La pasión del agua

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[aunque yo no lo sea, siempre he querido estar cerca de buenas personas… por si en mis células, al contacto con ellos salgo ganando algo. Al final lo único que sobrevive en mí es aquello que no he expulsado de mi vida, porque lo bueno siempre está en regresión: se queda en mi interior, sin hacer ruido, menguando, hasta convertirse en un trozo insignificante de mi personalidad. Al final acabarán marchando y amenazará la duda del sanvicenteño: no podré con su ausencia]

“¿Por qué esa pasión por el agua, esa necesidad de nublados, de viento y de chubascos Mi primer recuerdo con los aguaceros son los recreos salesianos, refugiado bajo los enormes arcos del patio porticado, mirando anonadado cómo caía el agua junto a los goterones y los chorros que escupía el tejado de la iglesia… y aquel volver a casa sin paraguas, pisando todos los charcos con mis botas katiuskas verdes y duchándome bajo los balcones, sobre la acera, o golpeando las acacias de la calle Colón para que soltasen de golpe el agua que retenían…

Luego me llegan los días de chicas y lluvia [tenía entonces una gabardina marrón y un Piuma d’Oro de cuadritos azul marino]. Los grupos de muchachos y muchachas nos refugiábamos en el recién estrenado templete del parque y nos apretábamos para quitarnos los golpes de viento entre risas y voces. El agua trajo muchas veces a mi lado a la chica que me gustaba y propició conversaciones que no habrían llegado nunca en otras circunstancias. A la lluvia, en otoño, se sumaban la alfombra de hojas amarillas de xantofila de los castaños indios, las castañas indias silbando como balas y golpeando en el suelo como un granizo vegetal [hacíamos guerras con ellas y más de uno recordará preciosos chichones de aquellas refriegas]. Después llegaron los días helmánticos de lluvia, con la catedral chorreando entre gris y siena, refugiado entre los columnarios de Anaya con pasión… o las noches de vietnamita y panfletos mojados, huyendo de una policía nacional que los días de aguacero no existía más que en nuestra imaginación y en nuestro miedo… o las excursiones para recoger plantas que llenasen nuestro herbario, con sus noches mojadas de tienda de campaña y risas… o las tardes en el puente romano, viendo a la lluvia regando el Tormes… o los cafés en Las Torres poniendo en orden los apuntes de Citología o de Botánica… o las noches de El Judío, calado hasta los huesos y buscando el calor en la ‘manchada’ mientras me metía para el cuerpo un par de bartolillos, que siempre pillaba en la panadería de La Casa de las Conchas.

Y aquella lluvia del Felipe tendero, la que hacía pensar a los clientes que acababa un ciclo y había que reponer vestuario… llenaban mi tienda y la caja se tornaba pletórica junto a mi estado de ánimo. Luego conocí una lluvia distinta en Karatu y en Mangola Chini, en Arusha, mientras cruzaba la falla del Riff, en Kambi a Simba… la vi venir desde el horizonte que marcaba el Ngoro-ngoro precedida por un viento tórrido y oloroso que se llevó de golpe todos los mosquitos… una lluvia salvífica, creadora, capaz de convertir en un paisaje verde lo que el día anterior era tierra roja y polvo, una lluvia maná… y la noche refugiados en el Club Inglés de Arusha, jugando al billar entre birras y cortes constantes de luz, entre los truenos más impresionantes que se puedan imaginar y el aguacero más copioso que he visto en mi vida… y luego la alfombra de pétalos de flores de jacarandás y bugambilleas cubriendo las calles… y el monte Meru al fondo, con sus gorilas encamados entre la hojarasca de sus dos bocas volcánicas aguantando esa humedad que propiciaría frutos deliciosos en unos días… o el anciano masaai desnudo con el que me tomé un te caliente en un hoteli perdido mientras todo nuestro alrededor era una interminable laguna de barro rojo [la lluvia africana con Juanito].

Y la lluvia en Madrid después de un inolvidable acto literario, y la lluvia paseando por Zamora con Claudio Rodríguez, y la lluvia en Fuenteheridos charlando con Manolo Moya, y la lluvia en Barcelona charlando sobre José Agustín Goytisolo en un bar del Raval, y la lluvia abulense con Pepe Hierro, y la lluvia moguereña con Antonio Gómez y Antonio Orihuela, y la lluvia bejarana con Morante, y la lluvia pucelana con Belén o con Diego, y la lluvia de Punta con Uberto o con Juanjo Barral y Braulio, o la lluvia de Lisboa, o la lluvia leyendo a Ángel González, o la lluvia en El Escorial con Ada, o la lluvia en Chueca con Esther y con Jesús Márquez, o la lluvia en El Castañar con Urceloy y Marisol, y la lluvia en Leganés con Paco Ortega y Santi, y la lluvia en Morille con Abraham Gragera, y la lluvia con Fabio y Fernando, y la lluvia con Joan Margarit, Y la lluvia con Luis Alberto y Alicia, y la lluvia en Cambrils con Ramón, Ángel García López y Gamoneda; y la lluvia con David González, y la lluvia pensada con Karmelo Iribarren o con Roger Wolf, y la lluvia corita con Herme, y la lluvia con Alberto Hernández, y la lluvia con Jaime Siles y con Jesús Hilario, y la lluvia con David Torres. Y esa lluvia de la sierra peruana con Lorena.

Necesito aguaceros y tormentas, viento y nublados.., y compartirlos contigo, estés donde estés, seas quien seas.”

Luis Felipe Comendador

Foto: Angel M. Gómez Espada.

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