La inmensa minoría de Barcelona

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En Barcelona conviven tres tipos de ciudadanos: los de primera -turistas y extranjeros, a lo sumo la élite socioeconómica de la ciudad hablando un xava del cagar- los de segunda -por extensión, todos los demás- y aquellos que no existen a ojos de nadie, ni a los de segunda. Barcelona es un centro de ocio contemporáneo, chic y que ha cambiado la vanguardia por lo cutre, lo original por lo manido y no se acuerda de los suyos cada cuatro años -bien, cada dos o tres, al ritmo de las elecciones a la Generalitat-.

Barcelona no son las piedras y los monumentos. Barcelona es crisis, pufos y crecer sabiendo que tu futuro vale menos que el de cualquier otro por haber nacido la-inmensa-minoria-oken un barrio alejado del centro, o quizá por haber nacido en la ciudad equivocada. Barcelona es bajar follao la ladera del Tibidabo o escuchar música en les cotxeres. Barcelona también son las fiesta de Gràcia y Sants y su pique saludable, tomar horchata en El Tío Ché y pasear sin mirar el reloj por el Poblenou hasta la Mar Bella… es saber disfrutar de todo ello si no sabes que es un oasis. Hay una ciudad paralela que permanece oculta y aislada. Una ciudad, un conato de resistencia viviendo a tiro de piedra del centro siempre y cuando el azar de las relaciones de transporte público jueguen alguna vez a su favor. Hay un instituto -o dos, o tres, no lo sé- y hay riqueza en las sonrisas y en los cementerios de hormigón y tochana que pueblan sus esquinas de vanas ilusiones.

Sí. Acabo de releer La inmensa minoría, de Miguel Ángel Ortíz (Random House, 2014) No vivo en Barcelona pero como uno barcelonés de segunda más sé qué tipo de ciudad no quiero. La ciudad está colonizada: la realidad ha dejado a todo el mundo en fuera de juego, las ilusiones se han quedado en eso, ilusiones -en el libro se quedan tiradas en un campo de tierra- y el verdadero arte es sobrevivir aprendiendo a ser peor porque el margen de mejora es nulo. ¿Con qué cara sales cada mañana de casa si lo primero que ves es un coche calcinado? Sigamos obviando el desarraigo local de los barrios más populares y marginados, suframos las consecuencias y la parca extrañeza que provoca la nula representación en aquellas zonas degradadas. Observemos como algo exótico la escasa implantación del esquema de ciudad impuesto a golpe de martillo y talonario. Barcelona parece estar diseñada para el disfrute; cuando en realidad el verdadero mérito de su gente es sobrevivir en ella a diario sin alterar el orden impuesto por la moneda.