Un día benevolente

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[no ha quedado nada del dolor. Nadie sabe a dónde llegué, nadie me pregunta qué siente mi mano izquierda: si tengo cosquillas o si bien, cuando caigo, pongo el codo. Suelo ser menos que un terror de azúcar…]

Parto de la base en que, las sábanas un sábado pesan más de lo normal. Hay motivos de peso para levantarse -café, ducha, tren. Sin más- y yo los encuentro en un mediodía con M. Y con E. También, otra M. de pasada -dos sillas de madera delante mía- toma notas en la librería a todo lo que dicen Esther y Pilar. Esther se acuerda de mi lapsus de un frío mediodía en Plasencia (creo que le hace gracia la anécdota: yo, tierra trágame), a M. la pierdo de vista pero es feliz entre los reencuentros. M. es generosa: nos dedica una de sus creaciones y dos libros todavía sin firmar. Pienso en los reencuentros y en la nueva costumbre de pedir las dedicatorias en plural. Antonio me saluda, aprieto la mano y lo comenta. No queda nada más que vino blanco seco. Bueno sí: dos libros, de Lola Nieto y Concha García y una revista. Y un bocadillo seco masticado en el tren, marinado con jarabe antes de llegar a casa. Después, la migraña.

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