos los huecos de la ciudad. Mientras apuraba el trago recordaba las pancartas, los cánticos hacia su persona, las tiranteces con algunos directivos…

robson.jpg

Gerardo Bengoechea era un hombre chapado a la antigua. Y un romántico. Sabía marchar en silencio en la mayoría de los casos. Entendía que ahora era el momento, aunque todo era diferente. Por ello, empezó a ordenar apuntes, esquemas y vídeos: primero encima de la mesa, luego en la estantería: por fechas, categorías… así hasta que acabó y dejó una perfecta antología de empirismo balompédico lista para revisión. Acto seguido encendió el ordenador de sobremesa y pasó a dos lápices de memoria todos sus informes y resúmenes: en ellos había desde notas técnicas de sus jugadores hasta un espacio de cribaje de futuros fichajes con la dirección deportiva. A la vez, iba sonando su teléfono móvil de manera incontrolable. Seguramente fuera el hombre del momento porque desde emisoras de radio -querían despacharse en tertulia con él sin piedad- hasta llamadas del presidente deseaban hablar con el. La señal del fin era un mensaje instantáneo después de obviar durante horas las llamadas de su superior: un seco “quedas despedido”.

Llegado ese momento Gerardo Bengoechea apagó el teléfono y como buen romántico que decíamos que era decidió acabar con el sufrimiento provocado por derrotas, discusiones y tertulias. Como Pushkin, se irguió de cara a la puerta, batiéndose en duelo con su sombra proyectada en ella. Abrió por última vez la cajonera y sacó un revólver; clocó el arma encima de la mesa y lo abrió; depositaba el tambor plateado, orondo y grasiento seis cartuchos. Lo hizo girar y cerró la pistola en seco. Fijóse la corbata -como antes de saludar al entrenador rival- y se abotonó la americana. Con la mano derecha empuñó el arma y abriendo la boca, encañonando la cima del paladar apretó el gatillo. Instantáneamente un reguero de sangre, huesecillos y seos salió disparado de su nuca hasta chocar en la pared blanca; murando ésta a un color rojo fuerte, expandiéndose por el gotelé la sangre a trompicones cual catarata tartamuda.

Gerardo Bengoeceha era un hombre sensato, chapado a la antigua y romántico; con un expediente impoluto: nunca fue cesado ni destituido. Siempre supo respetar los ciclos y sus tiempos. Hasta el último momento supo ponerse por encima de rumores y sospechas, encargándose de callarlos para siempre.

Muros de papel

muros-de-papel1_low
Ilustración: Mercedes De Bellard.
“Eso que llaman el amor es el exilio,
con una postal del país de vez en cuando”
(Samuel Beckett)
Subí las escalera inseguro, cogiendo de la mano a Floyd y me presenté delante de una puerta blanca con pegatinas de colores. Llamé a la puerta, fijándome en el pomo redondo y dorado y allí me recibió una chica joven y sonriente que me invitó a pasar. Inseguro del todo -siempre he desconfiado de los sitios con paredes de colores- la seguí hasta una habitación grande, donde tú me esperabas mirando la televisión con cierta desgana. Me miraste, me estudiaste por arriba y por abajo y abrazaste a Floyd sin mi consentimiento. Recuerdo que lloré en silencio, porque era mío y sentía cómo prostituías mi infancia. Tu hermana al ver el atroz espectáculo de la lluvia de mis ojos te obligó a devolvérmelo, aunque nunca más mi fiel compañero volvería a ser el mismo.

Continuar leyendo “Muros de papel”

Escudella i carn d’olla

1942 – Olla pobre de Navidad.

Compró lo que buenamente pudo en el mercado con el jornal del hermano. Dos nabos, tres zanahorias, dos cebollas moradas, cardo, romaní y una pieza de tocino blanco algo desconchado, de olor rancio pero todavía apetecible. Cociendo toda la verdura consiguiendo el caldo amasó la pelota con carne picada, harina, algo de manteca, miga de pan y cachitos de butifarra negra. Amasa y golpea, como los comentarios de los señoritos en el mercado y las miradas de superioridad de aquel que con un golpe de bayoneta cambió su suerte. Machaca finalmente con la maza del mortero la masa, con firmeza y desvergüenza como hicieron algunos regulares con la cabeza de padre, consiguiendo una pelota de forma alargada una vez extendida en la tablilla de manera que pronto acompañan en la cazuela a las verduras que iban escanciando sus sustancias y sabores.

2016 – Especialidad gourmet.

He invitado a María a comer. Nos ha recibido el maître y nos dirigió hacia una mesa en un recodo del comedor, cerca del fuego -María es, como su hermana, fredolica-. Después de estudiar la carta hemos dejado los arroces para otra ocasión y elegido una escudella i pilota. Al rato ha llegado el perolo con su sopa de caracoles y trocitos de verdura sueltos en el caldo, como náufragos -nabo, zanahoria, patata, puerro-. A continuación el camarero ha sacado un tenedor de trinchar para trocear la pilota y la ha puesto sobre una tabla de madera; con un cuchillo ha ido partiéndola y a su lado, colocó trocitos de queso trufado. A nuestro lado tenemos a un par de hombres de buen vestir, de negocios quizá: no paran de hablar y halagar en alto las bondades del caldo y la textura de la pilota. Sé que és difícil acertar con las apariencias pero todavía guardo la costumbre de observar las manos de las personas de mi alrededor. Las suyas, limpias y pulidas, dejan entrever que poco han trabajado con ellas. María me habla y yo asiento tranquila aunque en mi mente tenga el recuerdo de los señoritos del pueblo en el mercado, su sorna y mis lágrimas aliñando la masa de la pilota.

* * * * *

pot_au_feu2

Aquello que el pueblo elaboró con su sudor es tratado siempre por la sangre azul como manjar. Cura de humildad de aquellos que nunca han secado el sudor de sus frentes con la manga de sus camisas, siendo siempre palabra divina.

Incubadoras

enfermeros

Desde que empezamos a trabajar en la cínica lo hacemos. Cada día me encargo de llevar a los recién nacidos a la báscula de peso y medición. Allí los limpiamos y secamos Anabel y yo, cambiándoles la identidad, poniéndoles en esa pulserita identificativa que cuelga de delicada muñeca un nombre y unos apellidos que en realidad no son los suyos. Acto seguido, María se encarga de lleva el bebé a sus padres para que puedan disfrutar de los primeros momentos con un hijo que no es suyo. Resulta grotesco y divertido ver cómo los padres saludan a los bebés desde los cristales de la sala de incubadoras, ignorando que en realidad no son carne de su carne.

Cada martes por la noche, al acabar el turno y cuando en planta solamente quedan las limpiadoras nos reunimos las tres en la cafetería. Comentamos las caras e impresiones de esos inocentes padres a los que hemos engañado. Sabemos que lo que hacemos no está bien, pero nos reconforta y nos divierte porque al contrario que a sus hijas a nosotros no nos quisieron cuando éramos pequeñas: fuimos niñas maltratadas, olvidadas y por ende abandonadas a nuestra suerte. Por eso cuando entramos como comadronas llegamos las tres a la misma conclusión: al igual que no fuimos felices con nuestros padres tampoco lo serán aquellos bebés que pasen por nuestras manos. No habrá ninguna familia feliz hasta ser saciadas nuestras ansias de justicia.