Notas sobre ‘Mañana sin falta’, de Justo Vila (I)

[me acuerdo de un comentario velado que hizo una vez un vendedor de espárragos portugués a una ama de casa en la puerta del Simago, sobre una supuesta montaña de café que había en Campo Maior, únicamente visible en la ciudad desde Torre Simago o el Edificio Banesto y cómo nunca me atreví a desmentirle, tras comprobar la longitud de su trola desde el estudio de mi casa…]

Manana-sin-falta-i1n174870941: desperdicié la oportunidad de conseguir el libro dedicado por Justo Vila en la Feria del Libro de Madrid. Soy consciente de mi pecado porque me acerqué a saludar a Máximo e hice una compra en el puesto de la editorial, lo que agrava mi delito. 2: Mañana sin falta (Trifaldi, 2019) ha significado, para mí, varios encuentros: reencontrarme con la novela después de mucho tiempo centrado en la poesía, el relato corto y la investigación y también un reencuentro con Badajoz. Porque nunca he leído una novela que transcurriera por las calles donde he paseado, salido de fiesta o simplemente vivido: en San Francisco viví veintiún años. En la Soledad celebré el año nuevo hace dos eneros, cuabatas mediante, con los últimos tíos duros que quedan por allí desde que marché. En el laberinto de calles del Casco Antiguo empecé a tomar cañas por la tarde-noche (Pizarro, Meléndez Valdés). Incluso cerca de Regulares Marroquíes empecé con uno de mis aficiones de preadolescente, el slot. Luego en la Alcazaba… allí de todo. 3: me sorprende el carácter rayano de la novela. Durante años -ahora creo que, por necesidad ese sentimiento va en regresión- se ha mirado a los vecinos de Campo Maior y
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Elvas por encima del otro y, la novela da una imagen de igualdad e incluso superioridad lusa necesaria: la gran verdad es que muchos pacenses tuvieron que ganarse la vida con lo que se podía pasar de la frontera acuosa: fuera café, toallas, o cochinos. Esa igualdad es necesaria tenerla presente para tratar de tú a tú con cualquiera y practicarla a partir de la crítica y no la sátira. 4: los acentos sociales son inevitables: hombre de tierra que busca probar suerte, estudiante de magisterio en búsqueda de la plaza vía oposición. No cabe duda que en cuarenta-cincuenta años han cambiado las apariencias, pero lo que nos ha dado la tecnología no ha saciado las necesidades humanas. Sigue habiendo éxodo, sigue habiendo una obsesión funcionarial -para lo bueno y para lo malo- y la sensación de estancamiento es recurrente no ya de puertas para fuera, sino también en la materia gris de la región. 5: ¿por qué sé que Mañana sin falta es una novela bien trabajada? porque si uno ha estado en Badajoz el tiempo suficiente todo resulta familiar/coincidente. Cuando pones a Dámaso a circular por el Casco Antiguo y decides llevarlo a La Perla hasta La Corchuela pasando por La Cubana, El Globo o Casa Espada -da igual el orden-… o se imagina uno la lluvia de febrero -aspecto que me llama la atención- o a lengua del Guadiana desde las almenas y torreones de la Alcazaba. Si uno ha estado allí; si uno sabe mínimamente qué hay en Badajoz, es posible ver a Dámaso en carne.

Nota: en pic acabe el libro, segunda parte.

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