Herencia colonial

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Holandeses

De los equipos latinoamericanos, la verdad sea dicha, el que más me gustó fue Holanda. La selección naranja ofreció un fútbol vistoso, de buen toque y pases cortos, gozador de la pelota. Este estilo se debió en gran medida al aporte de sus jugadores venido de América del Sur: descendientes de esclavos, nacidos en Surinam

No había negros entre los diez mil hinchas que viajaron a Francia desde Holanda, pero en la cancha sí que los había. Fue una fiesta verlos: Kluivert, Seedorf, Reiziger, Winter, Bogarde, Davids. Davids, motor del equipo, juega y crea juego: mete pierna y mete líos, porque no acepta que los futbolistas negros cobren menos que los blancos.

Eduardo Galeano

El fútbol de verdad

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El fútbol es un sábado de febrero a las tres de la tarde, con las luces ya encendidas porque en el descanso es noche cerrada, en un partido de rivalidad de tercera división, después de hacer la visita de rigor al pub y meterse entre pecho y espalda un par de pintas de cerveza para calentarse, en una grada de pie, de cemento gris con olor a patatas fritas y hamburguesas -añadiría fish and chips-, ondeando las bufandas a un viento gélido del Atlántico que hiela la respiración, la pelota apenas visible en medio de la niebla, un césped encharcado por la lluvia o congelado por el frío, la hinchada cantando a pleno pulmón, un árbitro malo, un cielo tenebroso, pelotazos arriba y abajo sin ton ni son, y un gol en el último minuto.

Ni tiquitaca ni tonterías. Eso es el fútbol.

Nasazzi

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No lo pasaban ni los rayos X. Lo llamaban el Terrible.

– La cancha es un embudo -decía-. Y en la boca del embudo, está el área.

Allí, en el área, mandaba él. José Nasazzi, capitán de las selecciones uruguayas del 24, del 28 y del 30, fue el primer caudillo del fútbol uruguayo. Él era el molino de viento de todo el equipo, que funcionaba al ritmo de sus gritos de alerta, rezongo y aliento. Nunca nadie le escuchó una queja.

Eusébio

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La Pantera es inmortal.

Nació destinado a lustrar zapatos, vender maníes o robar a los distraídos. De niño, lo llamaban Ninguém: nadie, ninguno. Hijo de madre viuda, jugaba al fútbol con sus muchos hermanos en los arenales de los suburbios, desde el amanecer hasta la noche.

Llegó a las canchas corriendo como sólo puede correr alguien que huye de la policía o de la miseria que le muerde los talones. Y así, disparando en zig-zag, fue campeón de Europa a los veinte años. Entonces lo llamaron La Pantera.

En el Mundial del 66, sus zancadas dejaron un tendal de adversarios por el suelo y sus goles, desde ángulos imposibles, desataron ovaciones de nunca acabar.

Fue un africano de Mozambique el mejor jugador de toda la historia de Portugal. Eusébio: altas piernas, brazos caídos, mirada triste.

Eduardio Galeano (de su libro El Fútbol a sol y sombra)