Adonáis y Valparaíso

No me gustan los premios -aunque alguna vez me haya presentado a alguno-. Cuando era ingenuo, joven (más joven, digo) y pude sacar un poquito la cabeza del hoyo he visto un páramo de favores, supuestas corruptelas y un grupo de nombres en una gran mayoría de premios. También bases surrealistas -¿qué sentido tiene presentarse con pseudónimo 49204386_2481919978487983_2552823376993320960_no lema si en la portada del poemario tiene que aparecer el nombre del participante?- y algún que otro chanchullo con carácter retroactivo. Pero cuando alguien a quien tengo cierta estima es la persona galardonada, intento dejar de lado algunas evidencias para dar paso a una tímida sonrisa de alegría. Me ha pasado con Marina Casado (Madrid, 1989) finalista del Premio Adonáis. Debo reconocer que la poesía de Marina al principio no me entraba; quizá demasiado recargada y clásica para mi gusto… pero, en segundas lecturas y descargado de prejuicios y puñetas, veo diferente, enriquecida. Marina sabe moverse bien entre la fina línea que separa un estilo clásico con otro más moderno. Los poemas que he oído leer a Marina, al menos, los últimos, irradian una fuerza juvenil más fresca, con guiños en color sepia sin poner en riesgo nada su honestidad (la poesía es un trabajo de honestos mentirosos, recuerden). A su favor juega un amplio conocimiento e movimientos, autores, obras y estilos que enriquecen una propuesta que, espero, poco a poco vaya consolidándose.

Pero también me alegro por Violeta Vaca (Huelva, 1991), galardonada con el Premio 46828827_10217102327408017_5076701423190671360_nValparaíso de poesía, del que fue ya finalista el año pasado. Si el Colectivo Addison de Witt estuviera de nuevo en activo, seguramente estarían con la mosca detrás de la oreja con la editorial y su particular juego de la taba. Valparaíso es una editorial interesante cuando trabaja con propuestas sobre seguro (léase Charles Simic o Montserrat Abelló. Violeta crea una poesía enraizada, de camino lo moderno y con un marcado tic de género necesario y nunca imprescindible. Posiblemente estemos ante una poesía que me cueste más de leer -como con otras lecturas: me costó pillar el punto a Gamoneda pero ahora adoro al leonés- y no quiero pensar por falta de calidad, faltaría más.

Más allá de la alegría y la sorpresa que me producen las noticias sobre premios… tengo una cosa bien clara: todos los premios son como los elefantes: tienen una memoria prodigiosa.

[La foto de Violeta es de la poeta Esther Muntañola]

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