Dos aportes sobre memoria histórica

 

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A nadie se le escapa que los lunes los engranajes van algo más secos y quien diga lo contrario se arriesga a caer en la mentira: la excesiva relajación innata en el fin de semana repercute en que muchas veces el primer café del día no sea suficiente para encender la maquinaria. Los lunes no siempre traen buenas noticias -empezamos bien la semana, dirían unos; nada cambia, los otros-. Al llegar de trabajar (subo las persianas, recojo las toallas, pienso en la cena) el pasado lunes, Amalia me llama por teléfono. Amalia, ya lo sabéis, es mi inicio. Y recordemos, es inicio de semana, por tanto el porcentaje de noticias buenas es proporcional al transcurso de la misma: sus libros de juventud -muchos de la Editora Regional de Extremadura, años ochenta- y clandestinidad han sido destruidos por la humedad, los bichos. Durante años han roído las páginas de los libros cuando estaban en el desván, cultivando su odio al tiempo en mordidas y cachitos… provocando una respuesta de serrín a una cierta ilusión de la memoria. Amalia, por tanto está destrozada porque una parte de su memoria ha quedado desplazada y sin remedio. Continuar leyendo “Dos aportes sobre memoria histórica”

El Premio Nobel en el año de la muerte de Bruno Ganz

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[Handke dijo ayer ante la prensa algo verdaderamente interesante: “Como escritor has nacido culpable. Y hoy, a esta hora, no me siento culpable, me siento libre”. Descolocado estoy ante un anti-Nobel manifiesto. Los premios nos recuerdan que todos somos humanos, al fin y al cabo]

En el año de la muerte de Bruno Ganz, otorgan a Peter Handke el premio Nobel de Literatura. Tuve la mala suerte de conocer a suizo cuando era ya mayor; cosa buena, pensé, porque así me encontraría con un actor ya hecho. Ganz era una gigantesco camaleón que encaraba con maestría los papeles que le tocó hacer de viejo: desde el rol de un farmacéutico gruñón con fantasmas hasta desplegar atención y cariño -a su manera- como un abuelo pastor del Tirol.

Ganz -que de teatro, por vía familiar algo sabía– entendía que tan importante era acceder a la cultura como acercarla; por ello durante un tiempo representó junto a otros compañeros de lengua alemana pusieron en jaque el teatro germánico de los setenta. Resumiendo enciclopedias y monográficos sobre su persona, no consiguió cuestionar las normas del teatro europeo; rebajándolo de la pátina burguesa de la época, representando obras en mercados, fábricas y cooperativas; pero sí abrió la puerta a que muchos jóvenes que no conocieron de primera mano las atrocidades cometidas en Alemania durante la II Guerra Mundial lograran empoderarse tras el consomé de obras críticas y reflexivas -y coloquios, y vistas, y charlas con el público- que presenciaban, descolocados. Continuar leyendo “El Premio Nobel en el año de la muerte de Bruno Ganz”

Las Medallas de Extremadura

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Días antes de marchar a Portugal -vía Soria- otorgaron la Medalla de Extremadura a la cacereña Ada Salas. Por lo general, cuando se reconoce el mérito de un artista, agitador cultural o personalidad relevante en el campo de las artes (qué políticamente correcto queda lo último) suelo alegrarme. En el caso de Ada Salas es así. Aunque desde hace años tengo una serie de convicciones que puedo mantener de forma más o menos estable; una de ellas es la intención de dar prestigio de unas medallas que hace unos años sufrieron de bochorno absoluto. Está bien acercar la cultura extremeña más allá de los límites que flanquean la región, no me cabe duda: hay mercado entre tanto jubilado, estudiante, currito y exiliado que hay en los mapas. Pero de ahí a reírse -o eso parecía, con la lista en la mano de aquellos que no son galardonados con ellas en vida o a título póstumo- de muchos que creíamos que las medallas eran otra cosaContinuar leyendo “Las Medallas de Extremadura”

FaceApp

af99c8da-9555-4f6a-aaf1-3cd8e685e7cc.jpgEstoy convencido en que no propongo ningún bien a quien me lee. Le hago cómplice de una sarta impresiones que he mantenido como ficticias durante mucho tiempo. No sé vender una realidad, no sé escribir: de hecho, aprendí antes a leer que a escribir. Era lento, torpe, perezoso y con las capacidades psicomotrices de un gato hidráulico: mínimas. O limitadas. En los versos que escribo escondo mi incapacidad de expresarme en prosa más de una página y media. Cuando me dí cuenta de dicha tara me volqué en la poesía creyendo que así podría engañar a alguien. Resulta que la poesía, que tenía que ser una coartada para seguir escribiendo ha funcionado de tal manera que, después de dos libros publicados, un cuaderno de postales y otro libro en standby puedo considerarme un infeliz con suerte. Continuar leyendo “FaceApp”

Las pesadillas

Jarramplas

Quedarse ciego y no volver a verla. Un náufrago que no consigue aferrarse a los cabos sueltos del barco, ahogándose poco a poco. Caerse de un globo y no tocar nunca tierra. Perder los pantalones. Un cocodrilo asomándose por el lavabo. Odiar a los payasos cocineros que confunden cualquier salsa con la sangre de un cuello recién cortado. Una mampara separándome de todo. Una cápsula espacial averiada y yo menguando dentro de ella. Ser la sombra de lo que un día quise ser.

Foto: Jarramplas, en Piornal (Cáceres)

Calcificaciones

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Un miércoles de obviedades: escribir del amor es como escribir del mar: está todo dicho. O como escribir de la luna: llevamos más de dos siglos diciendo lo mismo cambiando algunas palabras y añadiendo las estrellas a su significado. No sé escribir sobre el amor, pero Johnny Hallyday tampoco sabía; aunque bueno… Johnny no sabía lo que era el amor, simplemente quería a su manera. Pau Donés decía que no sabía estar enamorado en una canción, que de las cosas de querer nada sabía… y puede ser. Los pocos poemas Continuar leyendo “Calcificaciones”

Mutismo

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Tomar distancia con la gente que te quiere es necesario. El verbo querer no tiene únicamente una connotación afectiva, sino también utilitaria: es la palanca de cara a conseguir algún propósito que, en principio, se nos escapa de las manos. Querer, segunda conjugación, es sinónimo de utilizar, de la primera: no por correspondencia directa pero sí, si se utilizan los correspondientes complementos que, con buena fe, aporta la generosidad.

No entiendo nada que no sea la independencia, huyo de las cadenas de favores. Desconfío de aquellos que ven un interés en la sombra de mis espaldas y por ello, callo y guardo silencio más de lo que me gustaría. Colaboro con quien me interesa y miro mucho de no parecer hipócrita: aquello que no me entra, no me conviene y ni bailo el agua ni hago caso.

Dos párrafos para justificar mi mutismo para según qué cosas. Menuda agonía.