La rutina del no equilibrio

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Línea cuatro de metro -groga/amarilla-. En Poblenou sube una família de turistas franceses: tres niñas y un niño. Todos miran el papel de color celeste, cuadrado, que sujeta entre los dedos. Intenta realizar un cisne. Otro más. Y luego una mariposa. Y luego uno más de cada para al final hacer cuatro figuras. Una para cada. Se los ofrece y ellos quedan  en el vagón sujetando con delicadeza un papel, un simple papel cuadrado de color celeste mientras sonríen por el vidrio…

El viernes llegué con muchas dudas y pocas certezas, tenía la sensación de no saber encajar. Aquello que tenía de camaleón se convirtió en tortuga agazapada en su caparazón. Luego, los cafeses, carcajadas, la pizza, intercambios de material y demás… bien: aquello de la adaptabilidad al medio como hace una especie invasora en un hábitat hostil de primeras puesto a la práctica sin sedación y con resultados sorprendentes. Yo me las daba de duro, y no.

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Ha aprendido mucho estos días. Todas las incertidumbres e interrogaciones han quedado aplazadas: encontrarán su lugar más adelante, seguro; pero aquí ya no. No comulga con muchas cosas que se han dicho -eso es lo bonito-. Porque uno ha vivido en la mierda de las letras los últimos meses y ya necesitaba un torrente de adrenalina que le activara como la de Fran Amador en Plasencia.

He decidido pellizcar el silencio porque aquella descarga ácida y seca en mi piel es la que me hace en realidad reaccionar. Me tintineo como un móvil a merced de los aspavientos de un recién nacido en su cuna. Por fin la estabilidad.

Origamis y la ínsula poética

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El tren va tarde, como siempre. La Renfe hace de un viaje para románticos una pesadilla infumable. Suerte de los cisnes delicados y las cuartillas apresuradas con letra de permanente que roban sonrisas siempre al ser regaladas. Handcraft siempre.

¿Estoy viendo al autor o al personaje?. No lo sé pero intento disfrutar de Jordi Sierra i Fabra más cuando después de relatar viajes y la adoración al disco de vinilo, justifica el Nobel a Dylan -como reconocimiento a una generación de escritores- y todos y cada uno de sus principios hasta pisar terreno resbaladizo: autopublicación, el todo no vale para sacar adelante una obra. Y estoy de acuerdo… aunque luego entre en el terreno de la anécdota; quizá para no volver al barrizal o seguramente porque dentro de la mística de su personaje está cómodo. No obstante, crea arte y parece ser que el arte se ha adueñado de él. No me gustaría llegar nunca a tal extremo.

Durante todo el día he impartido clases de origami exprés con resultados varios, aunque creo que Meg y Olatz han sido las alumnas más aventajadas. He visto Contar de Chema Cumbreño al lado de un poemario de Álex Chico. Me he emocionado.

Quería una cerveza y acabé con un capuccino de a litro. Alicia ríe y sale a superficie un intenso debate sobre modalidades lingüísticas, enriquecedor. Luego presentación de un libro. Como soy un despistado he estado peinando musarañas y leyendo a Karmelo C. Iribarren. Vuelvo a la presentación: Paula P. parece que tiene memorizado un guión -lógico, está presentando su libro- pero veo cabos sueltos y a vueltas con Sierra i Fabra y la autopublicación aunque haya una editorial de fondo aquí. No sé si todo vale en literatura para sacar un proyecto adelante. Dudo.

Hago un repaso mental del día mientras suena I’m a lonely boy: ya vuelvo a casa, retoco algún verso y miraré de escribir algún poema con lo juntado cuando esté en la cama. No conozco a nadie más que lea o escriba poesía en la #BookConBCN. Responsabilidad, pues.

El baile del estuario

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Y amanece en Lisboa. Marchas. Huyes de la costa dejando ante tí un rastro de besos en forma de espumas peinando el oleo sobre la crin de las sirenas que ondean por la playa.

Besas a brazadas el infinito y yo, cual Neptuno, anhelo que la marea me arrastre una vez más a ti; aunque nuevamente sea náufrago en tu olvido.

(leído en la #BookConBCN)