O amor das coisas belas: poesía y Benfica

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Para Lydia Contreras, porque tiene a Dom António a la altura de Beyoncé o más arriba

[tercera entrega de la traducción de O amor das coisas belas (Ou pelo menos as cosas que eu consiero belas) escrito por Jorge Reis-Sá e ilustrado por Nicolau sobre  la vida y obra de António Lobo Antunes]

António es poeta.

Dice António que tiene envidia de los poetas. Cree que solo escribe ficción, narrativa, novelas (llamémoslo como queramos, porque son aquellos textos cuyas frases llegan al fin de la línea) porque no consigue escribir poesía. Y António está equivocado: es un poeta. La poesía tiene la manía de ser perezosa, como los versos al no llegar al fin de la línea. Hubo un día que António se dejó tentar por la verdad: escribió No entres tan deprisa en esa noche oscura como un poema.

António es del Benfica. Pero todavía más del Sport Lisboa e Benfica. Jugó al hockeybc45be64-dec2-4b6a-9049-206345f2be95 patines durante años. Un escritor no está fuera del mundo: en su caso, lo es incluso dentro de la pista.

A António se le vuelve la mirada de niño cuando observa fotografías de antiguas glorias del Benfica, como José Águas. Porque eso le recuerda que los libros estaban todos por escribir y que antes tienen que escribirse. A todos nos gusta el futuro, principalmente, cuando recordamos el pasado.

António nunca tendrá un final triste porque nunca acabará: los libros de António existirán siempre. Hoy, únicamente vive para los libros. Y los libros viven para su vida porque así lo desea. Hay escritores que escriben para ellos al igual que hay escritores que escriben para otros. También hay escritores que solamente escriben. Como António.

António no sabe si cree en Dios. Pero si cree en los libros, que es más o menos lo mismo.

El día que rechacé a Lobo Antunes

na[en agosto de 2011 nada hacia pensar que acabaría siendo muy de Dom António. Como tantas otras veces me equivoqué, ya es costumbre. Aquí, el único día que me he arrepentido de devolver un libro]

Si he ido era porque hacía un calor menos espantoso que los otros días. Aún así, necesitaba más aire fresco. Según el mando a distancia del aire acondicionado -Mitsubishi- de una librería de la Rambla Nova, la temperatura estaba programada a unos heladores veintiún grados del ala. Estoy harto de sudar, más harto todavía del contraste de las temperaturas indoor/outdoor que sacude la ciudad. Harto.

Siempre que voy a la Renfe me viene a la imagen de aquellos que fuman un cigarro mientras esperan su tren pacientemente, alardeando del postureo. También, pienso y observo a aquellos que viven su realidad en silencio, aquellos que callan, esperan -del verbo esperar, primera conjugación- o quieren -del verbo querer-. Ambos verbos podrían ser sinónimos porque son tan frágiles que al mencionarlos en cualquier tiempo o conjugación producen escalofríos, pero no viene al caso. Sigue leyendo

Memoria de la enfermedad

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Cuando nos conocimos -Dios y yo- había pasado por un cáncer, hace siete años, y tenía que pasar las revisiones obligatorias. Cuando me hicieron un examen, tenía un tumor en cada uno de los pulmones. Diferentes el uno del otro. Me operaron. Tuve suerte al ser tratado por una persona excepcional que ya me había tratado del otro y que me dijo: “te voy ha hacer un tratamiento de quimioterapia que puede provocarte complicaciones, pero aún así te curarás.” La terapia fue muy, muy violenta. Fueron cuatro meses horribles en los que no me podía mover. Y, al mismo tiempo, extraordinarios. En la otra ocasión había hecho un tratamiento de quimioterapia oral y esta vez fue inyectada; en una sala muy grande del Hospital de Santa Maria, llena de gente, de todas las edades, muchachas de dieciocho años con pelucas, y una vez más me sorprendió la extraordinaria dignidad de las personas. No se escuchaba una sola queja, no había lágrimas… y estaban contentos de verme allí. Sigue leyendo

La elección de las mujeres

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“(…) Hay gente a la que le gusta hacer el amor y hay gente a la que le gusta hablar de cómo lo ha hecho: el placer de contárselo a los amigos es mucho mayor que el placer del acto en sí mismo. Los hombres somos muy infantiles, muy primarios en eso. No comprendo cómo las mujeres tienen paciencia con nosotros. Tengo tres hijas. Mi vida cambió con ellas. Mi respeto por las mujeres lo entendí con ellas. Las mujeres son más maduras que nosotros, más honestas con los sentimientos. En América un médico me dijo: «Los hombres quieren follar, las mujeres quieren amar». Es verdad. Dime un hombre que conozca el corazón de una mujer, son mucho más complejas. Los hombres creemos que hacemos conquistas, y no entendemos que hemos sido elegidos: son las mujeres quienes escogen. Pero son suficientemente maduras e inteligentes para hacerte creer que eres tú quien ha hecho la conquista.”

António Lobo Antunes

Nota: entrevista completa en la revista Quimera, junio 2015, número 379.

Son felices con ellas mismas

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[cuando sufro bloqueos creativos o me atosigo con las lecturas tomo el Libro de Crónicas y me dejo llevar, distraído, con una Portugal tan cercana como desconocida. Una mano digna de estrechar, creo…]

“Me sería muy difícil vivir con una mujer que no fuese portuguesa. Que no se quejase en la misma lengua que yo; que no hablase en la misma lengua; que no se irritase en la misma lengua. Nunca podría vivir con una extranjera. Le voy a contar algo íntimo, pero para acabar. Estuve en América, en Nueva York. Y las personas, allí, los sábados, se van a las discotecas, pero se van solos, hombres y mujeres, todos van solos. Las discotecas, además, suelen tener un cantante que imita, con frecuencia, a Sinatra. Esto ocurrió en Sigue leyendo

Egos y pudores

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“Cuando voy a una fiesta al pasar una hora ya me quiero ir; me parece estar perdiendo el tiempo. Pienso que estaría mejor en casa viendo un buen partido de fútbol o un buen combate de boxeo. Las cosas sociales me aburren porque coincido con escritores que hablan mal de otros escritores; suelen ser autores menores, claro, porque los escritores realmente buenos no son envidiosos.

(…) Aprendí a estar siempre agradecido a la gente; hoy lo estoy a quienes pierden conmigo su tiempo y su dinero. Se lo debo todo; me produce pavor la sensación de defraudar a quienes confían en mi obra.”

António Lobo Antunes

Autoprosa de Lobo

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[las entrevistas son parecidas a los autorretratos…]

No soy un admirador de Pessoa. El libro del no sé qué me aburre de muerte. La poesía del heterónimo Álvaro de Campos es una copia de Walt Whitman; la de Ricardo Reis, de Virgilio. Me pregunto si un hombre que jamás ha follado puede ser buen escritor.

Tampoco me interesa escribir novelas de guerra por respeto a los muertos. Me interesan las personas en circunstancias extremas. Quise desertar cuando estuve en Angola, pero mi capitán me dijo: “No te vayas, que la revolución se hace por dentro; no en los cafés de París” (…) Hay dos cosas magníficas del espectáculo de la guerra: la belleza del coraje físico y lo más horrible, la cobardía. Después de sesenta años sigues con pesadillas por las cosas horribles en que participaste. Lo que planteo es por qué no se siente culpabilidad, por qué es tan fácil matar y morir.

Cuando no escribo no me siento bien, siento como una angustia; una cosa física difícil de explicar. Tengo la impresión de que me hicieron para escribir.

[extraído el texto a partir de una entrevista
en El País, en 2015]
António Lobo Antunes