El ‘Cuaderno de Roma’ de Mestre

 

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[clic aquí para descubrir el cuaderno]

Tengo una profunda certeza sobre Juan Carlos Mestre: es un artista total. Todo se aclaró cuando una tarde con poco trabajo tropecé en la red con una edición de su Cuaderno de Roma, una versión gráfica de su libro La tumba de Keats, editado por el Área de Cultura del Ayto. de Salamanca (aunque primeramente fue publicado por la editorial Monosabio en 2005). Si uno revisa su obra, queda claro: además de ser un elemento indispensable para la cultura peninsular y la lengua castellana, es un aglutinador de técnicas en una obra que parece inacabada: exprime sus creaciones hasta tal punto que acostumbra a sus indagadores a querer más, por suerte. Sabe a poco su belleza total.

Se habla de sus dedicatorias, detalladas con mimo. Se habla de su acordeón, quizá su mejor amigo. Se habla de su voz, de la seguridad de sus convicciones y de sus ojos claros. Hablemos de un autor tan camaleónico como necesario con su compromiso vital, establecido siempre desde una obra cimentada con los pies en el suelo y las manos trabajadas.

Tarde electoral

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asamblea
queridos compañeros carpinteros y ebanistas
les traigo el saludo solidario de los metafísicos
también para nosotros la situación se ha hecho insostenible
los afiliados se niegan a seguir pagando cuotas
a partir de este momento la lírica no existe
con el permiso de ustedes la poesía
ha decidido dar por terminadas las funciones este invierno
no lo tomen a mal
pero aún quisiéramos pedirles una cosa
mis viejos camaradas amigos de los árboles
acuérdense de nosotros cuando canten la internacional

[y queda la espera. Respiremos ahora que podemos, porque en unas horas quizá la realidad nos corte el aliento…]

La ilustración es del genial Ferran Fernández. El poema, de Juan Carlos Mestre, extraído de su poemario Museo de la clase obrera (Calambur, 2018)

La bicicleta del panadero, de Juan Carlos Mestre

LBDPFuera de toda duda, Juan Carlos Mestre (1957 – act) es uno de los mejores poetas españoles que hay. Y lo que es más importante todavía: se le puede considerar poeta -con mayúsculas o sin mayúsculas, ahí entra el gusto de cada uno- de la cabeza a los pies. Estoy acabando de leer La bicicleta del panadero (Calambur, 2012) y no arriesgo si digo que es uno de los poemarios más contundentes que he leído en mucho tiempo.

En una época donde la concisión y la brevedad está en auge, Mestre ofrece un desfile de cotidianidades en carne y hueso, desarrollados en ambientes fríos y húmedos (¿bercianos, quizá? donde emerge la dignidad apedreada y solitaria, pero siempre coherente y justa. Arriesga con la palabra y rehuye de la simplificación, apostando por la exploración en el imaginario, alzando del silencio a anónimos en la sombra. Leer a Juan Carlos Mestre enriquece, porque es capaz de dibujar en sus textos un universo que traspasa al lector sin que tenga que cerrar los ojos. Los poemas, muchos abrazando lams3 prosa, se adentran más allá de la inmediatez y la obviedad: juega con lo cotidiano, hace partícipe a los nombres de sus versos como elementos constantes en ellos, aderezándolo de píldoras culturales, guiños a conocidos y enumeraciones sugerentes.

Aceptar -porque los libros a veces entienden de negociaciones- la lectura de La bicicleta del panadero significa adentrarse en un mundo bipolar: con parajes funestos, duros; y por otro inocente e inofensivo. El libro es un menhir tallado de forma detallada con las palabras y la emoción como la poesía del berciano; con una imaginación fuera de lugar, única en cadencia. El poeta alicata una realidad con sus versos, reconstruyendo con su mirada privilegiada una realidad que no espera otra cosa que no sea a maravillar al lector a la vez que, como pasa con los buenos poemas, hacer pensar.

Cuatrocientas setentas páginas de poesía.

[“Perdiste el elefantito de oro que te regaló tu madre en septiembre
del 56
y el de lapislázuli que te regalé yo al cumplir los diecinueve.
Perder un elefante establece algún tipo de vínculo con la superstición,
Violeta Parra había extraviado el suyo entre el serrín de la carpa
la tarde del escopetazo, años despuñes lo encontró su hermano,
Nicanor,
pisoteándole el jardín a un poeta al que le habían dado el Nobel.
Tarde o temprano, la felicidades termina siempre por no encontrar
a su dueño.”

Y como colofón: Mestre entiende y sabe de elefantes. Una delicia de hombre.]

Manifiesto por un no lugar, de Juan Carlos Mestre

JCMEs una obviedad, pero Mestre es más que un acordeón y la firma de colores: es la percepción con que muchos lectores indefensos o primerizos se quedan tras una lectura suya. Además del poeta hay también recovecos que se escapan al lector en la lectura primeriza de su poesía. Pese a la forma, en el contenido de la poesía del berciano hay esquejes profundos, ensoñaciones que mutan en una poética escalada entre generaciones. Juan Carlos Mestre (Villafranca del Bierzo, 1957) desarrolla en prosa Manifiesto por un no lugar (Ediciones Liliputienses, 2015) el cruce de caminos del poeta diversificado ante el mutismo o el hablar en el momento concreto para incentivar el deseo y así poder retocar la memoria. Logrando en la naturaleza el sentido exacto del lenguaje, las palabras para expresar una realidad concreta. Continuar leyendo “Manifiesto por un no lugar, de Juan Carlos Mestre”

Quién espera las palabras del poeta

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“El poeta se pregunta no tanto por quién espera sus palabras como para qué las lleva. Se sabe el injustificado portador de alguna sustancia vinculada a los desafíos de la razón, él es el taxista no solicitado de la potencia menor de ese fundamento que desde los barros fósiles del lenguaje sigue contemplando el mundo, contra toda evidencia, como planificación generosa de alguna de las formas de la verdad. Su usuario, vencida por la ilusión de ser él mismo, se personifica en el justo anónimo, en la personalidad del sujeto moral que le presta audiencia, el exiliado común, el de todos y el ninguno entre los extranjeros que, de regreso a la casa de su ser civil, no son el mayestático sujeto Continuar leyendo “Quién espera las palabras del poeta”