O amor das coisas belas: libros y hermanos

250x[nueva entrega, la segunda, de la traducción de O amor das coisas belas (Ou pelo menos as cosas que eu consiero belas) escrito por Jorge Reis-Sá e ilustrado por Nicolau sobre António Lobo Antunes.]

António dijo un día que no quería ver su nombre en la portada de los libros. Que solamente apareciera el título o ni si quiera eso porque cada libro debería depender de las palabras que lo componen. A António le gusta mucho su nombre porque es el nombre de su abuelo. Y António quiere guardar su nombre en el recuerdo feliz que tiene del abuelo que ama.

António tuvo muchos hermanos. Tuvo, en pasado, porque así nombra la muerte de dos de ellos. João murió lentamente, con una enfermedad que ni siendo médico pudo curar. Pedro murió rápidamente y pese a tener dos hermanos médicos no pudieron tratarle. António no se lo perdona, porque los años que estudió medicina no sirvieron para traer la inmortalidad a sus hermanos. La muerte es imperdonable.

António nació para escribir, pero creció para ser médico. El padre de António era médico y su hermano João también. Nuno, otro hermano, también. Pero António era un médico diferente -o eso creía su padre- porque no curaba a las personas con yeso. La infelicidad la trataba con los libros. António era psiquiatra. Es lo mismo que un médico, solo que el quería curar a los demás con libros. ¿Curar la soledad? ¿El miedo? ¿El aburrimiento? ¿Curar la felicidad? Cada libro de António contiene la posología necesaria para todos los momentos de nuestra vida.

¿Sabes qué es la posología? Se irreverente, abre de nuevo el diccionario)

El día que rechacé a Lobo Antunes

na[en agosto de 2011 nada hacia pensar que acabaría siendo muy de Dom António. Como tantas otras veces me equivoqué, ya es costumbre. Aquí, el único día que me he arrepentido de devolver un libro]

Si he ido era porque hacía un calor menos espantoso que los otros días. Aún así, necesitaba más aire fresco. Según el mando a distancia del aire acondicionado -Mitsubishi- de una librería de la Rambla Nova, la temperatura estaba programada a unos heladores veintiún grados del ala. Estoy harto de sudar, más harto todavía del contraste de las temperaturas indoor/outdoor que sacude la ciudad. Harto.

Siempre que voy a la Renfe me viene a la imagen de aquellos que fuman un cigarro mientras esperan su tren pacientemente, alardeando del postureo. También, pienso y observo a aquellos que viven su realidad en silencio, aquellos que callan, esperan -del verbo esperar, primera conjugación- o quieren -del verbo querer-. Ambos verbos podrían ser sinónimos porque son tan frágiles que al mencionarlos en cualquier tiempo o conjugación producen escalofríos, pero no viene al caso. Sigue leyendo

O amor das coisas belas: infancia y Angola

ad20fd2d-bb3d-454a-8616-518027f514e3Era una vez un niño llamado António. António no tiene nombre, sino un verbo: escribir. Eran Antonio y sus hermanos. El era el mayor. Y el más irreverente. La literatura es irreverente, siempre.

António ya escribía novelas de dos páginas a los cuatro años. Juntaba las letras de forma tan diligente que se envolvía y desaparecía justo en medio de sus novelas.

(¿Sabes qué quiere decir diligentemente? Sé irreverente y no utilices internet: búscalo en el diccionario.) Sigue leyendo

Memoria de la enfermedad

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Cuando nos conocimos -Dios y yo- había pasado por un cáncer, hace siete años, y tenía que pasar las revisiones obligatorias. Cuando me hicieron un examen, tenía un tumor en cada uno de los pulmones. Diferentes el uno del otro. Me operaron. Tuve suerte al ser tratado por una persona excepcional que ya me había tratado del otro y que me dijo: “te voy ha hacer un tratamiento de quimioterapia que puede provocarte complicaciones, pero aún así te curarás.” La terapia fue muy, muy violenta. Fueron cuatro meses horribles en los que no me podía mover. Y, al mismo tiempo, extraordinarios. En la otra ocasión había hecho un tratamiento de quimioterapia oral y esta vez fue inyectada; en una sala muy grande del Hospital de Santa Maria, llena de gente, de todas las edades, muchachas de dieciocho años con pelucas, y una vez más me sorprendió la extraordinaria dignidad de las personas. No se escuchaba una sola queja, no había lágrimas… y estaban contentos de verme allí. Sigue leyendo

La elección de las mujeres

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“(…) Hay gente a la que le gusta hacer el amor y hay gente a la que le gusta hablar de cómo lo ha hecho: el placer de contárselo a los amigos es mucho mayor que el placer del acto en sí mismo. Los hombres somos muy infantiles, muy primarios en eso. No comprendo cómo las mujeres tienen paciencia con nosotros. Tengo tres hijas. Mi vida cambió con ellas. Mi respeto por las mujeres lo entendí con ellas. Las mujeres son más maduras que nosotros, más honestas con los sentimientos. En América un médico me dijo: «Los hombres quieren follar, las mujeres quieren amar». Es verdad. Dime un hombre que conozca el corazón de una mujer, son mucho más complejas. Los hombres creemos que hacemos conquistas, y no entendemos que hemos sido elegidos: son las mujeres quienes escogen. Pero son suficientemente maduras e inteligentes para hacerte creer que eres tú quien ha hecho la conquista.”

António Lobo Antunes

Nota: entrevista completa en la revista Quimera, junio 2015, número 379.

Son felices con ellas mismas

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[cuando sufro bloqueos creativos o me atosigo con las lecturas tomo el Libro de Crónicas y me dejo llevar, distraído, con una Portugal tan cercana como desconocida. Una mano digna de estrechar, creo…]

“Me sería muy difícil vivir con una mujer que no fuese portuguesa. Que no se quejase en la misma lengua que yo; que no hablase en la misma lengua; que no se irritase en la misma lengua. Nunca podría vivir con una extranjera. Le voy a contar algo íntimo, pero para acabar. Estuve en América, en Nueva York. Y las personas, allí, los sábados, se van a las discotecas, pero se van solos, hombres y mujeres, todos van solos. Las discotecas, además, suelen tener un cantante que imita, con frecuencia, a Sinatra. Esto ocurrió en Sigue leyendo

Egos y pudores

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“Cuando voy a una fiesta al pasar una hora ya me quiero ir; me parece estar perdiendo el tiempo. Pienso que estaría mejor en casa viendo un buen partido de fútbol o un buen combate de boxeo. Las cosas sociales me aburren porque coincido con escritores que hablan mal de otros escritores; suelen ser autores menores, claro, porque los escritores realmente buenos no son envidiosos.

(…) Aprendí a estar siempre agradecido a la gente; hoy lo estoy a quienes pierden conmigo su tiempo y su dinero. Se lo debo todo; me produce pavor la sensación de defraudar a quienes confían en mi obra.”

António Lobo Antunes