Gilda, la hermana mayor

gilda

“(…) Todas las tardes, Gilda llevaba al jardín un voluminoso diccionario. gesto contenido, mirada reglada, apurado silencio. Hasta para sentarse era educada: solo el vestido suspiraba. Humedecía el pulgar para hojear el gran libro. Ese dedo no se resquebrajaba, como si no recibiera nervio por parte de ella. Era un dedo sin sexo: solo con nexo. En voz alta, rimaba las tónicas: sol, bemol, control…

De vez en cuando, una brisa movía los arbustos. Y el corazón de Gilda se despeinaba. Pero luego se recomponía y, de nuevo, caligrafiaba. Con todo, la rima no generaba poemas. Antes al contrario: cumplía la función de alejar la poesía, la que moraba donde hubiera corazón. Mientras bordaba versos, la mayor de las hermanas no presentía cómo el mundo resplandecía a su alrededor. Gilda, sin saberlo, estaba cometiendo un suicidio. Si nunca llegó a su fin fue por falta de una rima adecuada.”

El hilo del abalorio
Mia Couto

De correr o morir

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[estirada hacia los extremos por héroes de los medios informativos, la máxima de la vida se banaliza por encima de verdaderos animales que, ellos sí, llevan al límite sus capacidades]

“Todas las mañanas la gacela se despierta sabiendo que tiene que correr más veloz que el león o morirá. Todas las mañanas el león se despierta sabiendo que debe correr más rápido que la gacela o morirá de hambre. No importa si eres un león o una gacela: cuando el sol despunta lo mejor es empezar a correr.”

La confesión de la leona
Mia Couto