La Fiesta de la Democracia

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Retiro la propaganda electoral -enviada por partida doble- del buzón. Mezclo todo, junto: corto. Más bien rompo.

En la radio anuncian la apertura de los colegios electorales. Me llevo el transistor a la ducha; abro el grifo y dejo que se caldee el agua. Subo el volumen. Como respuesta a mi osadía -son las nueve y tres minutos de un domingo, por muy electoral que sea-. el vecino del tercero izquierda desplaza hacia el patio de luces un altavoz donde resuena a las barricadas. Mientras tarareo la sinfonía, mi esponja arrastra de mi piel células muertas, algún que otro rastro de virus, sangre seca…

Salgo desnudo del cuarto de baño: decido secarme al natural, gracias al frescor primaveral que tiene de especial una jornada democrática. Desayuno, desnudo también, un café solo con un suspiro de azúcar. Y después me visto: camiseta negra, pantalones vaqueros. Me encinto el cinturón que recuperamos de la casa familiar, huérfano de dueños. Calcetines azul pastel. No encuentro los calzoncillos. Tampoco las zapatillas de deporte. Procedo a reciclar para usar hoy la ropa interior íntima de ayer sábado y del zapatero encuentro unas Converse con más festivales que pasos en las suelas.

Móvil. Llave. Salgo de casa. Como siempre, he vuelto a dejarme la cartera. Vuelvo a casa. Está encima de la mesa del comedor. No: en la cocina, al lado de la nevera. Reviso que tenga dinero -cinco euros, tres cañas-. Ahora sí: salgo definitivamente por una calle resbaladiza por culpa de la gramínea del palmeral colindante y un minuto y medio más tarde llego a mi punto de votación. En poco más de trecientos metros casi atropellan a un anciano, una pareja discutía acaloradamente delante de su hija y el conductor de un Opel Calibra tuneado ha realizado un combo: saltarse un semáforo en rojo mientras tiraba una lata de cerveza. Obviamente, habrías recriminado, si estuvieras, todos estos comportamientos punibles.

Ya en el colegio: sobre azul cerrado, sobre naranja, también. Me detengo ante mi mesa electoral y abro la cartera: no está el DNI. Busco en los tarjeteros y tampoco; seguramente me lo haya dejado en el coche digo despidiéndome y marcho ligero. Y en la vuelta de la esquina, tras salir del colegio electoral, veo al imbécil del Opel Calibra aparcando en batería; a la pareja que discutía besándose apasionadamente mientras su hijita sostiene un globo ,y al anciano sentado en un banco, cogiendo aire y revisando su papeleta antes de entrar a votar. Giro hacia casa, estoy en el portal: recuerdo que mi DNI está entre la ropa recogida del tendedero que nunca plancharé. Entro en el apartamento y recuerdo también, que tengo que hacer la lista de la compra (huevos, pienso para el gato, leche, carne, aceite). Que tengo que ir al cementerio a cambiarte el agua de las flores, o las flores si están marchitas. Debería limpiar también los portafotos de una vez. Todo con amor, demostrándome una vez más que para mí no existe la ley de dependencia. Que no puedo ni sé vivir sin ti.

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