Perder una voz

imatge_74.jpgConfieso que a mí no me ha pasado, porque tengo la suerte de recordar de momento la voz de Amalia, Paquita y Joana. Una voz dulce, algo aguda la primera y la otra más rasposa, de garganta la otra: ambas eran perfectamente reconocibles y quizá porque su partida fue temprana -Amalia hace tres años, Paquita se acerca a los ocho y Joana una década más que la abuela, que no l’àvia: trece-. Uno de los males más graves que ahonda en el dolor o luto perenne que todos llevamos dentro pese a superar la pérdida de un ser querido es perder, olvidar la voz que nos enternecía o camelaba e incluso abroncaba llegado el caso, no el mío. Perder la voz es cruel, una forma de ahondar un olvido en el que uno de primera mano no puede poner remedio. Sin remedio también el déficit de reproductores de VHS y casetes que actualmente hacen una quimera la labor de mantener a resguardo auditivo aquellas melodías vocales que a la larga echaremos de menos; esas cintas ya desfasadas son para muchos el último reducto para reconstruir piezas de un rompecabezas y muchas de esas piezas bien han desaparecido o han acabado volcadas a la desmemoria de la tecnología cuando ahí estaban, en la reserva de los zaguanes un particular tesoro.

No recurrir a un recurso tecnológico vetusto pero necesario, de momento, me hace sentir afortunado pero ahonda doblemente en el dolor empático de la amistad que ha perdido la referencia acústica de sus queridos y en lo vegonzosamente afortunado que soy.

Foto: Joana Crespí (Palma, 1944 – Barcelona, 2005) fue documentalista y bibliotecaria musical. Responsable de la sección de música de la Biblioteca de Catalunya. Y es mi padrina.

La canícula

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Puede ser que esté realmente agotado: puede ser. Desde finales de mayo mi día a día se resume en madrugar, trabajar -incluyendo aguantar alguna queja o reproche- llegar a casa, comer y acto seguido contar las horas que quedan para que vuelva a trabajar. O que quedan para que salga de casa para ir al colegio. O las horas que dormiré cuando entre en la cama y pongo las correspondientes alarmas en el móvil. Alarmas, digo, que nunca utilizo porque el reloj biológico de mi cuerpo se ha encargado de maltratar me sueño, de jugar con mi descanso y así puede que a las cinco de la mañana ya tengo los ojos despiertos y acto seguido esté dando cabezadas de media hora hasta las siete y poco, cuando normalmente me canso y preparo el almuerzo del día siguiente, a leer a Uría, Simic o Pavese mientras la ciudad se despeña entre andamios. Es así: cuando salgo de casa en casa todos duermen y cuando llego todos danzan cuando deseo acostarme tras un buen gazpacho. Ya me acuesto después de reconstituir el cuerpo y descanso una hora, o tres cuartos mientras escucho agonizar la etapa de turno del Tour mientras mi cuerpo se funde con el sofá, con la cama hasta desesperar con el sueño breve, sin remedio.

Foto: portada del cómic Canícula.(Astiberri, 2014) realizado por el historietista francés Barú.

El mito de ‘vivir bien’ en Extremadura

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Cuando escucho el “aquí se vive bien” de algunos conocidos del sur -y ya sabéis a qué región me refiero- algo me sacude por dentro. Cada uno tiene sus propias inquietudes: vivir bien al colchón del erario público en una capital de provincia con sus pueblos y localidades menores despoblándose. Vivir bien, en fin, esperando unas oposiciones en una alternativa tan legítima como arriesgada, condenando a jóvenes de casi treinta años con nula experiencia laboral al abismo. Si me tienen que justificar el “vivir bien” con las horas de sol, el terraceo, no llegar a final de mes porque tu sueldo no te lo permite -tendrá la culpa siempre el Gobierno- o comer jamón…  mal se va. Sigue leyendo

Apuntes sobre los días del Mundial

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Cada tarde Leonor, Martín y el tío del mostoleño se ponen antes de cenar en la mesa del comedor. Despliegan un álbum de cromos -el del Mundial de Rusia-, tres o cuatro sobres por abrir y una cajita roja donde colocan los repes y empiezan a hablar de animales típicos de cada país, comidas, colores o tradiciones. Martín antes de cenar abre el apetito con una singular y balompédica vuelta al mundo sin saberlo. Ayer, después de la siesta fue consciente de lo que estaba aprendiendo: el país de los choripanes se quedaba fuera del Mundial porque la selección del Gallo había ganado. También sabe que el Pipita es un Cementerio de Canelones y que tiene repetido en su cajita de repes infinitas veces el cromo de Jeffersson, La Foquita, Farfán: a sus cuatro años creo que poco le importa. Sigue leyendo

Hablemos de Francia 98

footixEra una broma de mal gusto que Stéphane Guivarc’h fuera el delantero titular de la selección que triunfó en Francia ’98. Un delantero torpón, inofensivo, un mueble -en lugar de nueve- en toda regla haciendo sombra a Trezeguet y a Henry. Seamos francos, Aimé Jacquet no era un genio del jogo bonito; más bien curtía el XI del Gallo con un equipo lleno de tordos y tarugos que repartían cera a mansalva: los Leboeuf, Blanc, Desailly o Thuram no eran precisamente hermanitas de la caridad. Únicamente les quedaba encomendarse al orden de Vieira, a los chispazos de un Djorkaeff que de tener diez centímetros más alto se lo hubieran rifado los mejores equipos europeos, y las genialidades de un todavía peludo Zidane. Entre moles de piedra y fuegos artificiales Stéphane Guivarc’h no pintaba nada, aparentemente.

El calor cayó aquel año a plomo. Jornada intensiva de 9.30 a 13.30. La temporada de balonmano había acabado por lo que una buena alternativa era ir a la televisión del estudio, ya en casa, para ver alguno de los partidos que se emitían a primera hora de la tarde por La 2 a la hora de la siesta mientras me refrescaba con un interminable vaso de Dan’up! Los resultados de la Floja no se me olvidan: derrota inicial -cantada de Zubizarreta incluida- contra Nigeria un sábado al mediodía, empate contra Paraguay un viernes por la noche mientras íbamos hacia Plasencia a pasar el fin de semana y victoria contra Bulgaria tras haberd85e03a04cf4bd00fe962622af285a90 estado en la feria de San Juan… ¿o me confundo con la Eurocopa del 2000? la verdad es que en aquella época en la que Raúl todavía era el 10 de España y se jugaba con un equipo más bien amarrategui – el famoso 5-4-1 de Clemente ¿a quién le decías de ahí que sacara la pelota jugada desde atrás?- la afición nacional era poner a caer de madre a Clemente y a criticar a los seleccionados: qué coño pintaba Celades en la selección si era andorrano; que si Zubi estaba viejo; por qué Morientes no jugaba más o si Alkorta no tenía un sustituto de garantías…

Siempre existirán las sorpresas, los fiascos de Alemania, Argentina o Italia, pero también aspectos que por mucho que queramos no han cambiado: Irán y Estados Unidos compartían grupo, tras una temporada de escalada de tensión entre ambos países. Veinte años después estamos políticamente igual, el joío día de la marmota.

Cuando mis niños me preguntan si tengo ganas de que empiece el Mundial, hago mío por unos instantes el papel de adulto responsable y les aseguro que no, que el fútbol dejó de ser importante para mí hace muchos años si alguna vez lo fue. Pero por otro lado cada cuatro años recuerdo un viaje de vuelta a Badajoz desde Lisboa, primera vez que fui, escuchando la final Francia – Brasil; o me recuerdo espatarrado en el parquet del estudio observando cualquier medianía que ponían después de comer y siento cierta nostalgia. Por ello a los mayores los tengo sobre aviso: si ven que cierro la puerta del despacho y bajo la persiana exterior tienen la orden de no molestar: estaré siguiendo en silencio, por radio, cualquier partido apto para Maldinis acompañado de un helado o un batido de yogur de fresa interminable. Como en mil novecientos noventa y ocho.

Robar es una virtud

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Ya de mayor -calzo un cuarenta y tres y visto veintiocho años – empecé a recelar de los políticos; mucho antes había empezado a desconfiar de los partidos al ver los vetos, rivalidades y disputas. En realidad lo que sucede es que los partidos mayoritariamente son conservadores en su fuero interno, no atienden a renovaciones o lavados de imagen si el cambio provoca alterar el orden de las sillas y el consecuente reparto de caramelos. Estoy seguro que hay hecho algún estudio sobre las motivaciones de algunas personas sobre cómo el poder-dependencia crea dependencia, necesidad; como una ludopatía próxima a cronificarse dentro de uno mismo. La pillería ibérica, retratada con un buen saber hacer en el Lazarillo de Tormes es una broma comparado con las noticias que se suceden. Pillería no es tener a un gobierno lleno de patanes, sino constatar que se ha convertido en un zoco de favores e intereses personales agraciado los aparatos de los partidos y los mercados que sustentan el sistema político de un estado tan decadente como soez. Los partidos se han visto convertidos sin que nadie lo remediase en verdaderas en agencias de colocación de tragasables y peinamonas, por tal de librarse los cabecillas de turno de manera elegante a quién molesta. Damnificados por la renovación democrática se aseguran a posterioridad un buen colchón y sustento económico; jugando también la hábil estrategia de tirar de la manta para mostrar la mierda encofrada en los principios del y tú más. La clase política en su noventa y cinco por ciento ha mutado hasta ser adalides del hurto y la premeditación que indirectamente venden el titular de robar es una virtud con insufrible inocencia, sin nombrarlo pero predicando con sus ejemplos y trayectoria, siendo el verbo de la primera conjugación mucho más que aquella acción de alargar la mano y sustraer para uno aquello ajeno. Roban la voluntad, la justicia y los aires de cambio autoproclamándose portavoces de un hastío provocado por ellos mismos, existiendo todavía imbéciles que les bailan el agua. Robar será una virtud pero ser invidente es un gran problema. Y dudo que haya una decena de millones de ciegos en el país; máxime cuando la cifra de imbéciles parece estar en alza.

Mi nuevo destino

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[pongo una foto bonita porque lo que viene a continuación es una bofetada de realidad. Así quizá a vosotros os duela menos…]

Ayer fue mi primer día de trabajo, el día cero en un municipio nuevo para mí. Es curioso cómo el destino guarda zurdazos y me los ofrece sin aspavientos, sin caer en cuenta quizá de lo acertado de su mando: trabajo a escasos cinco metros de la Plaza -allí, en el barrio, escuchar por boca de alguien decir “Plaça” es un lógico imposible- Federico García Lorca. En un recodo de la misma emerge un arco andalusí que uno supone en tiempos tuvo su sentido. El barrio está compuesto por seis o siete manzanas iguales, desconchado y con la pintura comunal deteriorada y el mobiliario público bien brilla por su ausencia bien rezuma deteriorado por las plazoletas de cada isla de viviendas. En los Sigue leyendo