Descifrar los silencios: Carlos Pujol

cp

Extraído del poemario Versos de Suabia, previo paso por los cuadernillos del aula de poesía Díez Canedo…

Lo diré corto y claro: hoy ha venido
una sonora turba de españoles.
Amigos del estrépito,
consumiendo café
y envueltos en el humo del tabaco,
no tengo la certeza de que sean
europeos digamos presentables.
Sienten como un rechazo por las normas
muy significativo, creo yo,
trituran vehementes
unos cuantos idiomas sin piedad,
y pueden sostener lo que se está diciendo.
Son gritones, babélicos, exhiben
Un no se qué que me cae simpático.
Misteriosos quizá, pero es que si alguien
no tiene algún secreto ya no es nada

Saludé -pongamos en cursiva todas las letras de la palabra- a Carlos Pujol (Barcelona 1936 – 2012) hace ya casi ocho años. Digamos que a Pujol le sentaba de maravilla la bufanda que llevaba, de hombre mayor, en Badajoz. Las dos veces que lo crucé fuera del Aula de Poesía parecía despistado en medio de un invierno especialmente frío, porque cuando aprieta el viento del Atlántico éste tiene una autopista para llegar a las esquinas de la Plaza Alta, pasando por Santa Marina y La Estación. Una habilidad pasmosa para enhebrar versos como facultades líricas y prosaicas; abarcando fielmente la gestión cultural o desarrollar el papel de jurado en premios literarios. Carlos Pujol, sin caer en el “malditismo” de Ferrer Lerín, comparte el secreto de su obra, todavía años después de su fallecimiento desconocida para muchos -no será por su docena de novelas y otra tanta larga de poemarios- como lo es también su legado como traductor de clásicos como Shakespeare, Emily Dickinson o Baudelaire.

Álvaro Valverde comentaba en su bitácora (aquí) que “(…) si los numerosos premios literarios y de traducción de nuestro sistema cultural fueran una verdadera meritocracia, habrían servido para galardonar y dar a conocer la impresionante obra de Carlos Pujol, un gigante silencioso que vivió y escribió a contracorriente, fiel a sí mismo, a su fe y a su adorada familia”. Pujol era un trabajador de las letras, pulía cada una de ellas hasta conseguir la palabra exacta; un hombre volcado en la literatura en muchísimas vertientes pero tan singular como polifacético.

  • Postdata: si queréis conocer alguna de sus traducciones ahora podéis conseguir la antología Morí por la belleza, de Emily Dickinson (Penguin Random House) y seleccionada por Andreu Jaume por menos de un billete de los chicos.