Los nombres del bosque

 

 

[“El trazo de los troncos / habla de la sed del árbol”]

No asocio directamente Madrid y los bosques: pongo condicionantes medioambientales, dudas aliñadas por la distancia y despejadas posteriormente con cariño. En Madrid arriesguémonos a decir que tanto Esther Muntañola como Julia Laberinto (mi Julia Sánchez) son el nombre de las costuras de arcilla que flanquean los bosques: brotan de las raíces y se hacen fuertes en sus ramas, generosas en los frutos tiernos que ofrecen.

Esther ofreció el jueves Árbol (Tigres de papel, 2018), un libro tan delicado como el final de una rama pero fuerte como la piel del roble, perfumado como el tilo. Cuando acabe el consomé de lecturas y entradas que se avecina le hincaré el diente.

Julia regaló el sábado una introducción maravillosa. Me dejó noqueado. Por sus palabras, por tener más de sesenta ojos mirándome temblaba y dudaba. Y no sé si merecía tanta generosidad. Ella merece más protagonismo y lo tendrá.

Fotos: en la de la izquierda, con Ángel Manuel Gómez Espada, Esther Muntañola y Julia Laberinto al finalizar la lectura.
                                                      [curioso llamar al primo, por ese nombre cuando él llama niña a la flor del almendro]

En la segunda, la de la derecha, Julia Laberinto, en su intervención previa. Las fotos son de Esther Muntañola y Sonia Marques.

La última copa

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He llegado a casa como el agua de mar después de las tormentas: con resaca. Algo mareado también -quizá porque el metro de Madrid funciona al revés que el resto- y con una desbordante sensación de gratitud hacia muchas personas que han compartido su tiempo conmigo. Madrid nunca me resultó atractiva hasta hace casi dos años, pero poco a poco voy cambiando de parecer. La doble pé -personas+poesía- hace milagros.

No miento si digo que la lectura del sábado en Aleatorio me producía más miedo que respeto. No sé por qué: quizá por mi fobia a los micrófonos. Será porque había caras desconocidas en primera línea. O por su capacidad de engañar, manipulando la voz de la misma manera que toqueteamos lo que podemos con nuestros versos: no somos de fiar, los poetas. Pero sí lo son los amigos; aquellos que aparecen desde el olvido de los meses para cenar contigo, oírte o para abrazarte sin motivo aparente: hacerse mayor significa corresponder y querer a la gente más de lo que muchos se merecen, sin esperar nada a cambio.

[para una persona tan independiente ser escuchado con mayor o menos atención puede ser un arma de doble filo. Gracias por asumir tal riesgo conmigo…]

Foto: mítico cartel de Puerta del Sol. La última copa a su salud, por ahora. Tocan más.

Móstoles Central

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Que llueva. Casi dos meses después de la última vez… has tenido que venir y ponerse a llover. Picando el billete y dirigiéndome a Atocha todavía sin montar en el tren veo en el interior dos casetas que venden productos antagónicos entre sí e irreconciliables: a la izquierda una alternativa con bolsos de estampado, palestinos y alguna que otra camiseta del Ché bajo el efecto de inciensos de sándalo. A la derecha -compartiendo ambas espacio- una TV SHOP donde comercian productos de la teletienda: dos pequeños televisores van emitiendo en bucle spots donde se explicaban las bondades de almohadas, cojines y colchonetas inflables con propiedades casi milagrosas. Dos minutos después de ver anuncios y con una opinión relativa de los poderes relajantes del incienso subo al tren hacia la capital con la certeza de que el espacio público está muy viciado ante la economía. Y ella se sirve de las bondades del sistema para mecer negocio a su antojo dejando de lado la vocación del lugar como espacio de servicio.

El encuentro

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Hay un joven que camina impaciente por la rampa de Atocha. Mientras fuma un cigarrillo de manera rápida mira pasar una y otra vez los autobuses que, como gotas de agua, van dirigiéndose calle abajo hasta perderse en el horizonte. El chaval da botecitos; camina de un lado a otro de la parada del BiciMad a la dársena de autobuses y viceversa; sus zapatos hacen bueno el camino del filósofo y desanda consecutivamente los veinte pasos que hay entre las bicicletas y el asiento metálico.

Obsesionado debe estar porque mira angustiado sus manos. A primera vista parecen agrietadas: las palmas son rugosas y sus dedos redondos y entornados, encogidos hacia sus bolsillos, formando un cuenco donde recoger todo lo bueno que le ofrecen en el caso que así sea. Algún curioso diría, escudriñándolo previamente que sabe hablar a la vez con labios y palabras pareciendo a veces dudoso de sus palabras, intenciones, objetivos y de toda y una de las personas con las que ha topado en el cercanías desde Las Margaritas hasta Atocha.

He de marchar. Le observo por última vez y recuerdo para mi unos versos de Delgado Valhondo -“Sólo sé que me está esperando. // Y cuando llegue // me seguirá esperando. // Siempre me estará esperando. // Por eso voy // porque me está esperando.– mientras la sombra de una chica menuda y con rizos le abraza y se funde con él por unos segundos interminables. Minutos después subo al tren. Recuerdo las manos del chico. Pienso en ellas  y en la forma de cuenco que crea con ellas. Y en la chica menuda y sus rizos,  y todo lo que le va a ofrecer. Monto mis cábalas e intrigas. Es víspera de año nuevo.