3B – Alegato final provisional

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Cork, 31 de agosto 2016

Cruzas el puente y es inevitable: la gente te mira, quizá porque llevas cubierta la mochila con aquella funda impermeable que papá compró. Quizá por el pelo alborotado o porque tienes tus pupilas marrones más oscuras de lo normal, como rotas, quebradas de rojos. Y así todo hasta llegar a la estación de buses, ahí es cuando eres tu el que observa: a la chica que abraza a su novio. Al hombre que corre porque pierde el bus. Al mochilero australiano perdido que dormía en tu hostel. Los miras distante a sabiendas de que son corazones que dan la impresión de latir por costumbre. Al caso: dudas si tu corazón late por costumbre y no por sensaciones y sentimientos. Mientras reflexionas sentado en un frío banco de rejilla te rasgas los labios agrietados y fruncidos (señal-de-corazón-de-piedra) y piensas que poco te debe importar, que bastante tienes ya con hacer latir al tuyo pese a que a veces se resquebraje como una piedra en un acantilado. Decides , digo, preocuparte del tuyo, no vaya a ser que definitivamente empiece a latir como si nada o a nadie le importara.

3A – Lisa

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Es justo cerrar el círculo con quien cerré el viaje. Me obsesiona la idea de viajar solo. Siempre he necesitado de la independencia -no soledad- para ir por ahí. Y he tenido la suerte que cuando he necesitado compañía han aparecido para disfrutar de momentos únicos llenos de poesía (Fran Amador), poesía y viajes (Leonor) o viajes. Dos locuras, tres combinaciones… porque para disfrutar de la compañía de una persona tengo que armarme de argumentos o estar perdidamente seguro de que quiero a ésa persona a mi lado. Y eso mismo me sucedió con Lisa.  Lisa; chica alemana, diría que del este, a la que le gusta viajar sola. En Dublín, al poco de conocernos me explicó que había estado en Australia y que éste era el segundo viaje de éste tipo que realizaba. Era -y todavía será- una persona enérgica y con una sonrisa perenne: de aquellas personas que tiene los hoyuelos de las mejillas bien marcados. Creo que una vez leí que en la vida hemos de juntarnos con ése tipo de personas, que son necesarias para nuestro bienestar. Risueña pues, goza de una mirada clara y curiosa, inquieta sin más. Mientras limpiaba aparejos de cocina dí con la primera persona con la que poder ir en ruta sin agobiarme. Quiero pensar que ella al menos cayó en simpatía conmigo.

Con ella compartí pintas -las que menos-, paseos -los que más- y conversaciones de libros, viajes, anécdotas, estudios.. Mantuvimos el contacto después de Dublín, cambiamos impresiones de lugares durante nuestras respectivas rutas vía e-mail -cual correo electrónico que escribíamos antes de dormir- y hacíamos acopio de detalles de uno para el otro para hacer el respectivo intercambio de regalos en Cork diez días después. Porque en Cork el destino se guardó uno de los ramalazos que ofrece en determinadas ocasiones: nos volveríamos a encontrar. Allí, al lado del puente de Michael Collins, mientras nos calábamos hasta los huesos y en consecuencia nos helábamos tras estar “toda la noche en la calle” (Eva Amaral dixit). No fue nada espectacular, pero desde el momento de la despedida creo sinceramente en aquellos sujetos que ofrecen un abrazo de más de diez segundos. Y de quince.

Todavía hablamos, mantenemos contacto pero ambos desconfiamos de vernos de nuevo. Lo nuestro fue una unión temporal compartiendo pasiones y la misma guía de viaje, pero más allá de demostrar el amor por viajar y la ternura de compartir palabras, sonrisa y opiniones; de lo demás seré parco en palabras. Hubo poco. Poco, por cierto, a mí no me parece cuando compartió tánto conmigo.

Foto: escribiendo en el diario de viaje, instantes antes de la despedida. The best kept secret.

2F – Galway girl

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Una lección de humildad

Galway. He comprado un libro de cocina típica irlandesa -buscando explícitamente en sus entrañas la receta del pastel de Guinness-. La dependienta, Ms. Astrith, ha cobrado en caja el precio del etiquetaje: 9’99 euros. Después de poner el libro dentro de una bolsa de papel marrón junto al ticket he esperado tres segundos contados a que me fuera devuelto el cambio; un mísero céntimo. Ella, pasado ese microtiempo me ha mirado a los ojos y ha enseñado su sonrisa con toques pelirrojos -genética pura de los celtas- mientras no entendía la pausa,, preguntándose por qué no me iba. . En ese momento recordé las leyes de la propina. También las de la humildad. Contrariado con la divergencia de mi política de la generosidad y con una expresión avergonzada salí de la librería por la puerta de atrás.

2E – El ensayo

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Lo hice sin malicia. No soy un Jonah Lomu en eso de esquivar placajes -sin duda, él se encargaba de arrastrar hacia adelante a quien fuera- pero por tres segundos recobré la agilidad que tenía cuando jugaba a balonmano. Con un cambio de ritmo brusco abrí la finta a la derecha y me tiré en plancha hacia adelante. Yo, que nunca he hecho una plancha me voltee al deslizar con la verde y húmeda hierba: la mano izquierda arrastró una parte de tierra empapada, negruzca, y con la derecha clavé un buen golpe de óvalo en el suelo.

Y anoté. Y sonreí mientras dos compañeros holandeses venían a felicitarme. Era un momento único hasta que el chavalín que hacía de árbitro -un irlandés chaparradito,  algo echado para atrás- invalidó el ensayo por haber hecho uno de los flamencos avant en el pase previo. Dudando y recordando que el rugby es un deporte de caballeros acepté el tongo sin discusión ni protesta y volví hacia mi línea de veintidós para defender los palos.

Un silbato nunca ha de quitarte una victoria moral.

 

2D – Lanzarse a la piscina

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Después de las palabras del maestro de ceremonias, mientras sonaban unas palmas de bienvenida y pisaba la tarima del escenario, acomodé mi trasero en el taburete. Golpeé un par de veces en el micro y con mi inglés macarrónico me presenté, me dirigí al respetable. Vi comprensión en sus miradas y alguna tímida sonrisa, como si perdonaran mi ignorancia lingüística poniendo todas sus esperanzas en lo que fuera a leer.

Apuré la Guinness de una vez, choqué el vaso contra la mesa auxiliar y con la mano izquierda mis papeles empecé a recitar un poema de Patrick Galvin. Estaba en su ciudad -Cork- y era de recibo leer un poema suyo: Consejos para un poeta fue el que elegí. Conseguí hacer la lectura sin tropezarme -gracias a la pronunciación escrita encima del poema- soltándome poco a poco, consiguiendo algo de expresividad en sus versos… acabando duro, seco y otra vez acorralado. Como acabó él, por cierto: Galvin despertó durante años recelos en la comunidad política de la Isla de Diamante; no me imagino a Éamon de Valera saludándole afectuoso -en cambio a Michael Collins sí-. Cuando acabé de recitar me levanté, y en el momento de susurrar thank you  al micro y posar el pié izquierdo otra vez en el suelo del pub empezaron a aplaudir. Los aplausos provenían del fondo -aquel lugar que ocupan los más viejos del lugar, los más sabios y los buscavidas-. Quizá era un símbolo de agradecimiento… una señal de aceptación, de haber entendido qué significa Irlanda. Las primeras filas aplaudieron brevemente, pero aquellos viejos persistieron un poco más, fijando en mí sus miradas, barbas y bigotes.

Al llegar a la barra Lisa sonrió y me propinó un golpe cariñoso en el hombro. Sin que yo dijera nada, mientras guardaba en la carpeta el poema pidió otra pinta. De sidra esta vez. Bebí a tragos cortos en medio del sonido del acordeón, los violines y las voces carnosas y afinadas de improvisados cantantes que iban desfilando por el escenario. Cuando salimos del pub, pasando la medianoche íbamos intercambiando impresiones antes de despedirnos en la puerta de su hostel. Nos abrazamos, hicimos la foto de rigor y bajo la lluvia me dirigí hacia el mío.

No sé si craic fue toda la noche, la lectura o el abrazo. Hace tres meses ya y todavía no he aprendido a describirlo. Tampoco he aprendido a recordar.

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Patrick Galvin (1927 – 2011) de padre unionista y madre republicana, vivió los años siguientes de la Guerra de Irlanda y el aumento de la tensión entre Irlanda y Reino Unido, su poesía combina perfectamente la tradición gaélica y la influencia europea -la poesía de Lorca, por ejemplo-. No sé si inadaptado social o trotamundos, residió en Londres, Israel, España o la Alemania socialista además de su Irlanda natal, donde era considerado una persona controvertida e incluso polémica. De vuelta a Irlanda creó revistas, premios, festivales de poesía y prosiguió su labor de documentación y recuperación de “canciones de resistencia” irlandesas entre 1798 a 1922. Un derrame cerebral en 2003 fue menguando sus capacidades creativas, provocando su muerte en 2011 en un abandono público notable: su vena de enfant terrible denunciando los abusos de la iglesia y la crítica a las actitudes del gobierno le llevaron al ostracismo más crudo.

2C – Diapositivas oscuras

Hubo días grises: días de pensar y llorar. De rabia y de pensar qué pintaba en una isla encajonada entre mares y océanos. Pasado ya casi tres meses de la partida recuerdo cada uno de los días como un aprendizaje: releyendo el cuaderno de viaje pienso en lo valiente (con todas las cursivas y prepotencia que creáis los que leéis) que un día de julio intenté creer ser: en realidad el gran secreto del viaje fue pensar en la abuela Amalia cada día y escribir de su sonrisa, incluso cuando no era capaz de reconocer nuestra voz y nos hablaba en sueños. Hoy he cerrado una etapa, el duelo más tierno queda cerrado y prosigue el latente: el recuerdo de ella despachando en la pescadería o acompañándome a la escuela cuando venía a vernos.Nni una mala palabra ni una mala acción. Ningún enfado con sus nietos.

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Pancarta en una casa particular en Sandy Row (Belfast)

En voz baja
Baja al abismo.
Bebe la sangre de la tierra y absórvela
por cada poro de tu cuerpo
como si cada herida fuese el precio
de otra herida más grande.

Baja al abismo y ve
cómo trabaja el odio
cómo lo enseñan a los niños,
cómo es fácil la muerte.

Fernando Pinto do Amaral (Exactamente mi vida, ERE, 2007)

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Playa de Liscanoor (cerca de Galway)

“La soledad es una fuerza que te aniquila si no estás preparado para superarla, pero que te lleva más allá de tus posibilidades si sabes aprovecharla para tu propio beneficio. Eres tú quien conduce a tu cuerpo allá dónde un día tus ojos lo soñaron.”

Gaston Rébuffat

  • Epílogo: desearía borrar esa costumbre de vincular un viaje con el nombre de una persona que no están: Rumanía (Joana), Luxemburgo (Paquita) e Irlanda (Amalia). No quiero que se convierta en un proceso de duelo y no en una pasión.

2B – Algunos nombres.

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  • Canción: Gossos – Zenit

Tenía poco más de veinte años -no ha de olvidarse- y aún era lo bastante joven -y aún osmótico con sus fluidos y nostalgias-. Nostalgia, del griego nostos (volver a casa) + algos (dolor). O el dolor de la vuelta a casa de quienes tienen poco más de veinte años.

Bájame una estrella, Miriam Gª Pascual (Desnivel, 2008)

Un italiano, Gozalbetti, y su pose orgullosa en la noche dublinesa pinta de Shamrock en mano. Ian y Ly , una pareja de Dublín, en el tren a Belfast, presumiendo orgullosos de su entrada al concierto de Red Hot Chilli Peepers. Dos mochileros de singaupureses, Yoong y Sao cazando pokémons en Sandy Road ante la mirada fija de unos militares, entre curiosos y desconcertados por convertirse sin quererlo en una breve atracción exótica. Un señor llamado Phil hablando con su nieto por teléfono en el tren de camino a Galway, orgulloso porque había encontrado trabajo… y el vástago preocupado por la salud de su abuelo; seguramente con la voz queda del que nota el reloj de arena a punto de consumirse. La música en vivo de Cork con Connor las dos primeras noches, el partido de rugby con el clan holandés y el avant fantasma a orillas del Atlántico -sigo afirmando que fue un ensayo limpio-. Las risas con Amelie, Laura y Marie la última noche en Galway, dinosaurio borracho incluido y half pints por doquier. Sentirse único en Cork, feliz y nervioso; encontrar a dos chicas coreanas y un australiano haciendo karaoke en albornoz en mi habitación. No disponer de más horas, de más noches y más tiempo para patear la ciudad o cualquier otro lugar del mundo con Lisa. Llegar al aeropuerto y encontrarme con Sanjuán y sonreír como si hiciera una eternidad que no volvíamos para casa…

Los nombres nunca encierran anécdotas: en el mejor de los casos nos ofrecen lecciones de vida.