Confesiones de un ganador

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“Cuando Leopoldo Panero vivió en Barcelona, íbamos por la calle, tocábamos en un piso, pedíamos que nos abrieran e íbamos a las casas para preguntar si nos dejaban jugar allí una partida. Lo curioso es que más de una vez nos dejaban pasar y hasta nos ponían algo de beber. Tuve que dejar de jugar con él porque siempre perdía y no le quería robar. Dejé las barajas cuando mis hijos llegaron un día a casa del instituto y me preguntaron si era verdad que el padre de un compañero no podría ir de vacaciones a Benidorm porque había perdido conmigo a las cartas”.

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