Ambiciones veraniegas

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No pido mucho, pero sueño demasiado: despierto, claro, porque siempre interrumpo el dormir con alguna incursión nocturna; visitas acuáticas. A tres meses vista, hago planes poco complicados, de algunas horas: pasar en ferry el Tajo, la visita anual al museo de la Carris, alguna excursión hacia Setúbal o visitar algún palacio cerca de Lisboa. Son caprichos próximos y no muy ambiciosos, lo reconozco. Humildemente -y por tanto, todo lo que diga a continuación, de humilde tendrá poco- me conformaría con abrir un botella de vino blanco (sí, de vinho verde, no os pongáis exquisitos ahora) con un poco de queso, algunas sardinas, siempre que Leonor me permita asarlas de una maldita vez en la cocina, y algunas olivas negras. No descartaría sumar al bodegón unos boquerones y banderillas… o unos torreznos -pocos-, de la previsible visita soriana a inicios de agosto…

¿La banda sonora? Antena 1 Fado  o los cánticos de la Peña Sportinguista de Alcântara, que tiene su sede enfrente de casa. Incluso, en el mismo día, podríamos elegir qué pasión escuchar.

Elegir, porque Leonor es del Benfica. Lo suyo también es pasión.

‘En el balcón del edificio’ (un poema de Mary Jo Bang)

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En el balcón del edificio
Nada de dormir ahora. Ya no hay pacto de sueño con morfina y la noche como aguja. Estamos despiertos, empujados el uno por el otro como si lo que quedara es todo lo que habrá. Nos necesitamos como si estuviéramos en una rama frágil que está siendo podada. Veo la huella de una cicatriz tenue sobre tu ceja izquierda. Entonces supe lo que era sentir. La caída agonizante.

[poema de Mary Jo Bang (1946 – act.)  extraído de Una muñeca para tirar (Kriller71, 2019)]

 

Cómo volver a casa

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[la entrada tenía que haber aparecido el pasado domingo 12 de mayo, pero por problemas técnicos -ya solucionados, previa compra de un nuevo equipo informático- no pudo subirse a la red. Perdonen las disculpas, decían…]

Leo a Mary Jo Bang mientras el Regional Exprés número 18057 corre desbocado por los acantilados de la costa el Garraf. El viernes, durante poco más de una hora fui un afortunado: creo que todos los que estuvimos en el Raval éramos conscientes de ello y por eso el silencio se agudizó más si cabe: era normal, y la culpa no era la conferencia en inglés -aunque hábilmente traducida, reservé las pocas fuerzas que me quedaban para esforzarme por entender a la poeta al natural: creo que lo conseguí-. Eché de menos tomar notas -la maleta, las prisas, el primer calor del año- pero suerte de la poesía: es de esperar que un poeta sea una hoguera y el crepitar de la resina con el fuego, el chasquido en sí, sea la poesía. Que un poeta se convierta en fuego es un ejemplo de que, al final todos nos convertimos en un algo: un recuerdo, una motivación, un referente, un olvido e incluso un error: todos adoptamos un rol al escribir poesía -¿quiénes somos?, ¿por qué?- y a veces ponemos en duda no ya nuestro poema, si no incluso el papel con el que escribimos.

indagar en el lenguaje, en manipular una historia para hacerla nuestra de manera hábil, o eso intentamos: es la magia de apropiarse de algo (el lenguaje, la poesía, lo que sea) y arrojarla a un vacío, a un espacio todavía desconocido hasta que ese algo toque suelo.

cuando escribo creo que lo hago a partir de una ventana de metacrilato donde expongo con un rotulador los versos, desmenuzo su significado y me empleo a fondo en una batalla interior contra cualquier tipo de pregunta que aparezca. No importa si es cierto, si es ficción, realidad o media realidad aquello que escribo, solo que permita una experiencia: a mí, cada vez que abra el documento en el ordenador o lo saque de la cajonera de mi escritorio, o a cualquier que tope con ellos. Es así.

Lectura fácil

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aprovechemos ahora, que vive libre de prejuicios; los venenos de la lírica todavía no tienen cabida en él -no sé si entrarán alguna vez- y sus manos se extienden a una mirada incisiva, como el colmillo del dinosaurio que sueña

por suerte para nosotros, en sus dedos la medida el tiempo es inocua.

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Bruno Ganz (1941 – 2019) habría cumplido el veintidós de marzo setenta y ocho años. El suizo ha sido uno de los pocos actores que, película tras película, me han agradado: no puedo considerarme un experto de su obra cinematográfica ni tampoco dramática -durante la época de las Dos Alemanias, Ganz interpretaba junto con otros compañeros pequeñas piezas en cooperativas y fábricas de ambos estados, acercando la cultura a la raíz del país- pero sí tengo en cuenta su valentía por sacar adelante papeles y roles que más de uno hubiera declinado interpretar.

Desde hace unas semanas estoy trabajando con imágenes, fotogramas, revistas, folletos. Recortar, pintar, rotular, retocar, editar, subir. Infinitivos de acción directa, podéis constatar. Directo como él.

Nota: cuando acabe el proyecto la intención es exponerlo en alguna sala y sacar alguna copia de alguna lámina. Veremos.

El Elefante cumple un año

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El próximo once de mayo (sábado) se cumple un año de la presentación de La forja del elefante en Mérida. Puesto que la semana se va a poner complicada (viaje de ida y vuelta a Madrid y fin de semana de campamentos) me permito el lujo de adelantar la efeméride, a hoy, lunes seis.

[A continuación, y para dar constancia del hecho, dejo una entrevista que me realizaron en Tarragona Ràdio en junio del año pasado. Para escucharla, clic aquí]

Fueron unos días tan bonitos como agotadores: noche en el aeropuerto de Barcelona, vuelo a Lisboa, charla con alumnos del Instituto Español, viaje Lisboa – Mérida – Lisboa, presentación y cenita con amigos; sábado de caracoles y Eurovisión -todo hay que decirlo-, domingo ventoso en Ericeira y vuelta rápida el lunes para reincorporarme al trabajo el mismo día; arrastrando un dichoso constipado y una afonía durante tres semanas: cosas de trabajar con niños y aires acondicionados…

Con sus poemas, con sus cosas buenas, con sus errores y fallos… felicidad.

Foto: así de contentos cruzábamos el Vasco da Gama camino a Mérida. El elefante, y cualquier poema, no sería nada sin Leonor al acecho. Es así.

Hablemos de Luces de Gálibo

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Detrás del conocidísimo repóquer de editoriales transatlánticas -por tamaño, que no por catálogo- y partiendo en medio del pelotón del ya conocido murmullo que cada quince días aparece por las red sentando cátedra: “hay mejores editoriales que aquellas que salen en los suplementos” hay otras editoriales que, si bien comparten espacio con esas mismas, realizan una labor singular y que no tiene ni precio ni punto de comparación con otras. Normalmente, quienes llevan las riendas de esas editoriales suelen ser personas igualmente singulares; personas que, donde han visto un nicho de lecturas vacío y, por tanto, han diseñado una propuesta editorial firme (pasa con José María Cumbreño y Liliputienses o con Aníbal Cristobo y Kriller71). También, con otros sellos como Baile del Sol -desde Canarias- o Amargord: editoriales que saben bien lo que manejan (la poesía, por ejemplo) y continúan una labor editorial necesaria para lectores, escritores y espero (y debería ser así) que cada vez mas para festivales.

De todas ellas he hablado alguna vez, en una reseña o comentando algún asunto en particular. Pero a Luces de Gálibo, la editorial que gestiona y dirige Ferran Fernández, merece especial atención. Luces de Gálibo es uno de los pequeños milagros editoriales que aparecen en contadas ocasiones, tan necesarios como lo son las editoriales independientes: Sigue leyendo