Viaje al hermetismo norcoreano

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Viajar al país más hermético del mundo. Desconocer la lengua y ser impedido para ejercer libremente tu trabajo más allá de la compañía de los ayudantes oficiales que las instituciones te ponen a tu disposición. Sorprenderte por el desconocimiento de la última tecnología -en 2003- y meter en el país con todo el derecho 1984 de Orwell. Sentirte como Guy Delisle.

Dicen los que han ido que en Corea del Norte no pasan más de 200 metros -en cualquier lugar del estado- sin ver alguna imagen o referencia hacia el Gran Líder. Para algunos puede ser el retrato de la locura llevado a la sinrazón, por muy de izquierdas y revolucionario que uno sea el culto a la persona en un extremo excesivo difumina las ideas más progresistas y colectivas que uno pueda tener. Cuando abres una novela gráfica como Pyongyang inconscientemente sonríes. Empiezas a leer y disfrutar del dibujo sin darte cuenta de la crudeza del relato, por culpa de observar la realidad en cómic; de disfrutar como un entretenimiento lo que es el día a día de un foráneo en un país-panóptico.

El culto a la persona en un estado donde cada sujeto debe tener la misma importancia: uno es uno. En principio. Al final no será que cada uno depende de la cuna en la que ha nacido para vivir o no. Aquello de cuanto más alta la cuna…