Eder, que me salva

r.eder“El tonto cuando lee una frase inteligente enseguida la quiere modificar.”

Vuelvo al ritmo incesante de casa seis meses: final de trimestre del solsticio del frío. Se hace de noche a las cinco y cuarto, sale el sol por mi ventana oeste a las ocho y cuarto. El frío -que me gusta- marca unos peligrosos catorce grados en mi piso de la esquina. Diez horas fuera de casa, la infusión de antes de dormir. El paquete que no llega, la reclamación perminente antes de Navidad. El dolor de espalda. Ramón Eder.

Ramón Eder (continúo) o la terapia de choque en contra de los días largos. Llevo sus ironías a mano para que se retuerza la originalidad estos días. No creo en la homeopatía pero sí en la medicina tradicional. El aforismo, como la poesía, no cura ni tiene el milagro para salvarnos de dolencias, tumores, vómitos, hemorragias, cortes y llagas, pero tiene una virtud: los males que nos afligen han caído a su peso y cada vez más los pisotean y, al menos, la sonrisa cómplice aparece. Eder parece que lo ha dejado todo para ofrecernos sus ironías, sus aforismos o como quiera llamar a sus creaciones. Nosotros ganamos -yo, el primero- y disfrutamos. Las esperas en la marquesina del bus pierden, por suerte.

“Con los malos escritores muertos hay que ser despiadadamente crítico, pero con los malos escritores vivos no hay que ensañarse, ni leerlos.”

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