5E – Perspectivas lisboetas

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1. Cuando uno sale de Lisboa o la observa desde cierta perspectiva cree que un antiguo Dios Creador borracho decidió tirar casas, colinas y empedrados por doquier, sin reparar en el absurdo o en el caos de carreteras que a diario se embozan de mañana y de noche, curvas peraltadas o monumentos/infraestructuras que aguantan porque tienen que aguantar sin más motivación que no crear un pitote tan grave como fueron los tsunamis, terremotos e incendios padecidos por Olissipo a lo largo de su historia. Lisboa aguanta porque entre tanta chancleta roñosa, pánfilo de turno y abrazafarolas de despedida de soltera hay un reducto que quiere sus secretos decadentes y blancos, puros. Sin ser revelados salvo por la sorpresa de aquel que tropieza con una joya sin querer y encima se disculpa. Continuar leyendo “5E – Perspectivas lisboetas”

5C – En la Coleção Berardo

 

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Adoptamos la intención de madrugar: ocho y media hora portuguesa… pero cuando uno tiene la etiqueta adquirida de cafetero resulta poco más o menos imposible quitársela de encima. Tampoco la lluvia gruesa, en este caso, abandonó el día. En un desfile de húmedos grises nos dirigimos a Algés -el Barrio de las Embajadas según Leonor- para tomar un café con unos conocidos. La estructura residencial del barrio es el contrapunto al estilo decadente pero elegante de Lisboa: la antigua Olíssipo reune una decadencia pausada; reformada y mantenida con encanto, la tranquilidad y el trato amable de quienes saben que su saber estar es la mejor tarjeta de bienvenida. Continúo: después de un galão y una sobremesa politicosindical llena de carácter y curiosidad recogemos nuestro camino hacia detenernos en la Coleção Berardo en Belém. El museo acoge una colección Continuar leyendo “5C – En la Coleção Berardo”

5B – Páginas de lluvia

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En algo se parecía la cafetería de Largo do Calvário con La Cubana de Badajoz: en sus estantes de madera, en sus dulces -no en su café Camelo, pero sí en su atención-. Desde su terraza uno podía ver a Lisboa hidratándose por la lluvia, a los vetustos y románticos tranvías tomando oligofrénicos para mantener la cordura sobre raíles y catenarias adentrándose a lo largo de la Avenida de Brasilia hasta llegar a Cais do Sodré, acariciando el Mercado da Ribeira, uniendo en él los dos conceptos de mercado que actualmente conviven hasta que el nuevo se zampe al otro, unos lo llamarán progreso otros ley de vida en el capitalismo. Comprar en da Ribeira se ha convertido en una experiencia agotadora para el bolsillo; los puestos de toda la vida suben el precio ante el coste obvio de la vida y la materia, y también por el reclamo del nuevo mercado fresycool Timeoutiano. Lo bueno es que todavía conserva algo de sus entrañas y esqueleto,  no ha sido operado salvajemente como ha sido esquilmada la personalidad de Continuar leyendo “5B – Páginas de lluvia”

5A – Senhor Medina

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Puede parecer un poco osado a mil kilómetros de su ciudad, de donde usted capea, sea buena idea hablarle. Pero como sabio de la teoría científica de la que usted que es fiel y arraigado a los postulados económicos no le cuesta asociar su lema electoral con ésta entrada: Lisboa precisa de todos. Entienda usted que asuma la llamada que incita su eslogan. También le advierto que de osado tengo un poco, por tanto no entienda mi artículo como una crítica sino más bien como una parte más del conglomerado de entradas que conforman aquí una sección. Hay cosas en las que uno no tiene mano directa para modificar: la autoestima, el cariño, el orgullo… no se puede medir de forma cuantitativa, pero sí cualitativa. Usted me entiende. Al odio, la sinrazón o la soberbia no se las puede mesurar a partir de datos, pero sí de sensaciones. Como economista -creo, perdone- usted sabe que a los números se les puede ofrecer el valor que uno quiera a nivel de interpretativo, aunque el método científico haga girar la dirección del argumento hacia una verdad refutable. Por ello yo no dudaré de bienestar económico de la ciudad ni su apogeo sociocultural y lúdico. Tampoco los índices y valores del mercado que puedan favorecer a su ciudad. Quiero ir un poco más allá…

Si Lisboa precisa de todos, precisa también del cuidado al ciudadano. Yo le perdonaré como enamorado de su ciudad (usted creo que ha nacido en Porto pero quiere a su ciudad como nadie. Si no, no sería el alcalde de Lisboa, quiero suponer) “destrozos” -llámeme romántico- como el de Terreiro do Paço o la masificación de algunos enclaves que hasta hace días estaban reservados para aquellos buscones o autóctonos. Usted sabe tan bien como que todas las soluciones o ideas tiene que ir desde el cariño y la empatía. Por eso podré entender obras interminables y polémicas tediosas, pero nunca que todas las medidas afecten al ánimo general de los ciudadanos: pese a que la afición a la polémica fluye en las venas del portugués también borbotonea en ellas la bipolaridad de los estados de ánimo de todos ellos. Disculparé y obviaré cualquier falta que no implique un atentado a las instituciones -ya sabe, corrupción: aquí en España está carcomando el sistema- o derrumbe el ánimo de los ciudadanos. Usted entiende.

Le adjunto un texto que un reconocido escritor catalán, Enrique Vila-Matas, dedicó a su ciudad. Sobre todo, cuídela.

“Lisboa hay que verla en el tiempo exacto de un sollozo. Verla toda entera con la primera luz del amanecer, por ejemplo. O verla bien completa con el último reflejo del sol sobre la Rua da Prata. Y después llorar. Porque uno, aunque sea la primera vez que la ve, tiene la impresión de haber vivido antes allí todo tipo de amores truncados, desenlaces violentos, ilusiones perdidas y suicidios ejemplares. Caminas por primera vez por las calles de Lisboa y, como le ocurriera al poeta Valente, sientes en cada esquina la memoria difusa de haberla ya doblado. ¿Cuándo? No sabemos. Pero ya habíamos estado aquí antes de haber venido nunca.”

El progreso

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“Partí de Lisboa. Mi viaje a Madrid fue un verdadero suplicio digno de figurar entre los que las satánicas mentes de los inquisidores inventaron para martirizar a sus indefensas víctimas (…) Nadie piensa en aquellos pobres mortales que tienen el valor y la tenacidad necesaria para, en pleno mes de julio, atravesar en un cansino tren español la Extremadura española y La Mancha. ¡Ni tan siquiera un refrigerio! ¡En las estaciones ni agua y si la hubiere salobre y mala!”

Carteira d’um viajante: Apontamentos a lapis (1878)
Carlos Lobo d’Avila

“Heme aquí en una diligencia (…) He podido hacer el viaje en tren (…) pero el caso era meterse en una diligencia para luego quejarse de ella. ¡La prisa! ¡La calma! No hay dos palabras en las que se encierren conceptos más relativos (…) Dichoso el tiempo en el que los deseos eran lentos y cercanos. Quien tuviera su espíritu… y un buen automóvil”.

La diligencia (1907)
Julio Camba