(Casi) quinientas mañanas

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Lo repito hasta la saciedad: los números no significan nada, cada uno les otorga el valor que cree, pero hay algo innegable: aquí, durante (casi) quinientas mañanas, se han publicado entradas de todo tipo: poemas, cuadernos de viaje, reseñas, críticas, relatos, etcétera. Siempre que  puedo escribo la entrada la noche anterior: por la mañana, o bien la misma noche ya está publicada aquí. normalmente, salvo alguna corrección, ni retiro ni añado nada en el texto colgado, por tanto, no cambio de parecer. Y es que (casi) quinientas entradas dan para mucho y para desencantarse un tanto del mundo de las letras. Si llegué fue por las personas y por ellas y porque, por suerte, no son perfectas, sigo escribiendo -amén de que sigo disfrutando, y sufriendo, en el momento de escribir y dejar reposar lo que voy creando-. Sigue leyendo

Recuento de sombras

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[me confié: creía que podía alargar un poco más las entradas del verano. Y puede que sea así, pero ahora estoy metido de lleno en un luto, en un dolor interno, en una especie de callo necesario para superar las ausencias. Las ausencias son como agujetas que se despiertan cuando uno tiene el músculo de cariño tierno; siempre aparece cuando tenemos la guardia baja. Y así….]

“(…) cuando he vuelto por allí y he preguntado por cómo acabó aquello a los pocos supervivientes que quedan de entonces y lo vivieron en primera persona, un silencio decepcionante y descorazonador ha sido la más rotunda de las respuestas”

Como veis ya lo decíael bueno de Elías Moro (nuestro Elías) en su Álbum de sombras (Eolas ediciones, 2017)

Cuando abro el armario y veo en a percha mis camisas de manga larga me vuelvo escéptico ante la realidad del tiempo pasado.

Foto: tomada en los aires, en el vuelo de vuelta a la realidad.

El éxodo casi perenne de los extremeños

Foto-Manuel-Iglesias.jpgAlguien decía que a partir del treinta y uno de agosto las zonas rurales de Extremadura -y las Castillas, por ampliación- vuelven al silencio. durante el calor visitantes y oriundos han compartido intimidades en la piscina municipal mientras apuraban quinto tras quinto o un cono de vainilla. El silencio de los pueblos es la sombra de un éxodo obligatorio hace dos generaciones y media, cuando la gente del campo se moría de hambre; mérito del señorito de turno, propietario de los pagos circundantes a la villa decidía bien tener en salazón las tierras porque no compensaba los beneficios que le atribuían a partir de los gastos, bien porque tenía otros quehaceres en la ciudad y descuidaba sus terrenos. Ahora, cincuenta y sesenta años después siguen existiendo éxodos, migraciones, fugas, huidas hacia el porvenir norteño o la capitalidad madrileña. El goteo de la despoblación ha sido constante pero las oscilaciones de la calidad de vida han ido marcando el ritmo de las partidas incluso ya en las capitales de provincia y no hay ni una sola respuesta para afrontar con garantías el éxodo en algunas regiones.  Sigue leyendo

Perder una voz

imatge_74.jpgConfieso que a mí no me ha pasado, porque tengo la suerte de recordar de momento la voz de Amalia, Paquita y Joana. Una voz dulce, algo aguda la primera y la otra más rasposa, de garganta la otra: ambas eran perfectamente reconocibles y quizá porque su partida fue temprana -Amalia hace tres años, Paquita se acerca a los ocho y Joana una década más que la abuela, que no l’àvia: trece-. Uno de los males más graves que ahonda en el dolor o luto perenne que todos llevamos dentro pese a superar la pérdida de un ser querido es perder, olvidar la voz que nos enternecía o camelaba e incluso abroncaba llegado el caso, no el mío. Perder la voz es cruel, una forma de ahondar un olvido en el que uno de primera mano no puede poner remedio. Sin remedio también el déficit de reproductores de VHS y casetes que actualmente hacen una quimera la labor de mantener a resguardo auditivo aquellas melodías vocales que a la larga echaremos de menos; esas cintas ya desfasadas son para muchos el último reducto para reconstruir piezas de un rompecabezas y muchas de esas piezas bien han desaparecido o han acabado volcadas a la desmemoria de la tecnología cuando ahí estaban, en la reserva de los zaguanes un particular tesoro.

No recurrir a un recurso tecnológico vetusto pero necesario, de momento, me hace sentir afortunado pero ahonda doblemente en el dolor empático de la amistad que ha perdido la referencia acústica de sus queridos y en lo vegonzosamente afortunado que soy.

Foto: Joana Crespí (Palma, 1944 – Barcelona, 2005) fue documentalista y bibliotecaria musical. Responsable de la sección de música de la Biblioteca de Catalunya. Y es mi padrina.

La canícula

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Puede ser que esté realmente agotado: puede ser. Desde finales de mayo mi día a día se resume en madrugar, trabajar -incluyendo aguantar alguna queja o reproche- llegar a casa, comer y acto seguido contar las horas que quedan para que vuelva a trabajar. O que quedan para que salga de casa para ir al colegio. O las horas que dormiré cuando entre en la cama y pongo las correspondientes alarmas en el móvil. Alarmas, digo, que nunca utilizo porque el reloj biológico de mi cuerpo se ha encargado de maltratar me sueño, de jugar con mi descanso y así puede que a las cinco de la mañana ya tengo los ojos despiertos y acto seguido esté dando cabezadas de media hora hasta las siete y poco, cuando normalmente me canso y preparo el almuerzo del día siguiente, a leer a Uría, Simic o Pavese mientras la ciudad se despeña entre andamios. Es así: cuando salgo de casa en casa todos duermen y cuando llego todos danzan cuando deseo acostarme tras un buen gazpacho. Ya me acuesto después de reconstituir el cuerpo y descanso una hora, o tres cuartos mientras escucho agonizar la etapa de turno del Tour mientras mi cuerpo se funde con el sofá, con la cama hasta desesperar con el sueño breve, sin remedio.

Foto: portada del cómic Canícula.(Astiberri, 2014) realizado por el historietista francés Barú.

El mito de ‘vivir bien’ en Extremadura

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Cuando escucho el “aquí se vive bien” de algunos conocidos del sur -y ya sabéis a qué región me refiero- algo me sacude por dentro. Cada uno tiene sus propias inquietudes: vivir bien al colchón del erario público en una capital de provincia con sus pueblos y localidades menores despoblándose. Vivir bien, en fin, esperando unas oposiciones en una alternativa tan legítima como arriesgada, condenando a jóvenes de casi treinta años con nula experiencia laboral al abismo. Si me tienen que justificar el “vivir bien” con las horas de sol, el terraceo, no llegar a final de mes porque tu sueldo no te lo permite -tendrá la culpa siempre el Gobierno- o comer jamón…  mal se va. Sigue leyendo

Apuntes sobre los días del Mundial

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Cada tarde Leonor, Martín y el tío del mostoleño se ponen antes de cenar en la mesa del comedor. Despliegan un álbum de cromos -el del Mundial de Rusia-, tres o cuatro sobres por abrir y una cajita roja donde colocan los repes y empiezan a hablar de animales típicos de cada país, comidas, colores o tradiciones. Martín antes de cenar abre el apetito con una singular y balompédica vuelta al mundo sin saberlo. Ayer, después de la siesta fue consciente de lo que estaba aprendiendo: el país de los choripanes se quedaba fuera del Mundial porque la selección del Gallo había ganado. También sabe que el Pipita es un Cementerio de Canelones y que tiene repetido en su cajita de repes infinitas veces el cromo de Jeffersson, La Foquita, Farfán: a sus cuatro años creo que poco le importa. Sigue leyendo