Mentiras de altura

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Viajé a Badajoz desde Barcelona el pasado jueves en un avión que iba hasta los topes -sucede siempre que hay una cadena de días festivos, el resto de jornadas siempre vuela medio vacío-. Después de dos horas de retraso, aguantando las quejas airadas y sinsentido de un grupo de señoritos camperos extremeños, me senté en mi asiento 3G, ventanilla. En las dos primeras filas viajaban un par de matrimonios mayores. La encargada de repartir la bebida de cortesía preguntó de dónde venían, poniéndose eufórica al saber que se dirigían a La Siberia extremeña como lugar donde iban a pasar el fin de semana, aderezando la explicación de los matrimonios con exclamaciones de alegría, diciendo dudosas verdades sobre la zona. Cuando llegó a mi lugar con su trolley quise saber si había pisado alguna vez la comarca en cuestión, respondiéndome que ninguna. Me inquirió, algo punzante por mi salida, y porque estaba aburrida de retrasos y escalas, si también iba de vacaciones por Extremadura o bien viajaba por motivos de trabajo. Me quité las gafas, froté mis ojos y le dije que mataba a personas a cuenta de terceros; dicho lo cual se puso muy contenta y manifestó que era un trabajo muy bonito y desagradecido. Me preparó el combinado que había pedido en carta y prosiguió con su rutina alegremente.

Cuando iba a bajar del avión ella estaba en la puerta: me aguantó la mirada como nadie antes había hecho. Aquel embarazoso momento en que descubren tu coartada.

La peluquera

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“(…) Y él llegó, ni me saludó: fue a la cocina, cogió una cuchara de madera y se puso a analizar el puré de patatas. Parece mentira pero lo que desencadenó su muerte fue la consistencia del puré de patatas. Dijo que estaba líquido y que yo lo había hecho a propósito porque sabía que le gustaba el puré bien sólido. Avanzó hacia mí con la cuchara de madera en la mano, me acuerdo que lo vi entrar en el salón, a cámara lenta, con los ojos llameando de odio. Me acuerdo que sentí correr furiosamente toda la sangre de mi cuerpo hacia mi cerebro, y un valor extraño, una voluntad de acción imperiosa empezó a apoderarse de mí. Me acuerdo que miré la tijera con que estaba cortando las puntas de los lazos de los regalos de Navidad y de verla brillar en la oscuridad. Sí, de repente se puso todo oscuro y únicamente esa tijera, una tijera de lo más corriente, como esta que uso para cortar el pelo, centelleaba en medio de la oscuridad. Me dijeron más tarde que se la clavé en el cuerpo veintinueve veces. Eso, además, agravó mi condena; parece que si se la hubiera clavado una o dos veces en el corazón, eso querría decir que yo no era una persona mala, habría sido una cosa repentina, inexplicable, que le puede suceder a cualquiera. Así, parece que fue un acto premeditado, una cosa intencionadamente cruel. No me acuerdo de haber contado los golpes. Es más, no me acuerdo de nada. Pero me pareció gracioso cuando el policía los contó y me dijo que eran veintinueve: exactamente mi edad. Me pareció gracioso y sonreí, pero no fue por maldad. Y no: nunca he sido una persona de hacer las cosas con intención, por maldad. Ni mentí nunca ni intenté huir, nada de eso. Nunca he sido una persona airada, siempre me enseñaron que la ira no lleva a ninguna parte (…)”

Inês Pedrosa

[publicado en la revista Turia, num. 116. Traducción de Eloísa Álvarez]

Humildad

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Humildad (nom c.f)

1. En literatura, carencia agudizada con el innato repunte del ego. Déficit generalizado en un porcentaje de poetas, movimientos y quizá editores que creen ser más que una hoja de publicidad o un brindis al sol.

2. Veneno de los divos.

Sinónimos: cofosis, victimismo.

 

Contrabando sobre ruedas

d29d616598d85cdb5807cdbed895e763--riding-bikes-vintage-bicycles“Todavía cuentan la historia los viejos de a raia.

Un vecino mayor cruzaba a diario la frontera entre Galicia y Portugal en bicicleta, cargando siempre un saco al hombro. Cada vez que atravesaba a raia, la Guardia Civil le daba el alto y le preguntaba qué llevaba en el saco. El hombre, paciente y educado, mostraba siempre el contenido: “es solo carbón”, explicaba. Y los agentes, mosqueados, lo dejaban pasar. En el otro lado se repetía la escena: la Guardia de Finanzas portuguesa (conocidos por los vecinos como guardinhas) también registraba el saco del hombre y lo dejaban seguir pedaleando. La misma escena se repitió durante años ante el malestar creciente de los guardias fronterizos. No solo eran incapaces de encontrarle material de contrabando, sino que en cada nueva pesquisa se manchaban el uniforme de carbón. Como en el cuento de Poe, en el que la Policía registra minuciosamente una casa en busca de una carta que ha estado todo el tiempo en primer plano, el secreto del hombre de a raia estuvo todos esos años a la vista.

Era un contrabandista de bicicletas.”

Fariña
Nacho Carretero

Estar fuera de tiempo

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“(…) Estar fuera del tiempo, dijo Austerlitz, que para las zonas atrasadas y olvidadas de nuestro propio país era posible hasta hace poco, casi lo mismo que en los continentes por descubrir de ultramar, sigue siendo hoy posible como antes, incluso en una metrópolis regida por el tiempo como es Londres. Efectivamente, los muertos estaban fuera del tiempo, los moribundos y los muchos enfermos que están en su casa o en los hospitales, y no sólo ellos, bastaba cierto grado de infortunio personal para cortarnos de todo pasado y futuro. Realmente, dijo Austerlitz, nunca he tenido reloj, ni un péndulo, ni un despertador, ni un reloj de bolsillo, ni, mucho menos, un reloj de pulsera. Un reloj me ha parecido siempre algo ridículo, algo esencialmente falaz, quizá porque, por un impulso interior que nunca he comprendido, me he opuesto siempre al poder del tiempo, excluyéndome de la llamada actualidad, con la esperanza, como hoy pienso, dijo Austerlitz, de que el tiempo no pasara, no haya pasado, de forma que podría correr tras él, de que todo fuera como antes o, mejor dicho, de que todos los momentos de tiempo coexistieran simultáneamente, o más bien de que nada de lo que la historia cuenta fuera cierto, lo sucedido no hubiera sucedido aún, sino que sucederá sólo en el momento en que pensemos en ello, lo que, naturalmente, abre por otra parte la desoladora perspectiva de una miseria continua y un dolor que nunca cese.”

Austerlitz
W. G. Sebald

[¿soy yo o es resultón el parecido de Sebald con Erri de Luca?]

Una ‘microficción’ en 9.99

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El lunes día cinco, anteayer, publicaron en la revinstagram guatemalteca 9.99 una pieza titulada La virtud del asesino, que tenía guardada por la gaveta del escritorio. En la presentación están por orden las capturas del texto publicado.

Clicando aquí podréis entrar en el resto de contenido de la publicación.

El poeta solo se hunde

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“Un poeta se pierde en una ciudad al borde del colapso, el poeta no tiene dinero, ni amigos, ni nadie a quien acudir. Además, naturalmente, no tiene intención ni ganas de acudir a nadie. Durante varios días vaga por la ciudad o por el país, sin comer o comiendo desperdicios. Ya ni siquiera escribe. O escribe con la mente, es decir delira. Todo hace indicar que su muerte es inminente. Su desaparición, radical, la prefigura. Y sin embargo, dicho poeta no muere. ¿Cómo se salva? […] la verdad es que ya no me acuerdo, pero pierda cuidado, el poeta no muere, se hunde, pero no muere”.

Los detectives salvajes
Roberto Bolaño

[he tenido mis más y mis menos  en el título con la tilde de la discordia]