Pellizcos de la Feria del Libro de Madrid

[vi a Landero firmando. Me quedé un rato mirándole mientras Lydia y Leonor tentaban de ponerse en la fila. Ver a Landero fue recordar algunas de las clases de literatura que tuve en el instituto. Las más bonitas. Y por ello, juntado además por la proximidad de la caseta de Hiperión, me aparté un poquito de las dos chicas. Emociones…]

Aunque el año pasado ya estuve de pasada -apenas una hora, deprisa y corriendo, después del Poetas- ayer pasé mi primer día en la Feria del Libro de Madrid. Después de más de siete horas por allí, viendo cada una de las casi cuatrocientas casetas que estaban instaladas en el Retiro -unas más que otras-, me doy cuenta que necesito visitarla de nuevo… el año que viene.

Fue una delicia pasar el día con Chema Cumbreño (cargado de regalos: Ladakh, de Francisco Alatorres Vieyra, Warnes de Gabi Luzzi y Taskent soledad ultra, de Diego Quintero. Todos ellos, recién llegados a San Borondón) y con Lydia Contreras.(obsequiándome con Modos de (no) entrar en casa (Walrus, 2015) de Alicia Kopf y Comimos y bebimos (Libros del Asteroide, 2018) de Ignacio Peyró) De Leonor no puedo decir nada porque la entrada sería un monográfico… y saldrá durante la semana, espero. Chema y Leonor se han convertido en dos personas importantísimas para mí. Mientras que Leonor es mi confidente, amor, pareja… y una crítica más o menos severa a mis textos; con Chema no solamente he forjado una amistad envidiable (creo que sí), sino que también he aprendido de poesía, de edición: de saber y estar también. Ambos son dos pilares fundamentales en mi estructura.

Soy un sospechoso habitual de según qué libros, qué poetas y a menudo sucede: encuentro un libro del profesor y decido llevármelo a casa. Sucedió ayer con La sal de la lengua (Hiperión, 1999) de Eugénio de Andrade-. También recuerdo que, durante un tiempo me preocupaba no leer a mujeres y que no tuvieran resonancia en reseñas, críticas, fragmentos… publicados aquí. A lo largo de los años he conseguido reducir esa diferencia, pero reconozco que me falta trabajo lector para llegar a una igualdad real. Por ello, me llevé Insumisas. Poesía crítica contemporánea de mujeres (Baile del Sol, 2019), antología coordinada por Alberto García-Teresa. El libro promete, contundente y bonito… como la dedicatoria que me dedicó en las primeras páginas de la antología. Y porque, por encima de todo, aparecen algunas poetas destacadas que aprecio.

Centrifugados, Expoesía, Poetas, Barcelona Poesía… asistir a tales quilombos da como resultado conocer a gente como Fabio de la Flor. No somos amigos, pero hay una cercanía y cordialidad, una sonrisa siempre en la boca -en los dedos, un cigarrillo liándose- que rompe cualquier hielo. Me llevo de su caseta un regalazo, una edición no venal de Razones para no leer (Delirio / La Uña Rota / La Moderna + La Conspiración de la Pólvora, 2019) de Marta Sanz. Pasa lo mismo con Máximo Higuera, el editor de Ay del seis. De su caseta me llevé Las interferencias (Ay del seis, 2019) de Maurizio Medo. Y de Charo Fierro, una rosa poética. Todos son lo rico y bueno de los quilombos.

Definitivamente, vuelvo a Leonor. Si primero fueron los aforismos, luego fueron los bestiarios: ayer borboletinha me regaló el Animalario Universal del Profesor Revillod (Fondo de Cultura Económica de México, 2003).  Como un niño con zapatos nuevos estoy.

Nota 1: anécdotas sobre la camiseta que llevábamos puesta, muchas. En la caseta de Valparaíso, se quedaron embobados mirándola -es chula de narices, todo hay que decirlo-. En el bar donde almorzamos, una señora con más achaques que años, también se dignó a leerla. En la caseta de La Libre del Barrio, igual. Al final, Fabio Betancourt tendrá que lanzar al mercado una línea textil…

Nota 2: me llevo muchos nombres en la agenda. Desde María Salgado hasta los editores de La Uña Rota. Ouka-Lele sobresale. El teatro de Juan Mayorga, también. Media Vaca libros.

Nota 3: la Editora Regional de Extremadura debe estar ahí. Y el Institut Ramón Llull. Y alguna editorial en euskera o gallego, ¿por qué no? Quizá hay que promocionar que las editoriales independientes y aquellas que publican en otras lenguas del estado español vean un atractivo acudir a la feria. Hay que dar un paso adelante en la normalización de las propuestas literarias en otras lenguas; también de aquellas zonas maltratadas por el centralismo mesetario. Madrid es capital de todos, pero al final solo unos pocos la disfrutan.

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