Correspondencias

De todas las románticas relaciones que se adueñan de nosotros en algún momento de la vida una de las más sensibles al cariño es la epistolar. Desde hace meses, no digo semanalmente porque mentiría; Leonor se enfrenta11223904_1024143247630490_3251281953778417686_n periódicamente a los tratados de la inmediatez y las redes sociales. Siempre que me dirijo a la oficina de Correos constato, o quiero constatar porque soy un romántico en alguna de las afecciones de la palabra. Y el mantenimiento de alguna de ellas, como la correspondencia, nos llenan a ambos de orgullo. Ayer mismo recibí una misiva mecanoescrita, en donde ella tecleó, despistada y entre erratas perdonables un manifiesto poético de Octavio Paz reservado para protagonizar una futura entrada. Leonor, con sus paciencias e intensidades, durante un año ha ido enseñándome en cada entrega postal una dosis de poesía que sin sentirlo así, necesitaba como agua de mayo. De su cariño o de sus “te va a gustar” han salido libros, poemas, librillos o facsímiles con versos que han ido adueñándose de una biblioteca que por momentos hacía aguas. En cada carta he recibido dos lecciones: una de sensibilidad más allá del amor que pueda tenerme, pero también y ante todo, una lección de poesía necesaria cual cura de humildad, ofreciéndome líricas desde António Ferreira a António Carlos Cortez pasando por José Luís Peixoto, Nuno Júdice, Al Berto o Eugénio de Andrade, a los que ya conocía pero hasta que no acarició el buzón ella, con su hábil lengua encantadora, no de serpientes, no empecé a descifrar como un beneficio. Cada carta abierta al volver de trabajar es una etapa más, un poso lírico que añado al ciclo de vivencias poéticas que de alguna manera me enriquecen hasta llegar al punto de creer, cuando yo también escribo un poema -acción que realizo menos de lo que en principio debería- que algún día todos los borradores habrán valido la pena. O no. Pero entonces sabré con más honestidad qué labios confiaron en borradores, sellos y cartas afectuosas pese a la precaria realidad del ahora. Que conste que nunca dudo de ella. Y que también conste que a todo lo precario se le puede dar, de un puntapié, la vuelta.

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“Res té la força evocadora d’una cançó, especialment quan aquesta cançó té la forma, el rostre, la veu i l’olor d’algú que has estimat…”

(“Nada tiene la fuerza evocadora de una canción, especialmente cuando esa canción tiene la forma, el rostro, la voz y el olor de alguien que has querido…”)

Lluís Gavaldà

El árbol de navidad de la Praça do Comércio

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Lisboa; puente de diciembre, tenía siete años. Bajábamos del Bairro Alto y Alfama en aquellos vetustos y preciosos tranvías amarillos que parecían -parecen- funcionar a tirones. Hacía un frío horroroso, como nunca antes había vivido -supongo que al estar tocando al Atlántico éste hizo de las suyas- y cualquier cafetería era buena para pedir una bica o una meia de leite. En mi caso era feliz con un vaso de leche caliente y un poco de azúcar. Renegábamos de utilizar el elevador do Carmo. No podíamos ver, pues, el festival de luces que habitaban las aceras.

Al bajar caminamos entre callejuelas, proseguimos por la Rua Augusta y llegamos a la Praça do Comércio.  Papá hizo fotos al árbol y a todas sus luces, creo. También a Dom José, siempre al paso del caminante.

Llevaba puesta una trenca azul marino. Bufanda y guantes rojos porque el océano de cara hacía de las suyas. Me picaba la garganta al tragar y el viento removía mi pelo. Tenía solo siete años, había visto algo precioso e inesperado: acababa de empezar la navidad.