Mañana no será nunca

luis felipe

“no te quedan más días
que los que ya has vivido”

Pocas veces es posible encontrar la calidad humana y literaria reunidas en la misma persona. Puedo presumir de conocer a una que sí reúne a ambas en su ser. Bajo el título de la entrada se ha publicado la antología poética -de 2003 a 2015- de Luís Felipe Comendador (Béjar, 1957) una obra seleccionada y que hará las delicias de aquellos que ven en el futuro algo descarnado y superfluo. LFC es un arquitecto emocional: de cada grieta en la pared puede entrar un rastro de pesadumbre pero también surge la oportunidad de un verso, un poema, un fotograma, una crítica o una reflexión, reventando el pragmatismo del verso más allá de su forma medida o desmedida a favor del mensaje.

LFC apuesta por una poesía sincera y que no se recrea en idealismos. Lo he tratado poco en persona y pese su aspecto bonachón, su sonrisa siempre dispuesta para entablar conversación esconde mil puñetas o pensamientos que le comen las ideas. Seguramente en el seno de su testa canosa quedan peinando miles de ideas, versos, proyectos… su poesía sin duda es comprometida en el sentido de decir sin tapujos lo que cree y siente -la decepción, el agobio, el nulo sentido del mañana- y también un autorretrato sentimental, un recorrido geográfico entre la estantería de su pensamiento aliñado con el aroma del cigarrito mañanero de finales de febrero en Las Claras, aquel que supongo que tendrá siempre presto para atosigar la calma y reflexionar, una vez más sobre mil cosas que granean en su ser.

Los ojos

Los ojos nos sujetan a las sombras
e indican el espacio
que vamos a ocupar en un instante…

No tienen vida propia,
pero arman el deseo y su poesía.

Poemas seleccionados de: El amante discreto de Lauren Bacall (Visor, 2003), Con la muerte en los talones (De la luna libros, 2004), El gato sólo quería a Harry (DVD, 2006), Esa intensa luz que no se ve (Segundo Santos ediciones, 2007), Dientes de leche (Delirio, 2010), Los 400 golpes (A.C el Zurguén, 2013), Corre la voz (SBQ, 2015).

 

 

La secreta vida de las imágenes

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Durante ésta semana en las pocas horas muertas del trabajo saqué tiempo para leer a Al Berto y La secreta vida de las imágenes, reafirmando la filia a lo que acontece la lírica portuguesa. Pienso sinceramente que el portugués, como el catalán, es una lengua muy poética y sugerente, dócil y tenue para ser hablada y recitada. No me sucede lo mismo con el castellano que, pese a ser mi lengua de escritura -el catalán no lo prodigo mucho en mis letras- encuentro algo crudo y visceral, ideal para hablar de lo lúgubre de la poesía.

prosigue el camino por entre túmulos
vacíos a la medida de tu alma y de quien los mira
porque tu destino es continuar subiendo
la mágica espiral de los monumentos donde
otro tiempo de pulido mármol se levanta
más allá del precario reposo del corazón

La secreta vida de las imágenes es un poemario traducido del original por José Luis Puerto es un compendio de poemas sólidos, equilibrados con una delicada sensibilidad ante la sugerencia de la imagen recreada en sus letras. Imagen -pintura- y poesía aúnan sus formas en búsqueda de otra forma de luz que arroje claridad haciendo referencia a maestros del diseño universal -una vez más, la relación entre pintura y poesía, posiblemente uno de los maridajes artísticos más versátiles que conoceremos-. Poemas que entrelazan un itinerario por la pintura europea de diversas épocas, repasando también el ámbito portugués. Es un viaje a mi parecer infinito: Al Berto sin duda hizo de éste un poemario puro, plástico en todos los sentidos de la palabra -la edición portuguesa iba acompañada de ilustraciones a juego con los versos- pero también infinito: son tantas las posibilidades y nombres en el viaje de la poesía con la pintura que siempre resultará incompleto.

Postdata: Pero Leo demostró que los viajes nunca son incompletos…

Patria

Patria

Hace un mes ya hablé de un hermano mayor de Patria, la novela del año. Fernando Aramburu -recurrente también en el blog- ha conseguido lo que me parecía increíble, exceptuando el oasis viajero de Viaje con Clara por Alemania: esmaltar un libro a partir de una temática manida y recurrente en parte de su obra a mi gusto

Patria puede parecer una continuación de Años lentos o El vigilante del fiordo, puede ser. Sea por el volumen y por su calidad, Aramburu consigue elaborar una extensa novela detallada de la vida, obra y costumbres del calvario de dos familias implicadas en una acción terrorista y la modificación a priori y posteriori de las conductas sociales de los protagonistas y su entorno desde el primer acto de extorsión hacia el Txato hasta la escalada de sucesos que trascurren hasta el desenlace de la novela.  La originalidad es constante y la recreación de los entornos parece fidedigna así como el tímido intento que hay poniendo sobre la mesas las víctimas del terrorismo y las víctimas del terror policial; intención sin duda potenciada por la prensa, porque aunque Patria no deja de ser una muy buena novela la sensación de que en algunos casos el terrorismo de estado -amparado legalmente o no- se ha tratado de forma superficial es notable y valorado de manera injusta por la sociedad. Más no puedo esperar de una sociedad vengativa e influenciada desde siglos por los ramalazos de testiculina al mínimo desorden.

Honestamente pienso que la historia no tiene que ser reescrita, siempre y cuando se acepte hablar sin tapujos de todo y no se quiera silenciar a las otras víctimas. Y ello conlleva a asumir que unos no eran los malos malísimos de la película y que todos los inmiscuidos actuaron manipulados a partir de los sentimientos -lo más sensible de un ser- y con unas razones más o menos precarias. Obviamente no todas tienen el mismo peso, pero sí una motivación común, un dolor similar y el derecho a una justicia literaria equitativa y verídica. Como ha conseguido Aramburu en gran parte de su novela.

Anteparaíso

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Blanco es el espíritu de las nevada
blanca es el alba tras los vientos
pero mucho, mucho más blancas, son
las demenciales montañas, acercándose…

El 2 de junio de 1982 – hace casi treinta y cinco años- Raúl Zurita (Santiago de Chile, 1950)  escribió La Vida Nueva a 4.500 metros de altura sobre el cielo de Nueva York con avionetas y letras de humo blanco haciendo contraste en el cielo azu. Quince frases, donde cada una de ellas midió nueve kilómetros aproximadamente. Porque el cielo es dominio de todas las comunidades del mundo y nadie puede juzgarlo bajo los patrimonios formales de la ley.

Anteparaíso es una antología interpretativa del paisaje y las imágenes del mismo y la necesidad de ellas para evocar lo elemental: el amor, la nostalgia, los anhelos, el olvido y el dolor que transcurre en medio de un viaje por la geografía andina acabando siendo deslucido por la felicidad. Ensalzar en verso la ruina del secarral y el desierto porque fue el inicio del principio. Zurita maneja como pocos la versatilidad que da el mestizaje del verso y el texto, las pausas y las metáforas inagotables que propicia Chile y su paisanaje: una mezcla ideal para un proyecto frío, ligero y liberador forjado bajo un pasado destructor y un presente optimista.

Raúl Zurita ha sido un descubrimiento de final de mes, por fín leído. Quien vaya a Poetas Madrid tiene una oportunidad única.

 

 

 

L’espurna

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“Protestar és denunciar que això o allò no és just. Resistir és garantir que allò amb el que no estic conforme no es torni a produir.”

(“Protestar es denunciar que eso o aquello no es justo. Resistir es garantizar que aquello con lo que no estoy conforme no se volverá a producir”)

Ulrike Meinhof

Éste libro es un arma de pensamiento masivo, debería estar recomendado por siete de cada diez estomatólogos como mínimo porque su lectura libera tensiones gastrointestinales, aliviando el alma contraída que tenemos. Es un libro que puebla la mente, que da de pensar -var-www-web.llardelllibre.net-public_html-es-imagenes-9788494-978849430525desde nuestra cabeza hasta nuestros pies y canaliza aquellos sentimientos que anudan nuestro aparato digestivo hasta que uno empieza una lectura salteada que va liberando en el cerebro una descarga de energía necesaria y ética a partes iguales.

L’Espurna (cites i aforismes per encendre consciències i portar la transformació social) de David Palau no es una antología al uso de palabras o textos bonitos. Sus funciones son calmantes ante lo irritante e incitan a la respuesta. Porque tenemos que responder, estamos obligados a plantar cara de una manera u otra a la duermevela en la que nos quieren colocar. Seguramente no toque hacer de momento una revolución con claveles ni ir armados con bates de béisbol como en las manifestaciones de París, pero tenemos que pensar en luchar y expresar la defensa de nuestros derechos, de nuestros iguales y por el lugar en el que vivimos. Y si hay un contexto donde la autodefensa debe ser obligatoria es en éste; en el resto la violencia es animal y estúpida.

Pero cada día creo más que ellos quieren eso: violencia. Y por eso atizan al avispero; para poder fumigarnos de una manera lícita para sus intereses. Leer, luchar y aguantar es la base de nuestro cambio.

El vigilante del fiordo

Esperar y huir parecen verbos antagónicos pero uno es la consecuencia del otro. Parece que sus significados están relacionados para ser sinónimos, para estar relacionados y unidos por el destino. Porque uno siempre espera no huir. O huye porque algo o alguien le está esperando. Huir por algo, esperar a alguien. Huir y esperar a que pase el tiempo delicadamente y que lo que atormente o lo que se ansíe tenga sentido, coja forma y sea factible lo más rápido posible porque, recordemos: estamos huyendo. Huir, esperar si el vigilante del fiordovan ambos relacionados suenan tristes. Huir no es una retirada sino un proceso forzoso de reestructuración de las ideas sobre el manto de la improvisación en un sesenta y dos por ciento de las veces. Es un acto de camuflaje de la identidad de alguien al que atañe una gravedad. Esperar en cambio es la virtud de aquel que sabe que pacientemente todo llegará, sea bueno o malo.
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En El vigilante del fiordo (Tusquets) de Fernando Aramburu nos encontramos un compendio de relatos y retratos  de víctimas directas de aquellos que decía mi profesor de filosofía que eran perdedores radicales -concepto tomado de Hans Magnus Enzensberger-. Seres con acciones automatizadas y sensaciones a flor de piel, personas que viven con un cóctel de miedo, desasosiego, inquietud e incluso la culpa en sus entrañas, con inquietudes desde la desconfianza provocada por la sensación de estar perseguidos o en deuda de sangre contra sus iguales, sea en medio de un abrazo en el metro de Madrid o con el odio a flor de piel al enterarse de los pecados más odiosos del ser humano ante la carne más joven.

Personalmente habiendo leído ya otro libro de Aramburu como Los peces de la Amargura (Tusquets) uno quizá llega a cansarse de la debilidad o lo recurrente de alguna de sus temáticas -terrorismo vasco en dosis un poco subidas-, pero es quizá el miedo que transmite, la sensación de inseguridad en su lectura lo que le hace atrayente y no cargante; aquella sensación que tienes al cerrar el libro y tocar el pomo de la puerta de casa, asegurándote de si realmente está cerrado. No sé qué esperarme de Patria, también de Aramburu y con el terrorismo de fondo y superficie de la obra, aunque me sugiere la idea de leer una perspectiva diferente del miedo y terror, una innovación de algo que creo haber leído anteriormente.

Viaje al hermetismo norcoreano

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Viajar al país más hermético del mundo. Desconocer la lengua y ser impedido para ejercer libremente tu trabajo más allá de la compañía de los ayudantes oficiales que las instituciones te ponen a tu disposición. Sorprenderte por el desconocimiento de la última tecnología -en 2003- y meter en el país con todo el derecho 1984 de Orwell. Sentirte como Guy Delisle.

Dicen los que han ido que en Corea del Norte no pasan más de 200 metros -en cualquier lugar del estado- sin ver alguna imagen o referencia hacia el Gran Líder. Para algunos puede ser el retrato de la locura llevado a la sinrazón, por muy de izquierdas y revolucionario que uno sea el culto a la persona en un extremo excesivo difumina las ideas más progresistas y colectivas que uno pueda tener. Cuando abres una novela gráfica como Pyongyang inconscientemente sonríes. Empiezas a leer y disfrutar del dibujo sin darte cuenta de la crudeza del relato, por culpa de observar la realidad en cómic; de disfrutar como un entretenimiento lo que es el día a día de un foráneo en un país-panóptico.

El culto a la persona en un estado donde cada sujeto debe tener la misma importancia: uno es uno. En principio. Al final no será que cada uno depende de la cuna en la que ha nacido para vivir o no. Aquello de cuanto más alta la cuna…