De las estrellas

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-Cuando mires al cielo, por la noche, como yo habitaré en una de ellas, como yo reiré en una de ellas, será para ti como si rieran todas las estrellas. ¡Tú tendrás estrellas que saben reír!

-Las gentes tienen estrellas que no son las mismas. Para unos, los que viajan, las estrellas son guías. Para otros, no son más que lucecitas. Para otros, que son sabios, son problemas. Para mi hombre de negocios eran oro. Pero todas esas estrellas no hablan. Tú tendrás estrellas como nadie las ha tenido.

-¿Qué quieres decir?

– Cuando mires al cielo, por la noche, como yo habitaré en una de ellas, como yo reiré en una de ellas, será para ti como si rieran todas las estrellas. ¡Tú tendrás estrellas que saben reír!

El Principito (1947)
Antoine de Saint-Exúpery

  • Postdata: tem que saber que os lábios são uma aliteração perfeita na monotonia dos dias…
  • Foto: cielo estrellado en la Garrotxa.

Faroles y estrellas

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Para daros una idea de las dimensiones de la Tierra os diré que antes de la invención de la electricidad se debía mantener, en el conjunto de seis continentes, un verdadero ejército de cuatrocientos sesenta y dos mil quinientos doce faroles.

Vistos desde lejos hacían un efecto espléndido. Los movimientos de este ejército estaban organizados como los de un ballet de ópera. Primero era el turno de los faroleros de Nueva Zelanda y Australia. Una vez alumbradas sus lamparillas se iban a dormir. Entonces entraban en el turno de la danza los faroleros de China y Siberia. Luego, también se escabullían entre los bastidores. Entonces era el momento de los faroleros de Rusia y las Indias. Luego los de África y Europa. Luego los de América del Sur. Luego los de América del Norte. Y nunca se equivocaban en el orden de entrada en escena. Era grandioso.

Solamente el farolero del único farol del Polo Norte y su colega del único farol del Polo Sur llevaban una vida ociosa e indiferente: trabajaban dos veces al año.

El principito, Antonie de Saint-Exupéry

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Ha llegado el frío y el horizonte anaranjado del sol lejano en la madrugada, no maquilla para nada el espectáculo: mientras retiro el papel de plata de la chocolatina de la merienda voy contando las estrellas que van colgando del cielo. Como si fuera una instalación eléctrica con bombillas de bajo consumo veo como van iluminándose e irradiando la oscuridad: primero las más grandes, luego las más pequeñas y por último las que son casi inapreciables a no ser que uno se fije demasiado. Estoy minutos contándolas, uniendo puntos blancos de un lado a otro del cielo abarcado por mi mirada. Entra en mí la exigencia de compartir el momento y descifrar cada sensación arraigada en los poros de mi piel: bajo la cárcel de estrellas uno se siente imparable.