Crematorio

“La crisis está sirviendo para meter en cintura a los de abajo. ¿Te quejas? Pues a la calle. Y en la calle hace mucho frío.”

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Tengo algo de curandero con alpargatas, solucionador de problemas y ofrecedor de consuelos, que no médico. Al menos en lo que a libros se refiere; porque después del tsunami lacrimal de la semana pasada recomendaría una lectura potente para sacar más jugo a los ojos, que supurasen más sal si cabe. Que no hay prou: hoy es lunes y las lecturas de inicio de semana han de ser como aquel cigaló -carajillo- que se toma el iaio del bar en la terraza fària enganchada a los labios agrietados y secos: potente, seca y directa. Una lectura de una semana, Crematorio, de Rafael Chirbes ayudaría a cambiar el diagnóstico y a ver aquella herencia que hay en el Levante: toneladas de hormigón, grúas peinando eriales, tochana almacenada, bolsas de dinero y etcétera. Lo recomendaría a cada uno que pensara en la herencia recibida. Y luego documentales, elegid entre la lucha del Cabanyal o las víctimas del metro de Valencia. Luego o antes; el orden de los factores no alterará el resultado: o caerá la cara de vergüenza o hablarán de manipulación. Dejo el libro a cualquiera que defienda a cualquier personaje que haya sido sobrepagado sin motivo, mordido o favorecido por un sistema caníbal

Decía Chirbes que se sentía juzgado en el momento de salir un libro. Ya le pasó con La buena letra, removiendo la memoria histórica antes de que unos y otros se la lanzaran cuan bola de barro en las Cortes. Y le sucedió con Crematorio, aparecida antes de la crisis. Como un visionario que se adelantó a todo lo que iba a suceder porque él lo veía desde Tavernes -en el caso de la burbuja-. Con la injusticia social igual, cuando no daba lectores, él escribía de su lado. Con la inmigración igual; antepuso las corrientes para enmarcar lo que sucedía uniendo los cabos del destino. Puedo hablar de Crematorio pero cualquiera que haya llorado a la valenciana puede hacer con cualquiera de sus novelas. Y con algo de suerte verá aquel esqueleto de sinsentidos que ha sido España, vestida de ignorancia. Y lo poco que hacemos para quitarnos esas ropas y tejer otras de un color más amable. La herencia recibida no tiene por qué ser buena.