Huir de la residencia

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“(…) De muy mal humor, mi madre irrumpió en la sala de consultas y se sometió a una larga entrevista con un médico residente, joven, chileno y circunspecto, que no sabía nada del pasado militante y del estatus de escritora de mi madre. Esa ignorancia podía jugar a nuestro favor, vaticinamos mi hermano y yo. Error. Después de la entrevista, el médico nos convocó en un despacho digno de los servicios de inteligencia albaneses. Con gravedad de oncólogo, manifestó su desconcierto por el relato de mi madre. “No es normal que una persona solo hable de la guerra civil, del exilio y de Praga”, diagnosticó como si fueran los síntomas de una nueva y fantasiosa variante de demencia. Si no hubiéramos estado tan asustados, mi hermano y yo habríamos compartido una sonrisa de melancólica comprensión. En un tono más pausado que el del médico, le dijimos que asumíamos toda la responsabilidad -si era necesario, por escrito- pero que, teniendo en cuenta que el diagnóstico no era concluyente, no autorizábamos la sugerencia de tenerla unos días en observación ni ningún tratamiento experimental. Por desgracia, los incidentes se fueron repitiendo a este nivel de insubordinaciones caricaturescas hasta que mi cuñada y mi hermano, que viven en Granada, se ofrecieron para acogerla y poner fin a la dictadura del “no quiero ser una carga”. En una operación en la que participé en calidad de coautor intelectual y productor ejecutivo, ideamos una especie de secuestro neorrealista. A ella la idea de cambiar de aires le atraía hasta que le dejaba de atraer. Y como sus cambios de humor eran discreccionales, era necesario interpretarlos como la confirmación de una necesidad: escapar de aquella residencia cuanto antes. Breve informe de la operación: me encargué de contratar un taxi lo suficientemente espacioso para encajarla con la silla de ruedas en la parte de atrás y mentalicé al taxista que debía llevarnos al aeropuerto (que era clavado a Alberto Sordi) para que, ante una hipotética escena de histerismo, mantuvieses una sangre fría escandinava. Y mi hermano supo mostrarse heroicamente sereno incluso en los momentos en que el pánico estaba a punto de paralizarnos y sabotear la operatividad del comando (…)”

El arte de llevar gabardina
Sergi Pàmies

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