‘Vine porque me pagaban’ de Golgona Anghel

golgona-anghel-vine-porque-me-pagabanLa riqueza es escribir un poemario en una lengua que no es la tuya –  que no es la tuya pero haces propia. Como haces propio la equidad entre lo corriente y la herencia que uno arrastra consigo. Kriller lo ha vuelto a conseguir, ahora con Golgona Anghel y su Vine porque me pagaban (Kriller71, 2019)

¿Qué es la existencia si no una sesión de fotografías en donde uno es protagonista de unas pocas, con suerte? Hay mucho de esperpento en el libro de Anghel -aquellos que han viajado, que han renunciado a mucho entienden qué es-. Leo Vine porque me pagaban (pag. 89) y veo un biker de Glovo, al igual que cuando ataco Porque falta media hora antes de (pag. 17) encuentro la catarata de sinsabores que han sometido a las ataduras de la inseguridad establecidas por los miedos y las seguras convicciones de un mercado que ha sustituido al mundo. No sé si Anghel disfrutó 1134923creando los poemas, pero de lo que queda claro es que no se conforma: en una visión incómoda, encuentra un espacio donde su lenguaje comprime el poema ante las incertidumbres.

Vine porque me pagaban no es un ramo de alegrías, sino el resultado de la acidez contra un sistema enmohecido; un dietario poética -quizá- de una protagonista desacomplejada que reparte dejándose llevar, ambiciosa, sabiendo que quien acapara en la refriega, refuerza más si cabe sus principios, aunque sea de manera transitoria.

[la traducción del poemario es obra de Anibal Cristobo, editor de Kriller71]

Aforismos (4) de Carmen Camacho

autores_carmen_camacho_02

Ay, si las camas tuvieran caja negra
***
En mis tiempos, toda yo era campo
***
Un árabe es un moro con dinero. Un negro con éxito torna a gris marengo. Y también habemos gitanos buenos
***
Los expulsados admiran a los huidos
***

[aforismos extraídos de Aforismos del no mundo (Cuadernos del vigía, 2016), de Carmen Camacho. Recomendable leer también Fuegos de palabras, antología de aforismos de la literatura española contemporánea (Fundación José Manuel Lara, 2018)]

Adonáis y Valparaíso

No me gustan los premios -aunque alguna vez me haya presentado a alguno-. Cuando era ingenuo, joven (más joven, digo) y pude sacar un poquito la cabeza del hoyo he visto un páramo de favores, supuestas corruptelas y un grupo de nombres en una gran mayoría de premios. También bases surrealistas -¿qué sentido tiene presentarse con pseudónimo 49204386_2481919978487983_2552823376993320960_no lema si en la portada del poemario tiene que aparecer el nombre del participante?- y algún que otro chanchullo con carácter retroactivo. Pero cuando alguien a quien tengo cierta estima es la persona galardonada, intento dejar de lado algunas evidencias para dar paso a una tímida sonrisa de alegría. Me ha pasado con Marina Casado (Madrid, 1989) finalista del Premio Adonáis. Debo reconocer que la poesía de Marina al principio no me entraba; quizá demasiado recargada y clásica para mi gusto… pero, en segundas lecturas y descargado de prejuicios y puñetas, veo diferente, enriquecida. Marina sabe moverse bien entre la fina línea que separa un estilo clásico con otro más moderno. Los poemas que he oído leer a Marina, al menos, los últimos, irradian una fuerza juvenil más fresca, con guiños en color sepia sin poner en riesgo nada su honestidad (la poesía es un trabajo de honestos mentirosos, recuerden). A su favor juega un amplio conocimiento e movimientos, autores, obras y estilos que enriquecen una propuesta que, espero, poco a poco vaya consolidándose.

Pero también me alegro por Violeta Vaca (Huelva, 1991), galardonada con el Premio 46828827_10217102327408017_5076701423190671360_nValparaíso de poesía, del que fue ya finalista el año pasado. Si el Colectivo Addison de Witt estuviera de nuevo en activo, seguramente estarían con la mosca detrás de la oreja con la editorial y su particular juego de la taba. Valparaíso es una editorial interesante cuando trabaja con propuestas sobre seguro (léase Charles Simic o Montserrat Abelló: permitid que barra para casa) pero que flojea al tener gran parte de su catálogo un estilo juvenil. Violeta crea una poesía enraizada, de camino lo moderno y con un marcado tic de género necesario y nunca imprescindible. Posiblemente esté ante una poesía que me cueste más de leer -como con otras lecturas: me costó pillar el punto a Gamoneda pero ahora adoro al leonés- y no quiero pensar por falta de calidad, faltaría más.

Más allá de la alegría y la sorpresa que me producen las noticias sobre premios… tengo una cosa bien clara: todos los premios son como los elefantes: tienen una memoria prodigiosa.

[La foto de Violeta es de la poeta Esther Muntañola]

Inspección secundaria (un poema de Omar Pimienta

563b73d79dafec42e4883dcd14f769d4-large

[quizá la pesadilla del migrante no sea el vacío, el mar de concertinas o el más que asumido choque entre la ficción asumida como realidad. Quizá sea mentir por norma para sobrevivir…]

Inspección secundaria
El primer migra en interrogarme fue mi madre:

¿cómo se llama tu papá? Marcos Ramírez

¿cómo se llama tu mamá? Sara Pimienta

¿dónde vives? en Nacional City

¿a qué fuiste a Tijuana? a visitar a mi abuela

y así practicando antes del cruce
mucho antes de saber leer y escribir
aprendí a mentir mirándote a los ojos.

[poema de Omar Pimienta (Tijuana, México, 1978 – act.) extraído de Inspección Secundaria, cuadernillo editado por el Aula Literaria de la Fundación Pía de los Pizarro]

Entrada 63: diario de Sylvia Plath

sylvia-plath

68. A medida que me hago mayor, cada vez soy más consciente de la velocidad con que pasa el tiempo. De niña, las horas y los días eran largos, dilatados, y había juegos, un montón de tiempo libre y cientos de libros infantiles que leer. Recuerdo que a los ocho años, mientras escribía un poema sobre la nieve, me dije en voz alta: «Ojalá tuviera la capacidad para expresar por escrito lo que siento ahora que todavía soy pequeña, porque cuando crezca sabré cómo escribir pero habré olvidado lo que se siente de niña». Y es cierto que la sensibilidad infantil para las experiencias y las sensaciones nuevas parece disminuir en una relación inversamente proporcional al aumento de la destreza técnica. A medida que nos vamos puliendo nos insensibilizamos y entonces nos sentimos culpables porque comemos, dormimos, vemos y oímos de un modo despreocupado e indolente. Nos vamos volviendo indiferentes, insensibles, nos conformamos con nuestra pasividad, y cada día añade una nueva gota en el pozo estancado de nuestros años.

Diarios completos
Sylvia Plath

Cuando un libro no te quiere más

29425375_1846794925365314_2911055992268648517_nEl domingo acabé: llevaba dos semanas cerrando un libro que todavía no sé si verá luz, aunque tampoco es una cosa que me preocupe demasiado… todo tiene que ir a su debido tiempo. He ido completando las diversas partes de puzzle que quedaban sueltas, perfilando las curvaturas con precisión de joyero, con la habilidad que tienen (bueno, más bien tenían) los mineros para no hincar el pico en la cavidad adueñada por el grisú. O así creía que hacía las cosas

Acabar un libro es como cerrar la página del amor con una persona: no sabes qué más ofrecerle para que se quede a tu lado y él parece decir que pares, que ya está todo intentado. Acabar un libro averiguar cuando deja de ser natural y aparece lo forzado. Todo bien, mejor así: se acabó. Dijo una vez Lobo Antunes “un libro esta terminado cuando no te quiere más” y puede que tenga algo de razón: no es posible entregar más amor, ofrecerle más dedicació. El libro es más listo que cualquiera de nosotros porque sabe volver. Cuando uno se queda vacío sin nada que decir, delante de un pelotón de folios únicamente queda suspirar aliviado: la perfección en la vida, como en el amor, no existe; pero esforzarse para el bien común en esta extraña relación de pareja es obligatorio. Si el libro decide darte otra oportunidad ya enlomado y con cubiertas, es posible la reconciliación. Entraremos en la época de casamiento, lunas de miel, viajes de amor, discusiones o silencios íntimos, revisiones y también reproches mutuos: malos momentos siempre hay. La vida en pareja, vaya.

[Foto: de Leonor, hace casi dos años en Ler Devagar… tomando una cervecita]

Un poema de Fernando Sanmartín

14

[mi fondo de lecturas toma forma en un alto porcentaje -aproximadamente un 68%- con aquellos nombres que regalan los amigos a mis oídos. Tomar notas, aprender…]

SIETE por ocho, cincuenta y séis. Fue el número de
ventanas que tenía un edificio en Varsovia. Dormí junto
a una de esas ventanas. En Washington y en Budapest
también descubrí otros edificios que tenía cincuenta y
seis ventanas. Pero no dormí dentro. Es fácil contar
las ventanas de un edificio. Y las personas que se asoman.
Lo que no es fácil es contar las ventanas que hay en cada
persona. Y no hablo de lo irreversible-

[poema estraído de El peligro de los círculos (Isla de Siltolá, 2017), de Fernando Sanmartín (Zaragoza, 1959 – act). Cosecha del 59, como el gran Elías.]