Móstoles Central

mostoles_central_estacion_renfe_n-672xXx80
s
Que llueva. Casi dos meses después de la última vez… has tenido que venir y ponerse a llover. Picando el billete y dirigiéndome a Atocha todavía sin montar en el tren veo en el interior dos casetas que venden productos antagónicos entre sí e irreconciliables: a la izquierda una alternativa con bolsos de estampado, palestinos y alguna que otra camiseta del Ché bajo el efecto de inciensos de sándalo. A la derecha -compartiendo ambas espacio- una TV SHOP donde comercian productos de la teletienda: dos pequeños televisores van emitiendo en bucle spots donde se explicaban las bondades de almohadas, cojines y colchonetas inflables con propiedades casi milagrosas. Dos minutos después de ver anuncios y con una opinión relativa de los poderes relajantes del incienso subo al tren hacia la capital con la certeza de que el espacio público está muy viciado ante la economía. Y ella se sirve de las bondades del sistema para mecer negocio a su antojo dejando de lado la vocación del lugar como espacio de servicio.

El encuentro

1412

Hay un joven que camina impaciente por la rampa de Atocha. Mientras fuma un cigarrillo de manera rápida mira pasar una y otra vez los autobuses que, como gotas de agua, van dirigiéndose calle abajo hasta perderse en el horizonte. El chaval da botecitos; camina de un lado a otro de la parada del BiciMad a la dársena de autobuses y viceversa; sus zapatos hacen bueno el camino del filósofo y desanda consecutivamente los veinte pasos que hay entre las bicicletas y el asiento metálico.

Obsesionado debe estar porque mira angustiado sus manos. A primera vista parecen agrietadas: las palmas son rugosas y sus dedos redondos y entornados, encogidos hacia sus bolsillos, formando un cuenco donde recoger todo lo bueno que le ofrecen en el caso que así sea. Algún curioso diría, escudriñándolo previamente que sabe hablar a la vez con labios y palabras pareciendo a veces dudoso de sus palabras, intenciones, objetivos y de toda y una de las personas con las que ha topado en el cercanías desde Las Margaritas hasta Atocha.

He de marchar. Le observo por última vez y recuerdo para mi unos versos de Delgado Valhondo -“Sólo sé que me está esperando. // Y cuando llegue // me seguirá esperando. // Siempre me estará esperando. // Por eso voy // porque me está esperando.– mientras la sombra de una chica menuda y con rizos le abraza y se funde con él por unos segundos interminables. Minutos después subo al tren. Recuerdo las manos del chico. Pienso en ellas  y en la forma de cuenco que crea con ellas. Y en la chica menuda y sus rizos,  y todo lo que le va a ofrecer. Monto mis cábalas e intrigas. Es víspera de año nuevo.