De Lobo Antunes a Eugénio de Andrade

Bom dia, Eugénio

Cocteau decía que hay hombres de corazón de diamante que apenas reaccionan al fuego y otros diamantes y descuidan el resto. Junto con estas vocaciones raras de zarza ardiente, me gustaría sentirme en familia, o eso es equivalente a explicar que siempre estoy allí. No quiero quejarme: de hecho solo vivo para navegar, instintivamente en la 1574842602_688159_1574842846_miniatura_normaldirección correcta, fingir que estabas lejos -Azores, Woods y el vacío de las olas, Wolfram Schütte, Marisa Blanco, Eugénio de Andrade, volcanes, fraternos de ternura, refugios de piedra blanda en los que preocuparse por la inquietud de la fiebre, personas que nos reconcilian con un alma que no es el alma de Scott que escribía, durante horas en la mañana. Y por Eugenio de Andrade, hoy hablo, un balcón perpetuo de basalto frente a la playa.

Lo llaman el amigo más cercano del sol: de acuerdo, si el sol es obstinado y severo. Lo llaman poeta: de acuerdo, si las palabras traen noticias de la vehemencia de la sangre. Lo llaman difícil: de acuerdo, si notas la infancia en la paloma de la sonrisa que de vez en cuando enciende tus pasos y los nuestros y nos muestra el único camino que va recto, de los manzanos, hacia el río. No conozco a nadie con gestos tan profundos y una inteligencia tan aguda del alma. Donde la atención del oído apunta, todo se convierte en concha. Donde descansan sus dedos, todo se vuelve sobrio y atento. Donde nacen sus ojos, aprendemos de él la alegría intransigente del mundo. Y en el encanto de esa geografía del dolor en el país que es su cara, qué discreción en el sufrimiento, qué dignidad despiadada medía en cada sílaba. La total falta de vanidad de su orgullo fue lo que, cuando lo conocí por primera vez, me conmovió profundamente. José Cardoso Pires, que no tenía el don de la fácil admiración, me contó sobre el poema que Eugénio de Andrade compuso en la muerte de José Días Coelho, cuando los héroes retrospectivos guardaron miedo por los años sucios de la dictadura. No es un folleto, no es un manifiesto, no un grito: solo la voz serena de un hombre hablando de otro hombre, mirándonos desde su altura terrenal y, en consecuencia, sin medida. Uno de sus libros se titula Rente ao Dizer, y ese dizer, despojado de lo que no es un cuerpo, nos devuelve a nosotros mismos en la condición de animales sublimes en los que nos convertimos en las páginas a las que accede para publicar.

E.Andrade

Aunque en la guerra Eugénio nos reconcilia con nosotros al dejarnos ver entre los escalones que nos hacen subir para estar allí, en el lugar que es nuestro, manchado con la orina tocada y los líquidos oscuros que nos protegen al nacer y nos esperan. a la sombra de la muerte, para ayudarnos a salir, pobres criaturas tontas, vestidas de mocos y polvo celestial. Además de la amistad que es dura y nombre en esto, también te debo: el retrato de mi condición y la certeza de que algo más allá de mí continuará en tus versos, ya sea pájaro, nube o naranja madura. Un día escribí que cuando el corazón se cierra, hace más ruido que una puerta. No te imagines cómo te agradezco, Eugenio, que el tuyo permanezca en silencio en un cuidado vigilante, invitándome a entrar donde una máscara de bronce nos espera para quedarnos con nosotros, en esa habitación abierta, rumbo a las palmeras de Foz.

[carta traducida del portugués -espero que, con pocos defectos- de António Lobo Antunes para Eugénio de Andrade. Extraída de la revista Espacio/Espaço Escrito num19-20 (2001), páginas 69-70]


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