Meridianos de tierra, de Hasier Larretxea

4166kmlcaPL._SX417_BO1,204,203,200_Hay aire de viaje, de bosque y de campas en los poemas en prosa de Meridianos de tierra (Harpo libros, 2017). Hasier Larretxea enarbola un libro verde, intenso -así lo imagino-, melancólico, rugoso e incluso áspero en la lectura como lo son las cortezas de los árboles que pueblan el corazón de los bosques atlánticos. De las prosas del libro crecen, como si fueran ramas de una arboleda, una extensión hacia una serie de vertientes complicadas de afrontar: por un lado el descubrimiento de un entorno que alumbra con su belleza un equilibrio decantado al disfrute, pero por otro lado el poso de aquellos que han salvado las dificultades y las complicaciones de la vida enarbolando un relato sobre la superación de aquellos obstáculos, en alguna ocasión centrándose de manera concreta. Estábamos en un bosque atlántico, el símil sería el árbol que se bifurca hacia un horizonte a sus extremidades, contemplando lo que le espera y, por otro lado dando un protagonismo sincero a la memoria. Sigue leyendo

Como un primer bosque…

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[si Elías Moro me recomendó leer a Hasier Larretxea, supongo que tarde o temprano tendría que haberle hecho caso…]

Las raíces son escaleras que subieron a destiempo. Los senderos, ventanas abiertas que perforan el murmullo de las pisadas que se quedaron si un retorno. La corriente del río, la purificación de los perfiles que se alzaron desde la claridad de los asideros. El compás sintonizado de la respiración de los antepasados que no lograron entrecortar.

Meridianos de tierra
Hasier Larretxea

Foto: bosque pintado de Oma, en Euskadi. Obra de Agustín Ibarrola.

 

Pequeños seres vulnerables.

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Crecieron en la tierra que colinda con el desfiladero que dejó de creer en los vestigios. Olisquearon la vida como ese lugar donde paraban los merecedores de los sacos que llegaron a buen puerto. La suspicacia agudizó el rezo reclinado a las formas enterradas entre ramas y arbustos. Sobre la hojarasca, el palo guiaba los latidos del bosque, temblor de las estaciones sin predicción. El anzuelo del abuelo avivaba la agitación de la lombriz erguida como la cola del perro al que dispararon tras sufrir un derrame. En su tierra no les era permitido dejar ningún resto que delatara la procedencia entre cordilleras. Por qué tanto descarrilamiento. Por qué los meandros de la vida arrastraron la liviandad de las ánimas sin cerradura. Sin su habitual brillo, su mirada dejó de acunar retornos. Los cuerpos tendidos en el bosque fueron quemados por la garra de la vulnerabilidad enmascarada. Los secretos no esconderían a tiempo la rugosidad de las manos que orquestaron diluvios.

Meridianos de tierra
Hasier Larretxea