Ley de la ventaja

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Julio de 2011:
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Lisboa. Calor, humedad, mala leche. Pies hinchados y dolor de espalda. Cunetas llenas de pavés como si vivieran en Flandes, qué coño se han creído y con señores tomando la fresca a las doce de la mañana. Niños con camiseta del Benfica y el Boavista jugando al fútbol sin llegar a las pedradas. Eso ha sido penalti dicen unos. Hay ley de la ventaja contestan los otros. Bajamos a pie -al tranvía que suban los turistas- con la tía Josefina echando pestes de Lisboa, sus calles y su calor. La tía no está acostumbrada al calor pero nunca más van a volver aquí. Quedan diez días para marchar de Badajoz. Me agobio. Xixarra, mala fava, xafogor
Mucha angus
“Mucha angustia existencial se curaría poniendo a cada hombre en su sitio, para que desde su sitio vea el mundo ni grande ni pequeño, sino suyo. Y no ande como huyendo”
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Decía Jesús Delgado Valhondo.

El árbol de navidad de la Praça do Comércio

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Lisboa; puente de diciembre, tenía siete años. Bajábamos del Bairro Alto y Alfama en aquellos vetustos y preciosos tranvías amarillos que parecían -parecen- funcionar a tirones. Hacía un frío horroroso, como nunca antes había vivido -supongo que al estar tocando al Atlántico éste hizo de las suyas- y cualquier cafetería era buena para pedir una bica o una meia de leite. En mi caso era feliz con un vaso de leche caliente y un poco de azúcar. Renegábamos de utilizar el elevador do Carmo. No podíamos ver, pues, el festival de luces que habitaban las aceras.

Al bajar caminamos entre callejuelas, proseguimos por la Rua Augusta y llegamos a la Praça do Comércio.  Papá hizo fotos al árbol y a todas sus luces, creo. También a Dom José, siempre al paso del caminante.

Llevaba puesta una trenca azul marino. Bufanda y guantes rojos porque el océano de cara hacía de las suyas. Me picaba la garganta al tragar y el viento removía mi pelo. Tenía solo siete años, había visto algo precioso e inesperado: acababa de empezar la navidad.

Cementerio alemán de Yuste

“En este cementerio de soldados descansan 26 soldados de la Primera Guerra Mundial y 154 de la Segunda Guerra Mundial. Pertenecieron a tripulaciones de aviones que cayeron sobre España, submarinos y otros navíos de la armada hundidos. (…) Sus tumbas estaban repartidas por toda España, allí donde el mar los arrojó a tierra, donde cayeron sus aviones o donde murieron. Recordad a los muertos con profundo respeto y humildad.”

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La guardia real del emperador Carlos V llegó tarde para velar su descanso. Reneguemos de las acciones, de sus motivaciones para buscar sangre; estemos seguros de aquellos miedos y de lo ponzoñoso de las ideas que les llevaron a la muerte.

La muerte, al fin y al cabo, es un proceso de respeto y memoria particular.

“Y en su quietud sin palabras,
allá van, como una cuerda de presos derrotados,
hacia el olvido y la memoria.”

Miguel Ángel Naharro.

  • Foto: Cementerio Alemán de Yuste (cerca de Cuacos de Yuste, Cáceres), al lado del Monasterio donde Carlos V pasó sus últimos días. También uno de los últimos lugares que visité antes de mudarme a Tarragona.