La bicicleta del panadero, de Juan Carlos Mestre

LBDPFuera de toda duda, Juan Carlos Mestre (1957 – act) es uno de los mejores poetas españoles que hay. Y lo que es más importante todavía: se le puede considerar poeta -con mayúsculas o sin mayúsculas, ahí entra el gusto de cada uno- de la cabeza a los pies. Estoy acabando de leer La bicicleta del panadero (Calambur, 2012) y no arriesgo si digo que es uno de los poemarios más contundentes que he leído en mucho tiempo.

En una época donde la concisión y la brevedad está en auge, Mestre ofrece un desfile de cotidianidades en carne y hueso, desarrollados en ambientes fríos y húmedos (¿bercianos, quizá? donde emerge la dignidad apedreada y solitaria, pero siempre coherente y justa. Arriesga con la palabra y rehuye de la simplificación, apostando por la exploración en el imaginario, alzando del silencio a anónimos en la sombra. Leer a Juan Carlos Mestre enriquece, porque es capaz de dibujar en sus textos un universo que traspasa al lector sin que tenga que cerrar los ojos. Los poemas, muchos abrazando lams3 prosa, se adentran más allá de la inmediatez y la obviedad: juega con lo cotidiano, hace partícipe a los nombres de sus versos como elementos constantes en ellos, aderezándolo de píldoras culturales, guiños a conocidos y enumeraciones sugerentes.

Aceptar -porque los libros a veces entienden de negociaciones- la lectura de La bicicleta del panadero significa adentrarse en un mundo bipolar: con parajes funestos, duros; y por otro inocente e inofensivo. El libro es un menhir tallado de forma detallada con las palabras y la emoción como la poesía del berciano; con una imaginación fuera de lugar, única en cadencia. El poeta alicata una realidad con sus versos, reconstruyendo con su mirada privilegiada una realidad que no espera otra cosa que no sea a maravillar al lector a la vez que, como pasa con los buenos poemas, hacer pensar.

Cuatrocientas setentas páginas de poesía.

[“Perdiste el elefantito de oro que te regaló tu madre en septiembre
del 56
y el de lapislázuli que te regalé yo al cumplir los diecinueve.
Perder un elefante establece algún tipo de vínculo con la superstición,
Violeta Parra había extraviado el suyo entre el serrín de la carpa
la tarde del escopetazo, años despuñes lo encontró su hermano,
Nicanor,
pisoteándole el jardín a un poeta al que le habían dado el Nobel.
Tarde o temprano, la felicidades termina siempre por no encontrar
a su dueño.”

Y como colofón: Mestre entiende y sabe de elefantes. Una delicia de hombre.]

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