La riqueza

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Hoy (sic.) ha marchado un ramo de claveles. Cuando he vuelto de Camp de Tarragona a casa -lluvia intermitente, rotondas interminables- ya habían llegado los gofres y bombones de chocolate. Es curioso que en unos elementos tan simples se les pueda dar unas connotaciones tan ambivalentes. Curioso también que, en el AVE en el que marchó ayer Leonor fuera el mismo que me llevó de vuelta a Camp de Tarragona -no confundir con Tarragona, insisto- hace poco más de un mes. Ahora me sorprende la curiosa la identidad plural que reside en mi casa y el mapamundi de procedencias que ahora la llenan. Y de anécdotas. Es posible que a falta de ser agraciado con la Grossa o el Gordo en las semanas venideras, sea ahora un poco más rico. Tan solo hace falta ver mi estantería y la despensa.

Desde el AVE 03023…

LLFCX

Leonor, LFC y un servidor en la Cacharrería de Transilvania…

No me desagrada viajar allá donde el frío era frío. El cambio climático, el calentamiento global y el silencio sobre la capa de ozono a todos nos afectan por igual: resulta que ya no me acordaba de la sensación de frío en las manos -en las mías, me refiero: las de Leonor viven en un glaciar azul encorsetado bajo sus dedos-. Al abrigo y al calor del frío, del verdadero gélido panorama que recordaba busqué, bien; buscamos refugio en el abrazo más tierno y generoso entre versos que conozco. “Coño, ¡todavía vendo libros!” sí, Pipe; pero en realidad el verdadero poema es salir para adelante más mal que bien. El verdadero soneto es comerse a miradas el aliento de Mario y respirar cada una de sus sonrisas y sorpresas. Eso alimenta, da calor y rejuvenece: seguro que afamados proctólogos dan fe de ello.

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Durante los últimos años he intentado ser una persona más serena y menos impulsiva. Más sensata, fría, menos romántica; pero hay momentos donde alguno de mis sentidos traiciona a mi presunta madurez ante imputs líricos. Uno de mis fetiches son los cuadernillos del Aula de Poesía Díez Canedo y ante ellos sucumbo como lo haría una pirámide de naipes ante un ganso con hipertensión. Quizá por eso acepto con naturalidad los ramalazos que el destino me tiene deparado, como adquirir algunos de los cuadernillos que no poseo de dicha aula. Los Javier Lostalé, Diego Doncel, Bernardo Atxaga, Nuno Júdice, Yolanda Castaño, entre otros ahora descansan en la estantería junto a otro buen pelotón dedicado y firmado. El siguiente nivel sería conseguir la firma y dedicatoria de cada uno de ellos; una verdadera ilusión. Una ilusión que distorsiona una realidad -o una programación- como la del Aula Díez Canedo. Ya me duele ver a cierta persona entre tanto grande. Mira que ha habido aciertos y algún que otro fallo… pero lo de Sastre entre tanto contrastado (pichar aquí) es de juzgado de guardia.

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La felicidad está en los libros y en la sonrisa de todos aquellos que los sacan de las bolsas y los disfrutan con ávido interés una antología de poesía mexicana o un facsímil homenaje al Premio Cervantes del 2002. La felicidad está en una cabeza acariciada al vaivén de una curva o un “por favor no te mates con la escalera” de Leonor, siempre tan oportuna y diligente. La felicidad está en la creación de una sociedad activa, garantizando el derecho a la autonomía, como decía Ferrer i Guàrdia. Y por ello me llevo pellizcos de Emilio Sola y Carlos Taibo; para apaciguar con el riego de la lectura. También algo de Ferrer Lerín y la perspectiva del ave que todo lo mira y selecciona. La felicidad está en el abrazo del Humanismo Pequeñito en el que confía Pipe. Y ahí estamos, así nos va ganando.

Postdata: uno no es fotogénico, pero tampoco rompe objetivos. Ay, las fotos…

Correspondencias

De todas las románticas relaciones que se adueñan de nosotros en algún momento de la vida una de las más sensibles al cariño es la epistolar. Desde hace meses, no digo semanalmente porque mentiría; Leonor se enfrenta11223904_1024143247630490_3251281953778417686_n periódicamente a los tratados de la inmediatez y las redes sociales. Siempre que me dirijo a la oficina de Correos constato, o quiero constatar porque soy un romántico en alguna de las afecciones de la palabra. Y el mantenimiento de alguna de ellas, como la correspondencia, nos llenan a ambos de orgullo. Ayer mismo recibí una misiva mecanoescrita, en donde ella tecleó, despistada y entre erratas perdonables un manifiesto poético de Octavio Paz reservado para protagonizar una futura entrada. Leonor, con sus paciencias e intensidades, durante un año ha ido enseñándome en cada entrega postal una dosis de poesía que sin sentirlo así, necesitaba como agua de mayo. De su cariño o de sus “te va a gustar” han salido libros, poemas, librillos o facsímiles con versos que han ido adueñándose de una biblioteca que por momentos hacía aguas. En cada carta he recibido dos lecciones: una de sensibilidad más allá del amor que pueda tenerme, pero también y ante todo, una lección de poesía necesaria cual cura de humildad, ofreciéndome líricas desde António Ferreira a António Carlos Cortez pasando por José Luís Peixoto, Nuno Júdice, Al Berto o Eugénio de Andrade, a los que ya conocía pero hasta que no acarició el buzón ella, con su hábil lengua encantadora, no de serpientes, no empecé a descifrar como un beneficio. Cada carta abierta al volver de trabajar es una etapa más, un poso lírico que añado al ciclo de vivencias poéticas que de alguna manera me enriquecen hasta llegar al punto de creer, cuando yo también escribo un poema -acción que realizo menos de lo que en principio debería- que algún día todos los borradores habrán valido la pena. O no. Pero entonces sabré con más honestidad qué labios confiaron en borradores, sellos y cartas afectuosas pese a la precaria realidad del ahora. Que conste que nunca dudo de ella. Y que también conste que a todo lo precario se le puede dar, de un puntapié, la vuelta.

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“Res té la força evocadora d’una cançó, especialment quan aquesta cançó té la forma, el rostre, la veu i l’olor d’algú que has estimat…”

(“Nada tiene la fuerza evocadora de una canción, especialmente cuando esa canción tiene la forma, el rostro, la voz y el olor de alguien que has querido…”)

Lluís Gavaldà

El árbol de navidad de la Praça do Comércio

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Lisboa; puente de diciembre, tenía siete años. Bajábamos del Bairro Alto y Alfama en aquellos vetustos y preciosos tranvías amarillos que parecían -parecen- funcionar a tirones. Hacía un frío horroroso, como nunca antes había vivido -supongo que al estar tocando al Atlántico éste hizo de las suyas- y cualquier cafetería era buena para pedir una bica o una meia de leite. En mi caso era feliz con un vaso de leche caliente y un poco de azúcar. Renegábamos de utilizar el elevador do Carmo. No podíamos ver, pues, el festival de luces que habitaban las aceras.

Al bajar caminamos entre callejuelas, proseguimos por la Rua Augusta y llegamos a la Praça do Comércio.  Papá hizo fotos al árbol y a todas sus luces, creo. También a Dom José, siempre al paso del caminante.

Llevaba puesta una trenca azul marino. Bufanda y guantes rojos porque el océano de cara hacía de las suyas. Me picaba la garganta al tragar y el viento removía mi pelo. Tenía solo siete años, había visto algo precioso e inesperado: acababa de empezar la navidad.