La madre de Simic y el cielo

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[Barcelona, sobrino, hermano y cuñada. Guillem ha mordido dos veces mi vientre: una  vez por cada mes que no he ido a visitarle. No puede volver a repetirse o el pequeño Coyote de Diagonal Mar atacará con más fuerza. He visto las estrellas. Cosa de los dientes de leche: caducos, pero afilados…]

“Después de observar con atención el cielo a través de un telescopio del planetario, mi madre llegó a la siguiente conclusión: «¡La creación entera es un absurdo! Una bufonada».

Las grandes cifras le daban dolor de cabeza. para ella, el tópico de que el universo es infinito no era una aseveración trágica, sino cómica.

A mí también me complace toda esa locura. Por lo que a mí respecta, el cielo plagado de estrellas es el paraíso del incrédulo”.

La vida de las imágenes. Prosa selecta
Charles Simic

Nota: escrito para el libro de Linda Connor On the Music of the Spheres, edición limitada, con fotografías del cielo nocturno, publicada por el Museo Whitney en 1996 (pág. 143)

 

Algo que nunca se olvida

ALA

[acabando la traducción. Estoy demasiado cansado para escribir, pero es domingo (por ayer) y algo crece en mí: la inquietud fiera y animal que debe crecer, supongo, en los hombres asilvestrados]

«(…) Ahora estás frente a tu tía. Nadie puede ayudarla, nadie puede ayudarte. Ayer almorzaste en el jardín del Príncipe Real y una paloma, al alzar el vuelo, rozó tu cabeza y te despeinó. Nunca te había ocurrido eso y el hecho de que la paloma te rozase te dejó intrigado. Sentirste sus patas en la frente, las alas. Un antiguo paciente tuyo del hospital, al que ves a veces vendiendo décimos de lotería, ayudaba al empleado que recogía las hojas. Unas extranjeras demasiado blancas te sonreían cohibidas. El sitio donde internaron a tu tía ni siquiera muy lejos. Quien se encuentra lejos eres tú: tienes nueve años y entras en la maternidad donde ella acaba de parir su primer bebé y te hace una caricia en el pelo. De eso te acuerdas. Ocurra lo que ocurra, de eso habrás de acordarte siempre».

Segundo libro de crónicas
António Lobo Antunes

Menú del día

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“(…) Sobra decir que nos conocíamos todos de sobra. Y lo mejor y más importante: se comía abundante, sabroso y barato. Menú de la casa. Jamás de los jamases, en los años en que comí allí cinco días a la semana, escuché a nadie demandar la carta. Las especialidades, escritas con tiza en renglones torcidos hacia abajo, se anunciaban en un cartel de pizarra junto a la puerta. Cuando llovía era casi imposible leerlas, pero tampoco es que hiciera falta. De hecho, no las leíamos. Para qué, si nos sabíamos de memoria lo que había de sustento según el día de la semana que fuera, tanto el primer plato como el segundo, a saber: lunes, judías (pintas o blancas, a capricho de la patrona) con chorizo y calamares rebozados; martes, arroz a la cubana y pollo frito; miércoles, lentejas y boquerones; jueves, cocido, plato único; viernes sopa de fideos (del caldo del cocido) y chuleta de palo… Postres también había nada más que tres, igual que los aperitivos: fruta del día (si plátano, plátano; si manzana, manzana; si naranja, naranja), flan casero y arroz con leche con un pequeño susto de canela por encima y un par de colines en el dulce mejunje dando el pego de barquillos.

A mí el arroz con leche, sin colines, me gustaba tanto que lo pedía todos los días, martes incluidos. Arroz con arroz, comidas de tontos, sí, ya lo sé; ¿qué pasa? (…)”

Álbum de sombras
Elías Moro

De nuevo

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“Inicié la redacción con grandes bríos y con la buena sensación de que no se iba a interrumpir. Sin embargo, en la frase “Llegamos a una ciudad en la que las mujeres debieron de llevar bigote”, quedé dudando si no sería mejor la fórmula “dejarse bigote” o quizá incluso “lucir bigote” y perdí los bríos, la fuerza creativa y la esperanza de conseguir el relato definitivo, el que me llevara a ganar el Premio Manzana Dorada y Guacamoles. Un tipo boludo, de esos que uno desea humillar con expresiones como “Deja de esconderte detrás de la ironía“, estaba, en su labor agrimensora, delimitando el espacio que ocuparan esos pelos en el cadáver reciente de una viuda rica, y al tiempo que sonreía, farfullaba: “Véase lámina de chimpancé en la Biblioteca Universalis.” Regresé pronto a casa. Ya nada me retenía en la Feria de la Literatura. Abrí el armario del cuarto de los niños y guardé, junto a las cañas de pescar canguingos, los útiles de escritura. Luego saqué el arma de la caja de los sellos. He vuelto a fracasar, pensé, mientras me pegaba un tiro.”

Besos humanos
Francisco Ferrer Lerín

Mentiras de altura

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Viajé a Badajoz desde Barcelona el pasado jueves en un avión que iba hasta los topes -sucede siempre que hay una cadena de días festivos, el resto de jornadas siempre vuela medio vacío-. Después de dos horas de retraso, aguantando las quejas airadas y sinsentido de un grupo de señoritos camperos extremeños, me senté en mi asiento 3G, ventanilla. En las dos primeras filas viajaban un par de matrimonios mayores. La encargada de repartir la bebida de cortesía preguntó de dónde venían, poniéndose eufórica al saber que se dirigían a La Siberia extremeña como lugar donde iban a pasar el fin de semana, aderezando la explicación de los matrimonios con exclamaciones de alegría, diciendo dudosas verdades sobre la zona. Cuando llegó a mi lugar con su trolley quise saber si había pisado alguna vez la comarca en cuestión, respondiéndome que ninguna. Me inquirió, algo punzante por mi salida, y porque estaba aburrida de retrasos y escalas, si también iba de vacaciones por Extremadura o bien viajaba por motivos de trabajo. Me quité las gafas, froté mis ojos y le dije que mataba a personas a cuenta de terceros; dicho lo cual se puso muy contenta y manifestó que era un trabajo muy bonito y desagradecido. Me preparó el combinado que había pedido en carta y prosiguió con su rutina alegremente.

Cuando iba a bajar del avión ella estaba en la puerta: me aguantó la mirada como nadie antes había hecho. Aquel embarazoso momento en que descubren tu coartada.

La peluquera

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“(…) Y él llegó, ni me saludó: fue a la cocina, cogió una cuchara de madera y se puso a analizar el puré de patatas. Parece mentira pero lo que desencadenó su muerte fue la consistencia del puré de patatas. Dijo que estaba líquido y que yo lo había hecho a propósito porque sabía que le gustaba el puré bien sólido. Avanzó hacia mí con la cuchara de madera en la mano, me acuerdo que lo vi entrar en el salón, a cámara lenta, con los ojos llameando de odio. Me acuerdo que sentí correr furiosamente toda la sangre de mi cuerpo hacia mi cerebro, y un valor extraño, una voluntad de acción imperiosa empezó a apoderarse de mí. Me acuerdo que miré la tijera con que estaba cortando las puntas de los lazos de los regalos de Navidad y de verla brillar en la oscuridad. Sí, de repente se puso todo oscuro y únicamente esa tijera, una tijera de lo más corriente, como esta que uso para cortar el pelo, centelleaba en medio de la oscuridad. Me dijeron más tarde que se la clavé en el cuerpo veintinueve veces. Eso, además, agravó mi condena; parece que si se la hubiera clavado una o dos veces en el corazón, eso querría decir que yo no era una persona mala, habría sido una cosa repentina, inexplicable, que le puede suceder a cualquiera. Así, parece que fue un acto premeditado, una cosa intencionadamente cruel. No me acuerdo de haber contado los golpes. Es más, no me acuerdo de nada. Pero me pareció gracioso cuando el policía los contó y me dijo que eran veintinueve: exactamente mi edad. Me pareció gracioso y sonreí, pero no fue por maldad. Y no: nunca he sido una persona de hacer las cosas con intención, por maldad. Ni mentí nunca ni intenté huir, nada de eso. Nunca he sido una persona airada, siempre me enseñaron que la ira no lleva a ninguna parte (…)”

Inês Pedrosa

[publicado en la revista Turia, num. 116. Traducción de Eloísa Álvarez]

Humildad

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Humildad (nom c.f)

1. En literatura, carencia agudizada con el innato repunte del ego. Déficit generalizado en un porcentaje de poetas, movimientos y quizá editores que creen ser más que una hoja de publicidad o un brindis al sol.

2. Veneno de los divos.

Sinónimos: cofosis, victimismo.