El miedo

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“Cuando vine a México hace diez años a recibir un premio , empecé a cagar sangre y más sangre. Me invadió el terror pero, por suerte, al regresar a Portugal, el médico sólo me diagnosticó un cáncer. Estuve entre la vida y la muerte. La muerte es una gran injusticia, la mayor puta que he conocido.

La primera vez que me fui a la guerra a disparar  estaba acojonado. Allí en la selva, con más soldados, sentía un miedo horrible. Y, de repente, con el primer disparo que haces, te desaparece el miedo. Cuando escribo siento que vuelvo a la guerra, a ese miedo”.

António Lobo Antunes

Añoranza de Ireneia

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“(…) ¿Qué ha sido de ti, Ireneia? Me dicen que has engordado pero no me lo creo, que el señor Geraldo ha muerto, que tu madre ha muerto, que vives en el sótano de la calle del colegio casada con un empleado de la compañía de teléfonos, que sufres de las arterias, que no has vuelto nunca más a patinar en el Académico, pero no puede ser. Mañana por la tarde iré a la pista a verte porque estoy seguro de que, a pesar de haber cumplido los treinta, todavía tienes el pelo rubio, Ireneia, todavía tienes aquella faldita verde muy corta, todavía giras y giras y giras con los brazos levantados y por encima de la cabeza, y cuando la música acabe y te curves en una reverencia sin mirar a nadie, si por casualidad reparas en alguien en la gradería que te aplaude que sepas que soy yo. No he cambiado mucho. Claro que estoy más viejo, pero soy yo. Aquel muchacho tartamudo con un defecto en el labio, que nunca tuvo el valor de sonreírte, nunca tuvo el valor de decirte hola. El sobrino de doña Lúcia, de quien doña Lúcia aseguraba que no iría muy lejos debido a sus pies planos y a aquel defecto en el habla. Realmente no he ido muy lejos pero sigo yendo a la pista de patinaje los domingo con la esperanza de verte girar y girar y girar y sentirme feliz. Me gustaría que un día aparecieses, Ireneia: es que a veces es un poco triste aplaudir una pista vacía”.

Libro de crónicas
António Lobo Antunes

Algo que nunca se olvida

ALA

[acabando la traducción. Estoy demasiado cansado para escribir, pero es domingo (por ayer) y algo crece en mí: la inquietud fiera y animal que debe crecer, supongo, en los hombres asilvestrados]

«(…) Ahora estás frente a tu tía. Nadie puede ayudarla, nadie puede ayudarte. Ayer almorzaste en el jardín del Príncipe Real y una paloma, al alzar el vuelo, rozó tu cabeza y te despeinó. Nunca te había ocurrido eso y el hecho de que la paloma te rozase te dejó intrigado. Sentirste sus patas en la frente, las alas. Un antiguo paciente tuyo del hospital, al que ves a veces vendiendo décimos de lotería, ayudaba al empleado que recogía las hojas. Unas extranjeras demasiado blancas te sonreían cohibidas. El sitio donde internaron a tu tía ni siquiera muy lejos. Quien se encuentra lejos eres tú: tienes nueve años y entras en la maternidad donde ella acaba de parir su primer bebé y te hace una caricia en el pelo. De eso te acuerdas. Ocurra lo que ocurra, de eso habrás de acordarte siempre».

Segundo libro de crónicas
António Lobo Antunes

O amor das coisas belas: poesía y Benfica

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Para Lydia Contreras, porque tiene a Dom António a la altura de Beyoncé o más arriba

[tercera entrega de la traducción de O amor das coisas belas (Ou pelo menos as cosas que eu consiero belas) escrito por Jorge Reis-Sá e ilustrado por Nicolau sobre  la vida y obra de António Lobo Antunes]

António es poeta.

Dice António que tiene envidia de los poetas. Cree que solo escribe ficción, narrativa, novelas (llamémoslo como queramos, porque son aquellos textos cuyas frases llegan al fin de la línea) porque no consigue escribir poesía. Y António está equivocado: es un poeta. La poesía tiene la manía de ser perezosa, como los versos al no llegar al fin de la línea. Hubo un día que António se dejó tentar por la verdad: escribió No entres tan deprisa en esa noche oscura como un poema.

António es del Benfica. Pero todavía más del Sport Lisboa e Benfica. Jugó al hockeybc45be64-dec2-4b6a-9049-206345f2be95 patines durante años. Un escritor no está fuera del mundo: en su caso, lo es incluso dentro de la pista.

A António se le vuelve la mirada de niño cuando observa fotografías de antiguas glorias del Benfica, como José Águas. Porque eso le recuerda que los libros estaban todos por escribir y que antes tienen que escribirse. A todos nos gusta el futuro, principalmente, cuando recordamos el pasado.

António nunca tendrá un final triste porque nunca acabará: los libros de António existirán siempre. Hoy, únicamente vive para los libros. Y los libros viven para su vida porque así lo desea. Hay escritores que escriben para ellos al igual que hay escritores que escriben para otros. También hay escritores que solamente escriben. Como António.

António no sabe si cree en Dios. Pero si cree en los libros, que es más o menos lo mismo.

El día que rechacé a Lobo Antunes

na[en agosto de 2011 nada hacia pensar que acabaría siendo muy de Dom António. Como tantas otras veces me equivoqué, ya es costumbre. Aquí, el único día que me he arrepentido de devolver un libro]

Si he ido era porque hacía un calor menos espantoso que los otros días. Aún así, necesitaba más aire fresco. Según el mando a distancia del aire acondicionado -Mitsubishi- de una librería de la Rambla Nova, la temperatura estaba programada a unos heladores veintiún grados del ala. Estoy harto de sudar, más harto todavía del contraste de las temperaturas indoor/outdoor que sacude la ciudad. Harto.

Siempre que voy a la Renfe me viene a la imagen de aquellos que fuman un cigarro mientras esperan su tren pacientemente, alardeando del postureo. También, pienso y observo a aquellos que viven su realidad en silencio, aquellos que callan, esperan -del verbo esperar, primera conjugación- o quieren -del verbo querer-. Ambos verbos podrían ser sinónimos porque son tan frágiles que al mencionarlos en cualquier tiempo o conjugación producen escalofríos, pero no viene al caso. Continuar leyendo “El día que rechacé a Lobo Antunes”

Memoria de la enfermedad

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Cuando nos conocimos -Dios y yo- había pasado por un cáncer, hace siete años, y tenía que pasar las revisiones obligatorias. Cuando me hicieron un examen, tenía un tumor en cada uno de los pulmones. Diferentes el uno del otro. Me operaron. Tuve suerte al ser tratado por una persona excepcional que ya me había tratado del otro y que me dijo: “te voy ha hacer un tratamiento de quimioterapia que puede provocarte complicaciones, pero aún así te curarás.” La terapia fue muy, muy violenta. Fueron cuatro meses horribles en los que no me podía mover. Y, al mismo tiempo, extraordinarios. En la otra ocasión había hecho un tratamiento de quimioterapia oral y esta vez fue inyectada; en una sala muy grande del Hospital de Santa Maria, llena de gente, de todas las edades, muchachas de dieciocho años con pelucas, y una vez más me sorprendió la extraordinaria dignidad de las personas. No se escuchaba una sola queja, no había lágrimas… y estaban contentos de verme allí. Continuar leyendo “Memoria de la enfermedad”

La elección de las mujeres

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“(…) Hay gente a la que le gusta hacer el amor y hay gente a la que le gusta hablar de cómo lo ha hecho: el placer de contárselo a los amigos es mucho mayor que el placer del acto en sí mismo. Los hombres somos muy infantiles, muy primarios en eso. No comprendo cómo las mujeres tienen paciencia con nosotros. Tengo tres hijas. Mi vida cambió con ellas. Mi respeto por las mujeres lo entendí con ellas. Las mujeres son más maduras que nosotros, más honestas con los sentimientos. En América un médico me dijo: «Los hombres quieren follar, las mujeres quieren amar». Es verdad. Dime un hombre que conozca el corazón de una mujer, son mucho más complejas. Los hombres creemos que hacemos conquistas, y no entendemos que hemos sido elegidos: son las mujeres quienes escogen. Pero son suficientemente maduras e inteligentes para hacerte creer que eres tú quien ha hecho la conquista.”

António Lobo Antunes

Nota: entrevista completa en la revista Quimera, junio 2015, número 379.