Mentiras de altura

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Viajé a Badajoz desde Barcelona el pasado jueves en un avión que iba hasta los topes -sucede siempre que hay una cadena de días festivos, el resto de jornadas siempre vuela medio vacío-. Después de dos horas de retraso, aguantando las quejas airadas y sinsentido de un grupo de señoritos camperos extremeños, me senté en mi asiento 3G, ventanilla. En las dos primeras filas viajaban un par de matrimonios mayores. La encargada de repartir la bebida de cortesía preguntó de dónde venían, poniéndose eufórica al saber que se dirigían a La Siberia extremeña como lugar donde iban a pasar el fin de semana, aderezando la explicación de los matrimonios con exclamaciones de alegría, diciendo dudosas verdades sobre la zona. Cuando llegó a mi lugar con su trolley quise saber si había pisado alguna vez la comarca en cuestión, respondiéndome que ninguna. Me inquirió, algo punzante por mi salida, y porque estaba aburrida de retrasos y escalas, si también iba de vacaciones por Extremadura o bien viajaba por motivos de trabajo. Me quité las gafas, froté mis ojos y le dije que mataba a personas a cuenta de terceros; dicho lo cual se puso muy contenta y manifestó que era un trabajo muy bonito y desagradecido. Me preparó el combinado que había pedido en carta y prosiguió con su rutina alegremente.

Cuando iba a bajar del avión ella estaba en la puerta: me aguantó la mirada como nadie antes había hecho. Aquel embarazoso momento en que descubren tu coartada.

No era suficiente

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A lo largo de la calle te persiguen los faroles. Voy hacia el lavabo, enciendo las luces del pasillo; en la pila me froto con agua helada las arrugas que surcan mi cara. Me tapo las vergüenzas, voy desnudo, con una toalla a modo de faldilla escocesa mientras completo la simbiosis de las Highlands en el apartamento preparándome un doce años con limón ya en la cocina. En la habitación me siento en un taburete apoyado en un resquicio, mirando hacia el horizonte indirectamente: Rodin tendría un buen modelo para crear su pensador de nuevo. Atraviesas una ciudad que no te espera mientras voy recogiendo cadáveres de látex amarillento que impidieron la unión perfecta, la única unión posible en una noche para los dos. Y aunque la lluvia no fue suficiente y el vino se quedó corto, la única constancia de nuestro amor son esos cadáveres que ahora anudo y que en su interior recluyeron una esperanza de vida. Cierro los ojos cuando atrapo las formas escurridizas y los voy añadiendo uno a uno a la bolsa de basura, mientras tú marchas a la estación presurosa. Antes de dormirme de nuevo decido recordarte reciente ahora que puedo mientras el frío nos transporta a destinos antagónicos.

Pudores y espejos

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Llegaron los primeros a la plaza y serán los últimos en retirar sus anaqueles. Hasta el último momento han repartido sus folletos a los despistados transeúntes, no cediendo ni un metro de acera a sus rivales. Durante semanas han aguantado gracietas e insultos, se han fotografiado en las situaciones más inverosímiles hasta convertirse en una parodia totalmente prescindible. A pocas horas venderse todo el pescado los candidatos llegarán a sus casas y mirándose al espejo se preguntarán si el jueves sus conciudadanos sentirán el mismo pudor que ellos cuando depositen su voto en la urna.

Domingo de perplejidades

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(Ferreras)

No lo crean pero aquí todo apareció espontáneamente.

-vamos
dije a madre convencido de lo que hacía, a sabiendas que todas la mañana no hará expurgo de votantes ni donaciones extraordinarias de paciencia. Solo tenemos la esperanza de llegara un poco más lejos en nuestros deseos y asumir una experiencia más en nuestra particular historia.

-padre, asómese. Camine poco a poco
porque las lumbares le duelen desde hace quinquenios y las cuestas son un suplicio. Kesse, como lo fue Olissipo hace siglos, vive flanqueada de recovecos curvos, colinas y dignidades magnánimas de otra época, desajustadas al presente. Uno dirá como el Gobierno del señor Moncloa, algunos menos porque es ley de vida e irán con el puño cerrado en el pecho como si así pudieran sentirse más o menos de Kesse, más o menos de la patria de conejos que es nuestro terruño arcilloso

-dos horas de cola, esperaremos
digo a madre que aguanta estoica y hablando con anónimos como ella. No pierde la sonrisa y camina segura, con la mezcla que dan las horas estancas y padre debatiendo con extraños bajo la mezcla de alquimias que conglomeran un estado de ánimo. Surgen teorías de la democracia y expertos en resolución de conflictos caducos que huyen ante densas explicaciones y largas peroratas del orden. Bajo aplausos avis salen de sus refugios y cavernas flanqueados por una guardia pretoriana de brazos y manos aplaudiendo no se sabe qué coraje más sí el esparcimiento de respeto general de ver a la experiencia hecha democracia votando. Esa palabra otra vez mientras avanza la serpiente panzuda de gente dispuesta a votar.

-ahora sí madre, nos toca
y deposita su voto confiada en una urna diferente a la mía, como padre; que lo hace en las antípodas de la sala; pero se vota. Y surge pues la llamada general de alarma, en fin, de prepararse para el choque ente violentos y pacíficos.

-ustedes preparen la comida, pongan el vino sobre la mesa también
había que comer juntos y celebrar el regreso de unas ausencias calibradas por la necesidad de la tercera de edad. En cuanto a la espera de la masa violenta fue en vano. Dos horas después y ante la pordedumbre de sus argumentos la paciencia se desquebrajó y volvieron a efectuar un voto libre y nada condicionado todos aquellos que anudaron brazos en la defensa de urnas. Fui a casa, no descansé y el vino no se puso sobre la mesa. Declaración de responsabilidades ante un domingo de perplejidades.

El coraje de los anónimos

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Abre la puerta, X digo, de Sanitat y con el primer paso siente un escalofrío de ilegalidad que se evapora a partir de la continuación de los mismos hacia el círculo humano a los pies de las escaleras. Consignas que M escucha perpleja, amistades de M que llegan sin previo aviso y se convierten en acompañantes anónimos, compañeros de fatigas y reniegos en una noche dura a la espera de no se sabe bien qué. Y rumores ante el fresco mezquino de la madrugada caen los pareceres de la alcaldía y todas las conversaciones perezosas incapaces de convertirse en diálogos van apareciendo cada vez más escanciadas por el sueño; son las tres y media de la madrugada y los cuerpos ceden al empuje de la somnolencia bajo el yugo lunar y los indecisos designios de vientos templados mediterráneos, portadores de refugio en forma de chaqueta. O de saco de dormir, como hace X, que lo abre como una alfombra mágica donde dar cabezazos después de leer algunas páginas de Ensayo sobre la lucidez. MG y C preguntan si ha sido una lectura premeditada para la noche que acontece; X responde que no, que debido a una alineación y las prisas por tomar Sanitat Ensayo sobre la lucidez ha sido el libro escogido por ser el más próximo a la mochila Quechua gris que languidecía en la esquina izquierda de la puerta de la habitación, aunque la verdad sea dicha, no menciona ni de lejos la elección de Tren nocturno a Lisboa, verdadero causante de la duermevela entre paisajes de Berna y clases de latín y cursos a distancia de portugués. A distancia piensa X como todas las conversaciones que tiene con L y la osadía de los audios en medio de una lucha que no es suya pero ella la acapara como tal porque se siente internacionalista en un origen plural. Y bajo esa turbulencia de imágenes cabecea acurrucado y asiente en sueños en una media hora corta, brutal, fría hasta que llegan los refuerzos y prensa. Confirman ellos, sabios de micros y blocs de notas la salida del diferente de sus embarcaciones en las entrañas de lecheras, que no vacas, sin objetivo a saber qué. En mitad del relato M toca retirada con la responsabilidad moral que influye en ella dormir cuatro horas para atender sus sacrificios laborales. X aguanta y resiste, sabe que son vigilados por coches que pasan por la larga avenida que trocea la calle María Cristina. Y no lo dice pero tiene miedo; el miedo es de valientes porque quien no lo siente es un inconsciente y siempre los inconscientes son los que provocan desgracias. Contiene los nervios y bromea con compañeros. Como el chaval que ha venido a votar desde Estados Unidos y no para de repartir carquinyolis -ejemplo de nerviosismo- o el compañero que fuma un cigarro tras otro mientras camina. X lee Tren nocturno a Lisboa, pero le puede la inquietud de la jornada. Calla, camina, asiente, habla, respira y acaba pensando en Alcântara y en apelar al mismo espíritu que tenían en Amadeu de Prado. En cuanto puede el cielo clarea, toma un colo violáceo con las primeras luces eclipsadas por el naranja de los focos y X toca retirada. Breve, pero retirada. Recoge el saco, los libros. Abraza el hombro de MG y C y baja Avenida Catalunya a casa. Le da tiempo a comprar un cruasán con miel para A, pero coca de ceba para JM no había. Lástima. Abre la puerta  de casa y tras posar el hojaldre denso y sabroso se cubre encima de la cama de su cuarto con la radio sonando de fondo. Ha puesto la alarma a las 09:15 de la mañana. Si nadie lo evita dormirá justamente una hora. Y no hay café hecho.

La Morgue

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Se detuvo en seco. Sildo leyó poco a poco con voz queda: “¡La mejor de las muertes puede ser la suya! Rápida y sin dolores si recurre a nuestros profesionales”, el eslogan que aparecía destacado en una de las vidrieras de una tienda de la calle Kafka y que llamaba la atención desde hace pocos meses por lo macabro de sus productos. Titubeante y un poco nervioso decidió a entrar en el comercio. Nada más entrar, en primer planto, encontró una estantería repleta de tarros de vidrio etiquetados, cada uno de un color y densidad diferente, repletos de líquidos y pastillas ordenados alfabéticamente: alzheimer, cáncer, cólera, dengue malaria, rabia… en “La Morgue, muertes asistidas” uno podía contratar la forma de morir más adecuada a sus gustos; disfrutando de un tratamiento exquisito por parte de los vendedores que asesoraban con descaro a sus potenciales clientes. Como prueba de ello consta el suicidio colectivo -quince hombres, tres mujeres, un hamster y dos carneros- que celebraron en la Plaza Mayor hace dos años para conmemorar la apertura de su establecimiento y que provocó que una masa de gente deseosa de viajar soportara grandes colas para comprar y contratar sus servicios los días siguientes. Sigue leyendo

La teoría de la adolescencia y el caos

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Once años: soplo las velas anegado de falsa realidad. Madre ha conseguido reunir a toda la familia alrededor de la mesa redonda. No soy un caballero de la tabla, de eso ya se encarga mi hermano mayor presumiendo de móvil -un Motorola inmenso, que haría las delicias de cualquier chatarrero del coltán-, sufriendo en silencio la eliminación del Barça un año mas en la Champions. Antes, por la mañana cuando me iba para clase todos ilusionados -madre, mi hermano- me regalan una mochila de ruedines. El camino al cole se convierte en un suplicio de patadas, capones y hostias por doquier; en mi barrio solo llevan esa los gilipollas o los discapacitados, las que molan son las Eastpack. Mientras que ceno el escalope rebozado con patatas le pregunto a mi madre si soy una cosa o la otra. Marcha corriendo a la cocina.

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