‘En el balcón del edificio’ (un poema de Mary Jo Bang)

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En el balcón del edificio
Nada de dormir ahora. Ya no hay pacto de sueño con morfina y la noche como aguja. Estamos despiertos, empujados el uno por el otro como si lo que quedara es todo lo que habrá. Nos necesitamos como si estuviéramos en una rama frágil que está siendo podada. Veo la huella de una cicatriz tenue sobre tu ceja izquierda. Entonces supe lo que era sentir. La caída agonizante.

[poema de Mary Jo Bang (1946 – act.)  extraído de Una muñeca para tirar (Kriller71, 2019)]

 

Cómo volver a casa

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[la entrada tenía que haber aparecido el pasado domingo 12 de mayo, pero por problemas técnicos -ya solucionados, previa compra de un nuevo equipo informático- no pudo subirse a la red. Perdonen las disculpas, decían…]

Leo a Mary Jo Bang mientras el Regional Exprés número 18057 corre desbocado por los acantilados de la costa el Garraf. El viernes, durante poco más de una hora fui un afortunado: creo que todos los que estuvimos en el Raval éramos conscientes de ello y por eso el silencio se agudizó más si cabe: era normal, y la culpa no era la conferencia en inglés -aunque hábilmente traducida, reservé las pocas fuerzas que me quedaban para esforzarme por entender a la poeta al natural: creo que lo conseguí-. Eché de menos tomar notas -la maleta, las prisas, el primer calor del año- pero suerte de la poesía: es de esperar que un poeta sea una hoguera y el crepitar de la resina con el fuego, el chasquido en sí, sea la poesía. Que un poeta se convierta en fuego es un ejemplo de que, al final todos nos convertimos en un algo: un recuerdo, una motivación, un referente, un olvido e incluso un error: todos adoptamos un rol al escribir poesía -¿quiénes somos?, ¿por qué?- y a veces ponemos en duda no ya nuestro poema, si no incluso el papel con el que escribimos.

indagar en el lenguaje, en manipular una historia para hacerla nuestra de manera hábil, o eso intentamos: es la magia de apropiarse de algo (el lenguaje, la poesía, lo que sea) y arrojarla a un vacío, a un espacio todavía desconocido hasta que ese algo toque suelo.

cuando escribo creo que lo hago a partir de una ventana de metacrilato donde expongo con un rotulador los versos, desmenuzo su significado y me empleo a fondo en una batalla interior contra cualquier tipo de pregunta que aparezca. No importa si es cierto, si es ficción, realidad o media realidad aquello que escribo, solo que permita una experiencia: a mí, cada vez que abra el documento en el ordenador o lo saque de la cajonera de mi escritorio, o a cualquier que tope con ellos. Es así.