Confesiones de un ganador

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“Cuando Leopoldo Panero vivió en Barcelona, íbamos por la calle, tocábamos en un piso, pedíamos que nos abrieran e íbamos a las casas para preguntar si nos dejaban jugar allí una partida. Lo curioso es que más de una vez nos dejaban pasar y hasta nos ponían algo de beber. Tuve que dejar de jugar con él porque siempre perdía y no le quería robar. Dejé las barajas cuando mis hijos llegaron un día a casa del instituto y me preguntaron si era verdad que el padre de un compañero no podría ir de vacaciones a Benidorm porque había perdido conmigo a las cartas”.

De nuevo

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“Inicié la redacción con grandes bríos y con la buena sensación de que no se iba a interrumpir. Sin embargo, en la frase “Llegamos a una ciudad en la que las mujeres debieron de llevar bigote”, quedé dudando si no sería mejor la fórmula “dejarse bigote” o quizá incluso “lucir bigote” y perdí los bríos, la fuerza creativa y la esperanza de conseguir el relato definitivo, el que me llevara a ganar el Premio Manzana Dorada y Guacamoles. Un tipo boludo, de esos que uno desea humillar con expresiones como “Deja de esconderte detrás de la ironía“, estaba, en su labor agrimensora, delimitando el espacio que ocuparan esos pelos en el cadáver reciente de una viuda rica, y al tiempo que sonreía, farfullaba: “Véase lámina de chimpancé en la Biblioteca Universalis.” Regresé pronto a casa. Ya nada me retenía en la Feria de la Literatura. Abrí el armario del cuarto de los niños y guardé, junto a las cañas de pescar canguingos, los útiles de escritura. Luego saqué el arma de la caja de los sellos. He vuelto a fracasar, pensé, mientras me pegaba un tiro.”

Besos humanos
Francisco Ferrer Lerín

No son los mejores poemarios… (ed. 2018)

[Título completo: No son los mejores poemarios -ni aforismos- para muchos, pero sí algunos de entre todos los que he leído, que me han llamado la atención (ed. 2018)]

9788494271939Después de un diciembre un tanto viajero y con una sobrecarga de trabajo considerable, vuelvo a las andadas; aunque sea con trampa al estar de vacaciones. Nunca es tarde para retomar hábitos (Lluís, que de vegades pasa por aquí, bien lo sabe y lo dejó caer el pasado viernes)l. Vuelvo pues, en definitiva, con una de las entradas que más salseoCHUS-PATO-WEB produjo a nivel redes sociales el año pasado: todavía tengo en la bandeja de entrada algún anónimo que me dedicó alguien con demasiado tiempo libre; triste labor el de poner a parir sin sentido alguno. Va por ti, con mis deseos de que tu páncreas segregue suficiente insulina para regular tu cuerpo ante la catarata de azúcar que, quién sabe, llevas consumido  durante este año saliente dos mil dieciocho.

No destaco por ser imparcial: lo que me gusta, ahí está, en la catarata de etiquetas que pueblan la columna derecha. Pero me gustan las sorpresas y dos de ellas han sido Ana Carolina Quiñonez Salpietro con Cuentos tristes que esperan las chicas antes de salir a bailar / Vacaciones de invierno (Liliputienses, 2018) y Chus Pato con Carne de leviatán(Amargord ediciones, 2016). Son dos libros soberbios, que estiran el lenguaje y mantienen una riqueza constante en sus libros; de hecho, parte de lo escrito el año pasado sobre la argentina Daiana Henderson -revisad, por favor, sus entradas- puede ser válido para ella. Con la gallega seré claro: Chus Pato es un animal poético de primer orden que los semanarios culturales importantes parecen que vivan de espaldas a una de las voces más completas e innovadoras de la poesía gallega y peninsular, en extensión. En la misma línea innovadora -siempre entendido dentro del germen de unaimages poesía despierta que exige una lectura concisa- enmarcaría Prohibido silbar (Baile del Sol, 2014) de la asturianodiputada Sofía Castañón. Un libro con una poesía sin ambages, con los pies en el suelo, próxima, que sacude cualquier barrera que podamos encontrarnos a diario con una mirada poliédrica.

Dentro del amplio catálogo de debilidades que tengo, quisiera destacar De nómadas y guerreros de Elías Moro (LeTour1987, 2018) y La prisión transparente (Vaso Roto, 2016) de Antonio Gamoneda. Por un lado, Elías sobrevive a todo un ejército de supervivientes; un libro honesto que debe llevarnos a pensar en profundidad nuestra responsabilidad ante los cambios que sacuden la actualidad y cómo puede afectar la inestabilidad a los supervivientes. Gamoneda, maestro, en las arrugas de la vida, disuelve su poesía en la ironía en contra del olvido y abrazando el recuerdo. El veterano poeta, junto a Ferrer Lerín, han sido los dos autores que más miedo me han hecho disfrutar durante todo el año: el catálogo de venenos del primero es sencillamente brutal; mientras que Besos humanos (Anagrama, Moro copia2018) si bien no es un libro de poesía, tiene cabida aquí por la belleza poética esparcida en su variado columbario: no conozco a nadie que hable así del color negro.

Si entrásemos de cabeza en el realismo sucio, veríamos un nombre destacado: Karmelo C. Iribarren, que despierta tantas simpatías como recelos a su obra. Haber leído La ciudad (Renacimiento, 2014; selección de José Luis Morante) me ha permitido adentrar en su poesía y sepultar alguna crítica facilona. Calibre 38 (Zoográfico, 2017) de Judith Rico, completaría el dúo de donostiarras. Quizá partida por el mismo patrónn, encarnada en una poesía ácida que abre de nuevo heridas para que nos aseguremos de suturar bien nuestro corazón.

Durante el 2018 me ha hecho especial ilusión descubrir a autores como Basilio Sánchez o Miguel Ángel Velasco; a los que no tenía demasiado controlados; estremecerme con Esther Muntañola y sus bosques, sus árboles… También he asomado la cabeza por el no tan breve mundo del aforismo con Juan Manuel Uría, Carmen Camacho y la antología que ha coordinado, Elías Moro o el portugues Teixeira de Pascoaes. O los ensayos que está publicando Lastura sobre poesía, que son verdadero caviar para los curiosos…

Dos mil dieciocho ha tenido también sinsabores: el último Centrifugados; darme cuenta que hay muy pocos poetas jóvenes del estado español que escriban algo interesante, editores con el ombligo orondo y la mentira larga, por no hablar de la capacidad de hiperventilar a la primera crítica que tienen muchos teóricos, autores y editores, también…

En fin… feliz noche a todos. Feliz Navidad.

Triángulo Gmail

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[a las aves necrófagas les atrae más el calor por aquello de que favorece la descomposición. Pero a mí me tira más el calor porque es el momento de leer con calma a Ferrer Lerín]

A descubre el blog de B.
A investiga quién es realmente B.
A escribe a B.
B pregunta a A quién es.
A se niega a decirlo.
B acepta una relación electrónica con A pese a hallarse en desventaja.
C conoce, dada su labor de vigilancia y protección de B, la relación entre A y B.
C sabe quién es A pero no se lo comunica a B.
B informa a A de la existencia y del papel de C
A llora al ver que la confidencialidad del correo con B ha sido violada.
A dinamita la relación y los proyectos comunes con B.
B muere de pena.

Besos humanos
Francisco Ferrer Lerín

Besos humanos, de Ferrer Lerín

ffl bhSi habláramos de crueldad sobre el libro podríamos sentirnos legitimados para hablar también de dudas: si Ferrer Lerín molestó en su momento aunque a él se la trajera al pairo o pensar en un silencio literario misteriosamente roto apenas hace poco más de una década. La verdad es que Besos humanos (Anagrama, 2018) es un compendio de recortes, quizá un collage de piezas de libros, de entradas en su(s) blog(s) donde lo que menos importa es la forma reflexiva, el recurso parco de florituras -pero sí de datos; véase si no cuando nos adentramos sobre las Galápagos o en las entrañas de cierta crisis o estafa mundial- y ante todo el fondo negro que encuentra indirectamente una sonrisa cómplice. La negritud está presente en todo el libro aunque no la parezca; incluso en la portada donde dos tenedores revuelven un plato como podrían hacer con nuestras tripas en tensión ante el suspense. Ferrer Lerín, aceptémoslo, es un escritor raro: renuncia de congéneres de la cosecha novísima, también del postureo neandertal de escritor que resurge cual Ave Fénix de décadas de silencio. Ferrer Lerín es un misterio como los horrores que narra, consiguiendo girar cada secreto hacia la barrera tenue de realidad o ficción -entonces uno cree ya que Familias como la mía (Tusquets, 2008) era todo cierto- sin renunciar a la belleza. También, radical porque ofrece una carnaza -como a los buitres- a los lectores. Carnaza selecta que devoraremos con gusto porque el barcelonés -oxthumb_20309_autores_big.jpeg.pagespeed.ic.wnoL9Hy0JJ jacetano, ya- ofrece una machetada literaria tan sorprendente que deja a discreción del lector saber qué es ficción y biografía en una obra tan sorprendente como siniestra. Tan curiosa, en fin, como el gen mutante que hace mezclar la necrofilia de estimadas aves con los crímenes más impúdicos, baños de sangre; desdramatizando el final de los restos de cualquiera que se cruce por delante de él.

Ferrer Lerín, con aires de almidón y elegancia del vigía de la montaña con prismáticos, cazadora vaquera, escribe elegante de cosas que en realidad no lo son; para desdramatizar la informalidad negra que sucumbe en todo lo que cuenta. Porque alguien que irrumpe tras décadas con la resonancia percutora que él utiliza en su verso y en su prosa puede permitirse algunas licencias. Y él, interpreta la sangre y lo negro a su manera. Porque puede.

Nota: en Oculta.lit publicaron recientemente un artículo de la compañera Violeta Font. Recomendadísimo (ella y el artículo, que conste. También Oculta.lit. Podéis leer su texto clicando aquí.

Hiela sangre, de Francisco Ferrer Lerín

[“Mis compañeros de generación (Novísimos: Pere Gimferrer, Ana Mª Moix, Guillermo Carnero, Antonio Colinas…) tenían muy claro su futuro. Yo, en cambio, me resistía a llamarme poeta. Llegué a reírme un poco de ellos. Y en cierto modo eso me perjudicó.”]

FLFerrer Lerín (Barcelona, 1942) me gusta particularmente porque escribe al límite de lo poético al igual que estrujó los versos en Fámulo (Tusquets, 2009) y mucho me temo que desde los primeros setenta. Es un poeta incómodo, como la presencia de ciertas aves -algunas carroñeras- a las que dedica parte de su vida profesional en forma de observación, estudio y cuidado.

[“El buitre es una bestia que pertenece al pasado. Es de difícil encaje en la sociedad actual, en la que se exige por ley la retirada de los cadáveres de animales…”] Continuar leyendo “Hiela sangre, de Francisco Ferrer Lerín”

No son los mejores poemarios… (ed. 2017)

[Título completo: No son los mejores poemarios para muchos, pero sí lo son para unos pocos o eso quiero suponer (ed. 2017)]

GT-webÉpoca de balances; de cómputo de beneficios. De recuento de libros, poemarios en fin, leídos. Los mejores libros de poesía del año. ¿Para quién? cada bitácora ofrece una visión personal, subjetiva a partir de la pluralidad del gusto, las preferencias, las filias y las fobias. Sin querer entrar en una catarata de argumentos en cada uno e los libros que aparecerán seguidamente, sin orden de preferencia o valoración, sino por gusto comienzo avisando que he dejado en la biblioteca más libros de los que tendría que hablar también. Tiempo al tiempo ojalá. Pero sería bueno iniciar con una mujer como Daiana Henderson y un poemario escanciado por etapas necesarias a partir del perfil de yo, Humedal (Liliputienses, 2014) o la mutación de un proyecto de la poética del movimiento como puede ser Libro de la Danza (Kriller 71 ediciones, 2016) del portugués o angoleño, no sé, Gonçalo M. Tavares. Y continúo con una dosis arcillosa, de mis Continuar leyendo “No son los mejores poemarios… (ed. 2017)”