El prostíbulo

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[no vengan los oportunistas con segundas: no ha lugar, malpensaos. Yo soy fan de Elena Román, en las temáticas, géneros y formas que toquen…]

“La puerta del prostíbulo está acolchada; dos farolillos rojos la iluminan hasta el amanecer, cuando son relevados por el sol. Hombres con rasgo de sombrero llaman y preguntan por la prostituta más guapa, pero esta siempre está ocupada en otra habitación, con otro hombre. Las mujeres que habitan el lupanar saben escuchar con las piernas. El sexo no lleva IVA pero desgrava. El olor que impregna incluso la música recuerda al del interior de las colmenas.”

Ciudad girándose
Elena Román

(Algunas de) Las verdaderas aventuras de la jaula de Kafka

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(Baltazar lee a Simic de la misma forma que come calcetines: con fruición.)

Abatido a causa de la muerte de Isolda, su querida canaria, el tenor de ópera Arturo Balderachi, oriundo de Pisa, en un ataque de furia arrojó la jaula por la ventana en dirección a la famosa torre inclinada.

smicUna jaula desaliáada ha recibido siete sanciones en el último mes por mendigar pájaros en la ciudad de Nueva York.

Demasiado pobres como para comprarle un pájaro, los padres del pequeño Alfred Krauss le regalaron por Navidad una jaula vacía con el recortable de un loro y lo instruyeron para que todas las noches antes de irse a dormir lo alimentase con migas de pastel de ángel.

Creyendo que una jaula volcada en el Sena contenía un par de periquitos, Teophile, un compasivo huérfano de visita en París llegado desde Lunéville, saltó para rescatarla, pero, al no saber nada, se ahogó antes de que pudieran rescatarlo.

La jaula se siente sola. Por la noche se acaricia a sí misma con una pluma y llora hasta quedarse dormida.


Nota: cada párrafo es una aventura.

[algunas de Las verdaderas aventuras de la jaula de Kafka, escritas por Charles Simic y publicadas en castellano en La vida de las imágenes. Prosa selecta (Vaso Roto, 2017)]

El esfuerzo o la recompensa

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“(…) Y tienes un secreto, lo sé. A veces juegas, lo sé. Te escondes, vienes vas, me dejas solo, me olvidas por otros. Pero es raro, sabes, últimamente cuando me miro al espejo ya no pienso en mí. Últimamente cuando me haces daño ya no te odio. Será cierto que, como dice el maestro, el amor es concederle más importancia al esfuerzo que a la recompensa. Será cierto. Lo que sí sé con seguridad, lo que no puedo obviar, es que contigo me basta con sentirme feliz, aunque no me folles, aunque yo te haría el amor a todas horas; es que contigo me basta con tocarte la mano para sentir que te lo he hecho diez veces, o verte a lo lejos en las calles de esta ciudad podrida para comprender que nada, ni siquiera el cielo, merece tanto la pena ser amado. Cuántos dedos te han surcado, de quiénes fueron, cuántos te surcarán, y por qué cuando te veo desnuda sigues siendo nueva.”

Yo mataré monstruos por ti
Víctor Balcells Matas

[extraído del relato Bookends]

Ciudad girándose, de Elena Román

978-84-16320-67-7_44457704.jpgCuando acabé de leer Ciudad girándose (Baile del Sol, 2015) recordé rápidamente el lugar donde Elena Román me ofreció dedicado el ejemplar: en un kiosco en la Alameda de Cervantes de Soria: en medio del espacio por antonomasia de la ciudadanía española: en un bar. Con sus cañas -o vermús- y sus torreznos.

Ciudad girándose es un compendio de microrrelatos poéticos, que ironizan en la observación del papel de la ciudad: al estilo de un tablero de ajedrez donde cada una de las casillas tiene una función destacada, desde el zoo (de donde saco una de mis partes favoritas del libro: “El elefante es el encargado de declarar, cada amanecer, qué tiempo hace, independientemente del tiempo que haga”) hasta la escuela, pasando por una relojería sin olvidarnos de las viviendas de protección oficial. Elena Román ha dado cabida a todos los espacios imaginables en una urbe, creando un universo ácido pero38656918_10217057015276018_8745543473337204736_n necesario, encaminándose al retrato en algunas situaciones y poniendo alguna que otra picaresca entre ellas -aquí, hago mía la imagen de aquellos pirómanos que atentan con gatos en temporadas húmedas-.

Una imagen de una ciudad sacudiéndose, desmelenándose si cabe, en medio de la rutina. Un libro desenfadado que ofrece a la par la sonrisa fácil e inteligente pero también un escenario crítico a partir de realidades (sí, realidades) en una ciudad imaginaria donde cuesta creer que nada no sea  real.

Postdata: repitan conmigo: somos fans de Elena Román. También está dándolo muy fuerte con ¿Qué hacer con Freud además de matar a Freud? (Liliputenses, 2018)

Foto: de Olga Ayuso

Memoria de la enfermedad

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Cuando nos conocimos -Dios y yo- había pasado por un cáncer, hace siete años, y tenía que pasar las revisiones obligatorias. Cuando me hicieron un examen, tenía un tumor en cada uno de los pulmones. Diferentes el uno del otro. Me operaron. Tuve suerte al ser tratado por una persona excepcional que ya me había tratado del otro y que me dijo: “te voy ha hacer un tratamiento de quimioterapia que puede provocarte complicaciones, pero aún así te curarás.” La terapia fue muy, muy violenta. Fueron cuatro meses horribles en los que no me podía mover. Y, al mismo tiempo, extraordinarios. En la otra ocasión había hecho un tratamiento de quimioterapia oral y esta vez fue inyectada; en una sala muy grande del Hospital de Santa Maria, llena de gente, de todas las edades, muchachas de dieciocho años con pelucas, y una vez más me sorprendió la extraordinaria dignidad de las personas. No se escuchaba una sola queja, no había lágrimas… y estaban contentos de verme allí. Sigue leyendo

Insultos

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Insultos
Mangurrián, cafre, meapilas, abrazafarolas, vendeburras, gañán, pordiosero, mentecato…

[insultos que al ser mascados dejan un regusto añejo en la boca con toques de nostalgia…]

Triángulo Gmail

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[a las aves necrófagas les atrae más el calor por aquello de que favorece la descomposición. Pero a mí me tira más el calor porque es el momento de leer con calma a Ferrer Lerín]

A descubre el blog de B.
A investiga quién es realmente B.
A escribe a B.
B pregunta a A quién es.
A se niega a decirlo.
B acepta una relación electrónica con A pese a hallarse en desventaja.
C conoce, dada su labor de vigilancia y protección de B, la relación entre A y B.
C sabe quién es A pero no se lo comunica a B.
B informa a A de la existencia y del papel de C
A llora al ver que la confidencialidad del correo con B ha sido violada.
A dinamita la relación y los proyectos comunes con B.
B muere de pena.

Besos humanos
Francisco Ferrer Lerín