Otra Tardor Literària

b6792b20-639e-47dc-a2b9-30813a639163Se ha presentado la programación de la Tardor Literària de este año. Desde hace años, el grueso de la programación literaria de la ciudad se reparte en dos ciclos; el de otoño y el de primavera. Si uno se fija detalladamente hay actividades potentes como puede ser Yerma, de Lorca (versión de Marc Chornet) o los ciclos y exposiciones tratando a Manuel de Pedrolo, Pompeu Fabra o Maria Aurèlia Capmany: esas actividades son innegociables e imperdibles en una capital de provincia como Tarragona.

No sé si es un dejà-vú, pero tengo la impresión de que ciclo tras ciclo -o año tras año- se repiten muchos nombres y no se da un salto más que necesario para confirmar una programación cultural que resuene más allá de los barrios de Ponent o Llevant, que haga de la ciudad un reclamo cultural de primer orden más allá del Patrimonio Histórico con el que cuenta de por sí. Sé que se hacen esfuerzos para preparar actividades de calidad, pero el problema no es la calidad que puedan tener las propuestas que se van a realizar; sino la sensación que se extrae: un “ja ens està bé” que parece estar encofrado en muchos, totalmente conscientes de que la programación se le queda pequeña a la ciudad. Tarragona merece más. Sigue leyendo

El día que rechacé a Lobo Antunes

na[en agosto de 2011 nada hacia pensar que acabaría siendo muy de Dom António. Como tantas otras veces me equivoqué, ya es costumbre. Aquí, el único día que me he arrepentido de devolver un libro]

Si he ido era porque hacía un calor menos espantoso que los otros días. Aún así, necesitaba más aire fresco. Según el mando a distancia del aire acondicionado -Mitsubishi- de una librería de la Rambla Nova, la temperatura estaba programada a unos heladores veintiún grados del ala. Estoy harto de sudar, más harto todavía del contraste de las temperaturas indoor/outdoor que sacude la ciudad. Harto.

Siempre que voy a la Renfe me viene a la imagen de aquellos que fuman un cigarro mientras esperan su tren pacientemente, alardeando del postureo. También, pienso y observo a aquellos que viven su realidad en silencio, aquellos que callan, esperan -del verbo esperar, primera conjugación- o quieren -del verbo querer-. Ambos verbos podrían ser sinónimos porque son tan frágiles que al mencionarlos en cualquier tiempo o conjugación producen escalofríos, pero no viene al caso. Sigue leyendo

(Casi) quinientas mañanas

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Lo repito hasta la saciedad: los números no significan nada, cada uno les otorga el valor que cree, pero hay algo innegable: aquí, durante (casi) quinientas mañanas, se han publicado entradas de todo tipo: poemas, cuadernos de viaje, reseñas, críticas, relatos, etcétera. Siempre que  puedo escribo la entrada la noche anterior: por la mañana, o bien la misma noche ya está publicada aquí. normalmente, salvo alguna corrección, ni retiro ni añado nada en el texto colgado, por tanto, no cambio de parecer. Y es que (casi) quinientas entradas dan para mucho y para desencantarse un tanto del mundo de las letras. Si llegué fue por las personas y por ellas y porque, por suerte, no son perfectas, sigo escribiendo -amén de que sigo disfrutando, y sufriendo, en el momento de escribir y dejar reposar lo que voy creando-. Sigue leyendo

Recuento de sombras

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[me confié: creía que podía alargar un poco más las entradas del verano. Y puede que sea así, pero ahora estoy metido de lleno en un luto, en un dolor interno, en una especie de callo necesario para superar las ausencias. Las ausencias son como agujetas que se despiertan cuando uno tiene el músculo de cariño tierno; siempre aparece cuando tenemos la guardia baja. Y así….]

“(…) cuando he vuelto por allí y he preguntado por cómo acabó aquello a los pocos supervivientes que quedan de entonces y lo vivieron en primera persona, un silencio decepcionante y descorazonador ha sido la más rotunda de las respuestas”

Como veis ya lo decíael bueno de Elías Moro (nuestro Elías) en su Álbum de sombras (Eolas ediciones, 2017)

Cuando abro el armario y veo en a percha mis camisas de manga larga me vuelvo escéptico ante la realidad del tiempo pasado.

Foto: tomada en los aires, en el vuelo de vuelta a la realidad.

El éxodo casi perenne de los extremeños

Foto-Manuel-Iglesias.jpgAlguien decía que a partir del treinta y uno de agosto las zonas rurales de Extremadura -y las Castillas, por ampliación- vuelven al silencio. durante el calor visitantes y oriundos han compartido intimidades en la piscina municipal mientras apuraban quinto tras quinto o un cono de vainilla. El silencio de los pueblos es la sombra de un éxodo obligatorio hace dos generaciones y media, cuando la gente del campo se moría de hambre; mérito del señorito de turno, propietario de los pagos circundantes a la villa decidía bien tener en salazón las tierras porque no compensaba los beneficios que le atribuían a partir de los gastos, bien porque tenía otros quehaceres en la ciudad y descuidaba sus terrenos. Ahora, cincuenta y sesenta años después siguen existiendo éxodos, migraciones, fugas, huidas hacia el porvenir norteño o la capitalidad madrileña. El goteo de la despoblación ha sido constante pero las oscilaciones de la calidad de vida han ido marcando el ritmo de las partidas incluso ya en las capitales de provincia y no hay ni una sola respuesta para afrontar con garantías el éxodo en algunas regiones.  Sigue leyendo

Morerías veraniegas

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A disfrutar de las Morerías a traguitos de Sagres y SuperBock en la terraza de casa… porque pocos planes hay mejores para soportar los achaques veraniegos. Si tenéis oportunidad aplicaos el cuento. Podéis cambiar la cerveza, pero nunca las Morerías.

El rasrás de sierra de las chicharras: orquesta sinfónica del verano ensayando la misma y cansina pieza.

El crepúsculo es el alba de la noche que se aproxima.

La luna llena es la mejor diana para el dardo de las miradas en la noche.

[todas las morerías son obra de Elías Moro (Vallecas, 1959) -¿de quién si no?- y están recogidas en el libro homónimo publicado y ampliado por Liliputienses recientemente]

Perder una voz

imatge_74.jpgConfieso que a mí no me ha pasado, porque tengo la suerte de recordar de momento la voz de Amalia, Paquita y Joana. Una voz dulce, algo aguda la primera y la otra más rasposa, de garganta la otra: ambas eran perfectamente reconocibles y quizá porque su partida fue temprana -Amalia hace tres años, Paquita se acerca a los ocho y Joana una década más que la abuela, que no l’àvia: trece-. Uno de los males más graves que ahonda en el dolor o luto perenne que todos llevamos dentro pese a superar la pérdida de un ser querido es perder, olvidar la voz que nos enternecía o camelaba e incluso abroncaba llegado el caso, no el mío. Perder la voz es cruel, una forma de ahondar un olvido en el que uno de primera mano no puede poner remedio. Sin remedio también el déficit de reproductores de VHS y casetes que actualmente hacen una quimera la labor de mantener a resguardo auditivo aquellas melodías vocales que a la larga echaremos de menos; esas cintas ya desfasadas son para muchos el último reducto para reconstruir piezas de un rompecabezas y muchas de esas piezas bien han desaparecido o han acabado volcadas a la desmemoria de la tecnología cuando ahí estaban, en la reserva de los zaguanes un particular tesoro.

No recurrir a un recurso tecnológico vetusto pero necesario, de momento, me hace sentir afortunado pero ahonda doblemente en el dolor empático de la amistad que ha perdido la referencia acústica de sus queridos y en lo vegonzosamente afortunado que soy.

Foto: Joana Crespí (Palma, 1944 – Barcelona, 2005) fue documentalista y bibliotecaria musical. Responsable de la sección de música de la Biblioteca de Catalunya. Y es mi padrina.