Las Medallas de Extremadura

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Días antes de marchar a Portugal -vía Soria- otorgaron la Medalla de Extremadura a la cacereña Ada Salas. Por lo general, cuando se reconoce el mérito de un artista, agitador cultural o personalidad relevante en el campo de las artes (qué políticamente correcto queda lo último) suelo alegrarme. En el caso de Ada Salas es así. Aunque desde hace años tengo una serie de convicciones que puedo mantener de forma más o menos estable; una de ellas es la intención de dar prestigio de unas medallas que hace unos años sufrieron de bochorno absoluto. Está bien acercar la cultura extremeña más allá de los límites que flanquean la región, no me cabe duda: hay mercado entre tanto jubilado, estudiante, currito y exiliado que hay en los mapas. Pero de ahí a reírse -o eso parecía, con la lista en la mano de aquellos que no son galardonados con ellas en vida o a título póstumo- de muchos que creíamos que las medallas eran otra cosa

Me alegro por Ada Salas (con su nombre y apellido, que no tengo el placer de conocerla en persona, y la confianza es inexistente cuando no hay manos estrechadas). Hace unos meses firmé a favor de la propuesta de candidatura. No puedo decir que es mala poeta, porque no es así. Tampoco que sea una escritora única -único no hay nada, pero pocos poetas son buenos, respetados y reconocidos por más de siete u ocho lectores: quedémonos con eso. Quizá esté exigente hoy-. Lo hice encantado pero con cierto espíritu crítico: por un lado, como digo, satisfecho porque se valorara la trayectoria y obra de una poeta extremeña, poeta y mujer; y creo que muchos lo hicimos con la convicción que, este año, Ada Salas tenía que estar en la terna de galardonados. Pero no me quito de la cabeza la cantidad de artistas, agitadores culturales… que residen en la región y no son valorados como bien merecen por los organismos autonómicos. Es así: entre los extremeños que residen fuera de la región hay una división en dos grupos: los referentes (aquellos que salen en periódicos, en la radio; los que están en puestos de poder) y los silenciados (aquellos que se ganan las habichuelas y son vistos como supervivientes más que otra cosa). Los primeros, en todos los ámbitos, copan los méritos y alabanzas: merecidamente, ojo. Pero ¿qué pasa con aquellos que resisten allí haciendo una gestión y producción inmensa con unos recursos ínfimos? ¿acaso son invisibles?. Que alguien me ayude, por favor, porque crear en Extremadura sí se ha convertido en un acto de resistencia tal como van las cosas. E irán a peor.

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