Gulbenkian

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

[debería hacerme mejor, cuando en realidad me convierte en único. Todo bueno bajo el sol…]

Setecientos y algo -ay, los números, los autobuses que empiezan por siete: siete colinas, pues-. Avenida de Ceuta, Timor, Acueducto y la degradación antes de llegar a Praça de Espanha. Novobanco –“quer casa nova? podemos ajudar na mudança”– y su decoración de interiores. Dinero, odio el dinero: el dolor necesario. Gulbenkian por fin. Patitos siguiendo a su madre. Café y dos colecciones. Hay una mirada que no se desprende de cada cuadro, de cada escultura. Escudriña, ella, los colores como hace cuando la enseño un poema. Joyas familiares, también. Una foto robada a la mejor espalda de la península: no acepto réplicas. Y ella en la Gulbenkian. Debería desearlo todo pero con su espalda me conformaría en el peor de los casos. Entretanto, la colección y una vuelta al mundo de algunas culturas, no todas: el dinero es necesario pero por suerte y desgracia se equilibra las consecuencias que provoca.

69220265_10219222207922583_7986124321179303936_n
a palos de ciego camino, por fin.

‘Rozadura tropical’ (un poema de Leonor López de Carrión)

52590261_10218622587253634_2445620709817319424_o

[todavía queda algo de luz. He pensado en crecer, pero las lluvias no son suficientes para fortalecer mis raíces: es necesario el sustrato, el componente mágico que provoca que un simple poto crezca hacia la luz. En nuestra casa siempre habrá potos: se enredan, abrazan aquello que tenga de por medio. En nuestra casa estarán cerca de las estanterías, para que se enreden en sus columnas, en sus baldas; para que protejan del polvo a los libros. Esperarán pacientemente el riego cuando visitemos semanalmente la estantería y no se quejarán demasiado si no reciben la cantidad mínima de agua recomendada por la OMS. Tambien habrá tomateras y sus frutos rojos carnosos, dulzones, como sus mejillas recién salidas del agua clorada de la piscina. Una piel que busca abrigo, un abrazo. Otro abrazo en la casa. Ante las estanterías, influyéndose del mito de la Hiedra y el Roble. Así, la manera de vivir, de arraigar, de no crecer nunca…] Continuar leyendo “‘Rozadura tropical’ (un poema de Leonor López de Carrión)”

‘Sinestesia estructurada’ (un poema de Leonor López de Carrión Ferreira Crespo Perdigão)

34559189_10216562372670262_7543283102420828160_n

[como en la mina, hay que luchar contra la roca para extraer la veta: la costumbre de los valles mineros -ya no quedan minas de carbón abiertas en España- de adentrarse en la oscuridad para sacar el frío material es extrapolable a la poesía: es preciso buscar aquella mirada sincera que haga temblar cada verso, y quizá algo más, para salir de la mina con un trozo de luz en las manos. Y poder salir, también, con dignidad entre los dedos. Y mantener la dignidad, más allá de ser honesto con aquellos que a uno leen y con uno mismo, es de primero de persona. También, de lo primero de lo que carecen las personas] Continuar leyendo “‘Sinestesia estructurada’ (un poema de Leonor López de Carrión Ferreira Crespo Perdigão)”

Volver a región

45367113_10217032525621894_1753429783095541760_oSalimos de Nollegiu alegres pero realmente teníamos resaca. Nos quedamos cerca de la Boqueria, ciertamente. Comimos en Elisabets pero en realidad yo quería llevar a Leonor al mercat para que, entre tanto guiri pudiera tomar un pinxo en El Pinotxo. Como siempre que planeo llevarla a la Boqueria, me quedé con las ganas. Después del vermut en La Bodegueta -con dos bombas algo cobardes, a suerte de ella- y un ligero festín de menjar casolà català -fideuà, canelones, pollo y escalopines al roquefort- cerramos el círculo en La Central del Raval. Allí dimos la puntilla al día con libros de Júdice, Basilio Sánchez o Juan Manuel Uría. Se unieron a Pilar Adón y al necesario Juan Carlos Mestre. Luego, con una agria felicidad acabamos la tarde, antes de la llegada de la vesprada, en la modernista Estació de França esperando nuestro tren de vuelta a Tarragona.

En silencio hicimos recuento de daños del día. Para ambos, ir a Nollegiu y ver los libros de nuestros amigos centrifugados y liliputienses fue una alegría inmensa. Como gruppies, nos hicimos selfies con sus libros, se los enviamos y sonreímos felices -pese a los dolores de Leonor, preocupado me tenía- por aquel instante de complicidad con el autor del libro: somos unos afortunados, en realidad. Pero para mí, ir a una librería y encontrar un poemario de Basilio Sánchez, por ejemplo, es volver a Extremadura cuando el verbo volver está maldito. Para mí hojear o ver un pelotón de libros de Gonzalo Hidalgo Bayal en orden después de ser ojeados es un abrazo a un origen que no entiendo todavía por qué renuncia de la generación que más y mejor preparada ha estado nunca, negándole el estudio y posteriormente la vida digna en sus ciudades y pueblos. Mi región cada vez la forman más las personas, también los libros y no tanto los recuerdos. Y el resultado de ello es un poco triste.

Superviviente del veneno

15202657_1336077416437070_9113053670310864366_n.jpg

[invocarte en silbidos, abrazos; caerse de bruces en una realidad que duele y que desea algo más que una caricia. Es así la paz de los manantiales pero no a la que aspiras realmente]

conservas aquella sombra oscura que cultivaste
cuando dejaste atrás la ruta del veneno

aún quedan gotas en tu boca de aquella extensión
cuando avanzaban los miedos
y temblaba tu mano izquierda sin motivo

hay tierra girando sobre tus pies,
una fuerza invisible te sostiene en el mundo,
cegando cada arco del puente que te vio caminar

en otra ocasión la realidad mirará hacia otro lado,
como responderá siempre el cardumen
a la invasión fugaz sobre los recuerdos.

hay una luz lejana en sus ojos que me impide saber todo, aunque no quiera saber todo.

La riqueza

cdtgn

Hoy (sic.) ha marchado un ramo de claveles. Cuando he vuelto de Camp de Tarragona a casa -lluvia intermitente, rotondas interminables- ya habían llegado los gofres y bombones de chocolate. Es curioso que en unos elementos tan simples se les pueda dar unas connotaciones tan ambivalentes. Curioso también que, en el AVE en el que marchó ayer Leonor fuera el mismo que me llevó de vuelta a Camp de Tarragona -no confundir con Tarragona, insisto- hace poco más de un mes. Ahora me sorprende la curiosa la identidad plural que reside en mi casa y el mapamundi de procedencias que ahora la llenan. Y de anécdotas. Es posible que a falta de ser agraciado con la Grossa o el Gordo en las semanas venideras, sea ahora un poco más rico. Tan solo hace falta ver mi estantería y la despensa.

Desde el AVE 03023…

LLFCX
Leonor, LFC y un servidor en la Cacharrería de Transilvania…

No me desagrada viajar allá donde el frío era frío. El cambio climático, el calentamiento global y el silencio sobre la capa de ozono a todos nos afectan por igual: resulta que ya no me acordaba de la sensación de frío en las manos -en las mías, me refiero: las de Leonor viven en un glaciar azul encorsetado bajo sus dedos-. Al abrigo y al calor del frío, del verdadero gélido panorama que recordaba busqué, bien; buscamos refugio en el abrazo más tierno y generoso entre versos que conozco. “Coño, ¡todavía vendo libros!” sí, Pipe; pero en realidad el verdadero poema es salir para adelante más mal que bien. El verdadero soneto es comerse a miradas el aliento de Mario y respirar cada una de sus sonrisas y sorpresas. Eso alimenta, da calor y rejuvenece: seguro que afamados proctólogos dan fe de ello.

– –

Durante los últimos años he intentado ser una persona más serena y menos impulsiva. Más sensata, fría, menos romántica; pero hay momentos donde alguno de mis sentidos traiciona a mi presunta madurez ante imputs líricos. Uno de mis fetiches son los cuadernillos del Aula de Poesía Díez Canedo y ante ellos sucumbo como lo haría una pirámide de naipes ante un ganso con hipertensión. Quizá por eso acepto con naturalidad los ramalazos que el destino me tiene deparado, como adquirir algunos de los cuadernillos que no poseo de dicha aula. Los Javier Lostalé, Diego Doncel, Bernardo Atxaga, Nuno Júdice, Yolanda Castaño, entre otros ahora descansan en la estantería junto a otro buen pelotón dedicado y firmado. El siguiente nivel sería conseguir la firma y dedicatoria de cada uno de ellos; una verdadera ilusión. Una ilusión que distorsiona una realidad -o una programación- como la del Aula Díez Canedo. Ya me duele ver a cierta persona entre tanto grande. Mira que ha habido aciertos y algún que otro fallo… pero lo de Sastre entre tanto contrastado (pichar aquí) es de juzgado de guardia.

– –

La felicidad está en los libros y en la sonrisa de todos aquellos que los sacan de las bolsas y los disfrutan con ávido interés una antología de poesía mexicana o un facsímil homenaje al Premio Cervantes del 2002. La felicidad está en una cabeza acariciada al vaivén de una curva o un “por favor no te mates con la escalera” de Leonor, siempre tan oportuna y diligente. La felicidad está en la creación de una sociedad activa, garantizando el derecho a la autonomía, como decía Ferrer i Guàrdia. Y por ello me llevo pellizcos de Emilio Sola y Carlos Taibo; para apaciguar con el riego de la lectura. También algo de Ferrer Lerín y la perspectiva del ave que todo lo mira y selecciona. La felicidad está en el abrazo del Humanismo Pequeñito en el que confía Pipe. Y ahí estamos, así nos va ganando.

Postdata: uno no es fotogénico, pero tampoco rompe objetivos. Ay, las fotos…