La lluvia de golpes

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“(…) Si descuento aquello no vimos nada interesante. Bueno, esa fue mi impresión. Faltando poco para la medianoche emprendimos la retirada. Mis amigos iban discutiendo en su idioma y empujándose por el sendero. Quizá por esta causa no distinguieron a Ronja como a unos cien metros de distancia, a punto de adentrarse en la oscuridad de los pinos. Estuve a punto de llamarles la atención sobre ella; pero la lengua se me quedó parada cuando reconocí en el hombre que llevaba a Ronja de la mano la camisa floreada que se había comprado Fede dos días antes en Albufeira.

Un gemelo y las dos hermanas de Hendrik todavía correteaban por la parcela de las autocaravanas. La mongolita lanzaba unos berridos extraños. La vi golpearse con el cubo de plástico en la cabeza, seguramente porque no quería acostarse. Su madre la regañaba o eso es lo que a mí me parecía mientras el resto de los adultos jugaba con tranquilidad a los dados (…) Sigue leyendo

Patria

Patria

Hace un mes ya hablé de un hermano mayor de Patria, la novela del año. Fernando Aramburu -recurrente también en el blog- ha conseguido lo que me parecía increíble, exceptuando el oasis viajero de Viaje con Clara por Alemania: esmaltar un libro a partir de una temática manida y recurrente en parte de su obra a mi gusto

Patria puede parecer una continuación de Años lentos o El vigilante del fiordo, puede ser. Sea por el volumen y por su calidad, Aramburu consigue elaborar una extensa novela detallada de la vida, obra y costumbres del calvario de dos familias implicadas en una acción terrorista y la modificación a priori y posteriori de las conductas sociales de los protagonistas y su entorno desde el primer acto de extorsión hacia el Txato hasta la escalada de sucesos que trascurren hasta el desenlace de la novela.  La originalidad es constante y la recreación de los entornos parece fidedigna así como el tímido intento que hay poniendo sobre la mesas las víctimas del terrorismo y las víctimas del terror policial; intención sin duda potenciada por la prensa, porque aunque Patria no deja de ser una muy buena novela la sensación de que en algunos casos el terrorismo de estado -amparado legalmente o no- se ha tratado de forma superficial es notable y valorado de manera injusta por la sociedad. Más no puedo esperar de una sociedad vengativa e influenciada desde siglos por los ramalazos de testiculina al mínimo desorden.

Honestamente pienso que la historia no tiene que ser reescrita, siempre y cuando se acepte hablar sin tapujos de todo y no se quiera silenciar a las otras víctimas. Y ello conlleva a asumir que unos no eran los malos malísimos de la película y que todos los inmiscuidos actuaron manipulados a partir de los sentimientos -lo más sensible de un ser- y con unas razones más o menos precarias. Obviamente no todas tienen el mismo peso, pero sí una motivación común, un dolor similar y el derecho a una justicia literaria equitativa y verídica. Como ha conseguido Aramburu en gran parte de su novela.

El vigilante del fiordo

Esperar y huir parecen verbos antagónicos pero uno es la consecuencia del otro. Parece que sus significados están relacionados para ser sinónimos, para estar relacionados y unidos por el destino. Porque uno siempre espera no huir. O huye porque algo o alguien le está esperando. Huir por algo, esperar a alguien. Huir y esperar a que pase el tiempo delicadamente y que lo que atormente o lo que se ansíe tenga sentido, coja forma y sea factible lo más rápido posible porque, recordemos: estamos huyendo. Huir, esperar si el vigilante del fiordovan ambos relacionados suenan tristes. Huir no es una retirada sino un proceso forzoso de reestructuración de las ideas sobre el manto de la improvisación en un sesenta y dos por ciento de las veces. Es un acto de camuflaje de la identidad de alguien al que atañe una gravedad. Esperar en cambio es la virtud de aquel que sabe que pacientemente todo llegará, sea bueno o malo.
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En El vigilante del fiordo (Tusquets) de Fernando Aramburu nos encontramos un compendio de relatos y retratos  de víctimas directas de aquellos que decía mi profesor de filosofía que eran perdedores radicales -concepto tomado de Hans Magnus Enzensberger-. Seres con acciones automatizadas y sensaciones a flor de piel, personas que viven con un cóctel de miedo, desasosiego, inquietud e incluso la culpa en sus entrañas, con inquietudes desde la desconfianza provocada por la sensación de estar perseguidos o en deuda de sangre contra sus iguales, sea en medio de un abrazo en el metro de Madrid o con el odio a flor de piel al enterarse de los pecados más odiosos del ser humano ante la carne más joven.

Personalmente habiendo leído ya otro libro de Aramburu como Los peces de la Amargura (Tusquets) uno quizá llega a cansarse de la debilidad o lo recurrente de alguna de sus temáticas -terrorismo vasco en dosis un poco subidas-, pero es quizá el miedo que transmite, la sensación de inseguridad en su lectura lo que le hace atrayente y no cargante; aquella sensación que tienes al cerrar el libro y tocar el pomo de la puerta de casa, asegurándote de si realmente está cerrado. No sé qué esperarme de Patria, también de Aramburu y con el terrorismo de fondo y superficie de la obra, aunque me sugiere la idea de leer una perspectiva diferente del miedo y terror, una innovación de algo que creo haber leído anteriormente.

Lengua cansada

ninot

“A Ronja, que aquella tarde no vestía más que la parte de abajo del bañador, se le veía el pecho completamente plano. Una niña todavía. Dio tres vueltas completas con el monociclo alrededor de la paellera cuando Fede no había encendido el fuego, y todos aplaudieron. Eso me gustaba de los suecos, que cuando alguno de sus hijos hacía bien una cosa aplaudían. A mí, que yo recuerde, no me ha aplaudido nadie en la vida. Mayores y pequeños observaban fascinados cómo Fede removía el arroz con el cucharón. Perdidas las ganas de reírme por nada me volvió la pereza, la sequedad en la boca, el cansancio en la lengua que me quita de costumbre las ganas de hablar.”

El vigilante del fiordo, Fernando Aramburu (Tusquets, 2011)