Adicciones lectoras

“Si lees, cabe la posibilidad de que te despistes a menudo y se te dibuje en la boca una sonrisilla que muchos pueden calificar de tonta. Algunos pensarán que has esnifado pegamento o bebido más de la cuenta. Lo cierto es que leer no es más barato que consumir ciertas drogas y que también genera adicción. Cuidado. Te darás cuenta de ellos cuando leas Los paraísos artificiales de Baudelaire, La pipa de kif de Valle-Inclán o Yonqui de William Burroughs”.

Razones para no leer
Marta Sanz

Nota: edición conmemorativa del Día del Libro del año 2019, editado conjuntamente por las editoriales La Moderna, Delirio y La Uña Rota y las librerías de La Conspiración de la Pólvora: Intempestivos (Segovia), Letras Corsarias (Salamanca) y La Puerta de Tannhäusser (Plasencia). Ilustraciones a cargo del genial Alfonso Zapico.

Un tercer lenguaje

Anne Carson

“La traducción y la creación proclaman la existencia de un lenguaje sagrado. No estoy segura de creer en algo así, pero por mi formación como clasicista siempre he tenido que leer textos bilingües, en los que los dos idiomas aparecen en páginas enfrentadas. En mi opinión, la verdad no está en ninguno de los dos sino en el espacio que media entre ellos, constituyendo un tercer lenguaje”.

Anne Carson

Añoranza de Ireneia

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“(…) ¿Qué ha sido de ti, Ireneia? Me dicen que has engordado pero no me lo creo, que el señor Geraldo ha muerto, que tu madre ha muerto, que vives en el sótano de la calle del colegio casada con un empleado de la compañía de teléfonos, que sufres de las arterias, que no has vuelto nunca más a patinar en el Académico, pero no puede ser. Mañana por la tarde iré a la pista a verte porque estoy seguro de que, a pesar de haber cumplido los treinta, todavía tienes el pelo rubio, Ireneia, todavía tienes aquella faldita verde muy corta, todavía giras y giras y giras con los brazos levantados y por encima de la cabeza, y cuando la música acabe y te curves en una reverencia sin mirar a nadie, si por casualidad reparas en alguien en la gradería que te aplaude que sepas que soy yo. No he cambiado mucho. Claro que estoy más viejo, pero soy yo. Aquel muchacho tartamudo con un defecto en el labio, que nunca tuvo el valor de sonreírte, nunca tuvo el valor de decirte hola. El sobrino de doña Lúcia, de quien doña Lúcia aseguraba que no iría muy lejos debido a sus pies planos y a aquel defecto en el habla. Realmente no he ido muy lejos pero sigo yendo a la pista de patinaje los domingo con la esperanza de verte girar y girar y girar y sentirme feliz. Me gustaría que un día aparecieses, Ireneia: es que a veces es un poco triste aplaudir una pista vacía”.

Libro de crónicas
António Lobo Antunes

La Fiesta de la Democracia

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Retiro la propaganda electoral -enviada por partida doble- del buzón. Mezclo todo, junto: corto. Más bien rompo.

En la radio anuncian la apertura de los colegios electorales. Me llevo el transistor a la ducha; abro el grifo y dejo que se caldee el agua. Subo el volumen. Como respuesta a mi osadía -son las nueve y tres minutos de un domingo, por muy electoral que sea-. el vecino del tercero izquierda desplaza hacia el patio de luces un altavoz donde resuena a las barricadas. Mientras tarareo la sinfonía, mi esponja arrastra de mi piel células muertas, algún que otro rastro de virus, sangre seca…

Salgo desnudo del cuarto de baño: decido secarme al natural, gracias al frescor primaveral que tiene de especial una jornada democrática. Desayuno, desnudo también, un café solo con un suspiro de azúcar. Y después me visto: camiseta negra, pantalones vaqueros. Me encinto el cinturón que recuperamos de la casa familiar, huérfano de dueños. Calcetines azul pastel. No encuentro los calzoncillos. Tampoco las zapatillas de deporte. Procedo a reciclar para usar hoy la ropa interior íntima de ayer sábado y del zapatero encuentro unas Converse con más festivales que pasos en las suelas.

Móvil. Llave. Salgo de casa. Como siempre, he vuelto a dejarme la cartera. Vuelvo a casa. Está encima de la mesa del comedor. No: en la cocina, al lado de la nevera. Reviso que tenga dinero -cinco euros, tres cañas-. Ahora sí: salgo definitivamente por una calle resbaladiza por culpa de la gramínea del palmeral colindante y un minuto y medio más tarde llego a mi punto de votación. En poco más de trecientos metros casi atropellan a un anciano, una pareja discutía acaloradamente delante de su hija y el conductor de un Opel Calibra tuneado ha realizado un combo: saltarse un semáforo en rojo mientras tiraba una lata de cerveza. Obviamente, habrías recriminado, si estuvieras, todos estos comportamientos punibles.

Ya en el colegio: sobre azul cerrado, sobre naranja, también. Me detengo ante mi mesa electoral y abro la cartera: no está el DNI. Busco en los tarjeteros y tampoco; seguramente me lo haya dejado en el coche digo despidiéndome y marcho ligero. Y en la vuelta de la esquina, tras salir del colegio electoral, veo al imbécil del Opel Calibra aparcando en batería; a la pareja que discutía besándose apasionadamente mientras su hijita sostiene un globo ,y al anciano sentado en un banco, cogiendo aire y revisando su papeleta antes de entrar a votar. Giro hacia casa, estoy en el portal: recuerdo que mi DNI está entre la ropa recogida del tendedero que nunca plancharé. Entro en el apartamento y recuerdo también, que tengo que hacer la lista de la compra (huevos, pienso para el gato, leche, carne, aceite). Que tengo que ir al cementerio a cambiarte el agua de las flores, o las flores si están marchitas. Debería limpiar también los portafotos de una vez. Todo con amor, demostrándome una vez más que para mí no existe la ley de dependencia. Que no puedo ni sé vivir sin ti.

Una metrópolis pobre

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“(…) El mundo, la belleza, la serenidad y el aire fresco sacrificados en aras de una masa de hojalata prensada como un motor de combustión en su interior. Talaron árboles majestuosos «porque constituían un peligro para los rayos» y, cuando alguien cuestionó la decisión, la respuesta llegó de un ente anónimo llamado «el portavoz ha dicho». Allí, en la seguridad de su capullo burocrático, había nacido el nuevo vandalismo de la autoridad, el poder sin conciencia ni gusto; y lo que pasaba con Belfast sucedía en otras ciudades, y, por lo que se veía, seguiría así como siempre jamás. Esta metrópolis estaba habitada por muchos ciudadanos. La mayoría pobres, y con un lastre adicional: ser pobre cuesta hoy más que nunca.”

Mala pinta
Spike Milligan

Huir de la residencia

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“(…) De muy mal humor, mi madre irrumpió en la sala de consultas y se sometió a una larga entrevista con un médico residente, joven, chileno y circunspecto, que no sabía nada del pasado militante y del estatus de escritora de mi madre. Esa ignorancia podía jugar a nuestro favor, vaticinamos mi hermano y yo. Error. Después de la entrevista, el médico nos convocó en un despacho digno de los servicios de inteligencia albaneses. Con gravedad de oncólogo, manifestó su desconcierto por el relato de mi madre. “No es normal que una persona solo hable de la guerra civil, del exilio y de Praga”, diagnosticó como si fueran los síntomas de una nueva y fantasiosa variante de demencia. Si no hubiéramos estado tan asustados, mi hermano y yo habríamos compartido una sonrisa de melancólica comprensión. En un tono más pausado que el del médico, le dijimos que asumíamos toda la responsabilidad -si era necesario, por escrito- pero que, teniendo en cuenta que el diagnóstico no era concluyente, no autorizábamos la sugerencia de tenerla unos días en observación ni ningún tratamiento experimental. Por desgracia, los incidentes se fueron repitiendo a este nivel de insubordinaciones caricaturescas hasta que mi cuñada y mi hermano, que viven en Granada, se ofrecieron para acogerla y poner fin a la dictadura del “no quiero ser una carga”. En una operación en la que participé en calidad de coautor intelectual y productor ejecutivo, ideamos una especie de secuestro neorrealista. A ella la idea de cambiar de aires le atraía hasta que le dejaba de atraer. Y como sus cambios de humor eran discreccionales, era necesario interpretarlos como la confirmación de una necesidad: escapar de aquella residencia cuanto antes. Breve informe de la operación: me encargué de contratar un taxi lo suficientemente espacioso para encajarla con la silla de ruedas en la parte de atrás y mentalicé al taxista que debía llevarnos al aeropuerto (que era clavado a Alberto Sordi) para que, ante una hipotética escena de histerismo, mantuvieses una sangre fría escandinava. Y mi hermano supo mostrarse heroicamente sereno incluso en los momentos en que el pánico estaba a punto de paralizarnos y sabotear la operatividad del comando (…)”

El arte de llevar gabardina
Sergi Pàmies

La madre de Simic y el cielo

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[Barcelona, sobrino, hermano y cuñada. Guillem ha mordido dos veces mi vientre: una  vez por cada mes que no he ido a visitarle. No puede volver a repetirse o el pequeño Coyote de Diagonal Mar atacará con más fuerza. He visto las estrellas. Cosa de los dientes de leche: caducos, pero afilados…]

“Después de observar con atención el cielo a través de un telescopio del planetario, mi madre llegó a la siguiente conclusión: «¡La creación entera es un absurdo! Una bufonada».

Las grandes cifras le daban dolor de cabeza. para ella, el tópico de que el universo es infinito no era una aseveración trágica, sino cómica.

A mí también me complace toda esa locura. Por lo que a mí respecta, el cielo plagado de estrellas es el paraíso del incrédulo”.

La vida de las imágenes. Prosa selecta
Charles Simic

Nota: escrito para el libro de Linda Connor On the Music of the Spheres, edición limitada, con fotografías del cielo nocturno, publicada por el Museo Whitney en 1996 (pág. 143)