Añoranza de Ireneia

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“(…) ¿Qué ha sido de ti, Ireneia? Me dicen que has engordado pero no me lo creo, que el señor Geraldo ha muerto, que tu madre ha muerto, que vives en el sótano de la calle del colegio casada con un empleado de la compañía de teléfonos, que sufres de las arterias, que no has vuelto nunca más a patinar en el Académico, pero no puede ser. Mañana por la tarde iré a la pista a verte porque estoy seguro de que, a pesar de haber cumplido los treinta, todavía tienes el pelo rubio, Ireneia, todavía tienes aquella faldita verde muy corta, todavía giras y giras y giras con los brazos levantados y por encima de la cabeza, y cuando la música acabe y te curves en una reverencia sin mirar a nadie, si por casualidad reparas en alguien en la gradería que te aplaude que sepas que soy yo. No he cambiado mucho. Claro que estoy más viejo, pero soy yo. Aquel muchacho tartamudo con un defecto en el labio, que nunca tuvo el valor de sonreírte, nunca tuvo el valor de decirte hola. El sobrino de doña Lúcia, de quien doña Lúcia aseguraba que no iría muy lejos debido a sus pies planos y a aquel defecto en el habla. Realmente no he ido muy lejos pero sigo yendo a la pista de patinaje los domingo con la esperanza de verte girar y girar y girar y sentirme feliz. Me gustaría que un día aparecieses, Ireneia: es que a veces es un poco triste aplaudir una pista vacía”.

Libro de crónicas
António Lobo Antunes

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