De Lobo Antunes a Eugénio de Andrade

Bom dia, Eugénio

Cocteau decía que hay hombres de corazón de diamante que apenas reaccionan al fuego y otros diamantes y descuidan el resto. Junto con estas vocaciones raras de zarza ardiente, me gustaría sentirme en familia, o eso es equivalente a explicar que siempre estoy allí. No quiero quejarme: de hecho solo vivo para navegar, instintivamente en la 1574842602_688159_1574842846_miniatura_normaldirección correcta, fingir que estabas lejos -Azores, Woods y el vacío de las olas, Wolfram Schütte, Marisa Blanco, Eugénio de Andrade, volcanes, fraternos de ternura, refugios de piedra blanda en los que preocuparse por la inquietud de la fiebre, personas que nos reconcilian con un alma que no es el alma de Scott que escribía, durante horas en la mañana. Y por Eugenio de Andrade, hoy hablo, un balcón perpetuo de basalto frente a la playa.

Lo llaman el amigo más cercano del sol: de acuerdo, si el sol es obstinado y severo. Lo llaman poeta: de acuerdo, si las palabras traen noticias de la vehemencia de la sangre. Lo llaman difícil: de acuerdo, si notas la infancia en la paloma de la sonrisa que de vez en Continuar leyendo “De Lobo Antunes a Eugénio de Andrade”

Una cuestión de trabajo

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“Escribir es una cuestión de trabajo. No hay una línea que un principiante no pueda hacer. No existe el talento. Como los toros, hay que mmmmm [embiste con la cabeza]. Y haces una versión y otra versión y otra versión y otra versión. Tienes que ser humilde porque sólo es una cuestión de trabajo. Por ejemplo, el pobre Rulfo trabajó como un perro en Pedro Páramo. Los mejores son los que trabajan más y no se quedan contentos con la primera versión. La primera versión no puede ser buena. Es un oficio de paciencia. Y de un poquitito de valor para aguantar los tiempos de desánimo, que son tan frecuentes. Porque sientes las cosas con mucha intensidad y cuando vas a mirar lo que has dejado en el papel hay una distancia tan grande… No es romántico. Sánchez Ferlosio decía de su mujer que era una viuda que tenía el difunto en casa. Porque casi no tienes tiempo para nada más. Horacio, el poeta latino, decía que el poeta tenía que trabajar 10 horas al día, una para escribir y las otras para corregir. Ser espontáneo te cuesta mucho trabajo y el lector no puede sentir que has trabajado mucho, tiene que parecer que se ha hecho así.”

António Lobo Antunes

El miedo

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“Cuando vine a México hace diez años a recibir un premio , empecé a cagar sangre y más sangre. Me invadió el terror pero, por suerte, al regresar a Portugal, el médico sólo me diagnosticó un cáncer. Estuve entre la vida y la muerte. La muerte es una gran injusticia, la mayor puta que he conocido.

La primera vez que me fui a la guerra a disparar  estaba acojonado. Allí en la selva, con más soldados, sentía un miedo horrible. Y, de repente, con el primer disparo que haces, te desaparece el miedo. Cuando escribo siento que vuelvo a la guerra, a ese miedo”.

António Lobo Antunes

Añoranza de Ireneia

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“(…) ¿Qué ha sido de ti, Ireneia? Me dicen que has engordado pero no me lo creo, que el señor Geraldo ha muerto, que tu madre ha muerto, que vives en el sótano de la calle del colegio casada con un empleado de la compañía de teléfonos, que sufres de las arterias, que no has vuelto nunca más a patinar en el Académico, pero no puede ser. Mañana por la tarde iré a la pista a verte porque estoy seguro de que, a pesar de haber cumplido los treinta, todavía tienes el pelo rubio, Ireneia, todavía tienes aquella faldita verde muy corta, todavía giras y giras y giras con los brazos levantados y por encima de la cabeza, y cuando la música acabe y te curves en una reverencia sin mirar a nadie, si por casualidad reparas en alguien en la gradería que te aplaude que sepas que soy yo. No he cambiado mucho. Claro que estoy más viejo, pero soy yo. Aquel muchacho tartamudo con un defecto en el labio, que nunca tuvo el valor de sonreírte, nunca tuvo el valor de decirte hola. El sobrino de doña Lúcia, de quien doña Lúcia aseguraba que no iría muy lejos debido a sus pies planos y a aquel defecto en el habla. Realmente no he ido muy lejos pero sigo yendo a la pista de patinaje los domingo con la esperanza de verte girar y girar y girar y sentirme feliz. Me gustaría que un día aparecieses, Ireneia: es que a veces es un poco triste aplaudir una pista vacía”.

Libro de crónicas
António Lobo Antunes

Algo que nunca se olvida

ALA

[acabando la traducción. Estoy demasiado cansado para escribir, pero es domingo (por ayer) y algo crece en mí: la inquietud fiera y animal que debe crecer, supongo, en los hombres asilvestrados]

«(…) Ahora estás frente a tu tía. Nadie puede ayudarla, nadie puede ayudarte. Ayer almorzaste en el jardín del Príncipe Real y una paloma, al alzar el vuelo, rozó tu cabeza y te despeinó. Nunca te había ocurrido eso y el hecho de que la paloma te rozase te dejó intrigado. Sentirste sus patas en la frente, las alas. Un antiguo paciente tuyo del hospital, al que ves a veces vendiendo décimos de lotería, ayudaba al empleado que recogía las hojas. Unas extranjeras demasiado blancas te sonreían cohibidas. El sitio donde internaron a tu tía ni siquiera muy lejos. Quien se encuentra lejos eres tú: tienes nueve años y entras en la maternidad donde ella acaba de parir su primer bebé y te hace una caricia en el pelo. De eso te acuerdas. Ocurra lo que ocurra, de eso habrás de acordarte siempre».

Segundo libro de crónicas
António Lobo Antunes

O amor das coisas belas: poesía y Benfica

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Para Lydia Contreras, porque tiene a Dom António a la altura de Beyoncé o más arriba

[tercera entrega de la traducción de O amor das coisas belas (Ou pelo menos as cosas que eu consiero belas) escrito por Jorge Reis-Sá e ilustrado por Nicolau sobre  la vida y obra de António Lobo Antunes]

António es poeta.

Dice António que tiene envidia de los poetas. Cree que solo escribe ficción, narrativa, novelas (llamémoslo como queramos, porque son aquellos textos cuyas frases llegan al fin de la línea) porque no consigue escribir poesía. Y António está equivocado: es un poeta. La poesía tiene la manía de ser perezosa, como los versos al no llegar al fin de la línea. Hubo un día que António se dejó tentar por la verdad: escribió No entres tan deprisa en esa noche oscura como un poema.

António es del Benfica. Pero todavía más del Sport Lisboa e Benfica. Jugó al hockeybc45be64-dec2-4b6a-9049-206345f2be95 patines durante años. Un escritor no está fuera del mundo: en su caso, lo es incluso dentro de la pista.

A António se le vuelve la mirada de niño cuando observa fotografías de antiguas glorias del Benfica, como José Águas. Porque eso le recuerda que los libros estaban todos por escribir y que antes tienen que escribirse. A todos nos gusta el futuro, principalmente, cuando recordamos el pasado.

António nunca tendrá un final triste porque nunca acabará: los libros de António existirán siempre. Hoy, únicamente vive para los libros. Y los libros viven para su vida porque así lo desea. Hay escritores que escriben para ellos al igual que hay escritores que escriben para otros. También hay escritores que solamente escriben. Como António.

António no sabe si cree en Dios. Pero si cree en los libros, que es más o menos lo mismo.

El día que rechacé a Lobo Antunes

na[en agosto de 2011 nada hacia pensar que acabaría siendo muy de Dom António. Como tantas otras veces me equivoqué, ya es costumbre. Aquí, el único día que me he arrepentido de devolver un libro]

Si he ido era porque hacía un calor menos espantoso que los otros días. Aún así, necesitaba más aire fresco. Según el mando a distancia del aire acondicionado -Mitsubishi- de una librería de la Rambla Nova, la temperatura estaba programada a unos heladores veintiún grados del ala. Estoy harto de sudar, más harto todavía del contraste de las temperaturas indoor/outdoor que sacude la ciudad. Harto.

Siempre que voy a la Renfe me viene a la imagen de aquellos que fuman un cigarro mientras esperan su tren pacientemente, alardeando del postureo. También, pienso y observo a aquellos que viven su realidad en silencio, aquellos que callan, esperan -del verbo esperar, primera conjugación- o quieren -del verbo querer-. Ambos verbos podrían ser sinónimos porque son tan frágiles que al mencionarlos en cualquier tiempo o conjugación producen escalofríos, pero no viene al caso. Continuar leyendo “El día que rechacé a Lobo Antunes”