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af99c8da-9555-4f6a-aaf1-3cd8e685e7cc.jpgEstoy convencido en que no propongo ningún bien a quien me lee. Le hago cómplice de una sarta impresiones que he mantenido como ficticias durante mucho tiempo. No sé vender una realidad, no sé escribir: de hecho, aprendí antes a leer que a escribir. Era lento, torpe, perezoso y con las capacidades psicomotrices de un gato hidráulico: mínimas. O limitadas. En los versos que escribo escondo mi incapacidad de expresarme en prosa más de una página y media. Cuando me dí cuenta de dicha tara me volqué en la poesía creyendo que así podría engañar a alguien. Resulta que la poesía, que tenía que ser una coartada para seguir escribiendo ha funcionado de tal manera que, después de dos libros publicados, un cuaderno de postales y otro libro en standby puedo considerarme un infeliz con suerte.

Siempre escribo antes de dormir, como si así fuera a poner en orden lo que ha ocurrido en el día. Me cuesta horrores acabar dos versos y la batalla que libro con expresiones y preposiciones muy manidas me desgasta. Cuando escribo no sonrío y no adhiero la  romántica felicidad al hecho de escribir, ni tampoco a una necesidad vital puesto que mucho antes de escribir en papel estuve años sin escribir nada, casi sin leer. Cambié direcciones porque me avergoncé de las cosas que escribía; ahora lo veo todo desde otra perspectiva: era necesario pasar por esa etapa de basura. Ahora es todo más sencillo y doloroso.

Soy consciente de las limitaciones que uno tiene cuando escribe, y en eso sí que soy un afortunado: sé que nada de lo que yo escriba servirá para derrocar un régimen dictatorial -pero curiosamente, sí puede conllevar una denuncia- ni tampoco ayudará a salvar vidas. Tampoco servirá para mover el mundo ni para promover un cambio. Solo espero que algún verso se salve de la purga natural de aquí a cincuenta años, cuando ya diabético, sordo, con problemas renales y con severa demencia no recuerde como yo nada de aquel niño lento, torpe, perezoso, que tenía las capacidades psicomotrices de un gato hidráulico -el mismo que posteriormente se refugió en la poesía, porque no sabía escribir más de una página entera- y que confundiré amablemente con otra persona. Es lo que tiene la edad, que uno pasa repentinamente de comerse un cocido con oreja, chorizo y morcilla a hacérselo encima en la cama a la hora de la siesta.

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