Baltazar

23622504_10156066261139574_404333823133504171_nNegro azabache, con toques blancos -la edad no perdona- mirada juguetona y hocico profundo y curioso, a sus casi ocho años y novecientas anécdotas Baltazar es todavía un cachorrillo de labrador retriever. Habemus perro de escudería, sí. Y de talla mini: el pobre se estabilizó a los tres años y decidió no crecer más para concentrarse hábilmente en aquellos hábitos que le dan la vida cada día: el hurto de calcetines -masculinos- y el posterior amago de los mismos con la habilidad de un asesino en serie ocultando sus víctima; ladrar a cualquier otro can al que podamos mirar a la calle, lanzándose a degüello para echar en cara su presencia en la calle -por lo visto, las calles son de Baltazar- aunque luego se distraiga derrochando testosterona en la primera farola o contenedor descuidado que tenga al alcance de su capacidad miccionadora.

A primera hora de la mañana, sigiloso cual submarino soviético, entra en la habitación y después de proceder a la inmersión bajo sábana, emerge con un arsenal de cabezazos, gruñidos y lametones solicitando el paseo de rigor cuando la calle todavía no está puesta como aquel dice. Entre bostezos de su acompañante, Baltazar va observando cómo se instaura la rutina en las aceras y no hace ascos a cualquier caricia o mimo que pueda ofrecer un tercero a su nuca o barbilla: se siente protagonista. Agradecido, siempre responde con un cabezazo cariñoso al mimo que se le ofrece. Y no hablemos ya cuando le ofrecen un cachito de pan -es el único perro al que he visto que le hacen tostadas para37583656_10156732864769574_5356253890935259136_n desayunar- o embutido; muta completamente su comportamiento y se vuelve durante unos instantes un perro idílico, olvidándose de ladridos, gruñidos, y saltos imposibles.

Es curioso que no haya desarrollado la práctica continua de la cópula: será, por un lado cosas de la edad -aunque por su ánimos está hecho todo un chaval- o porque es consciente que con tal embalse de testosterona desbordando sus testículos sería inaguantable para cualquier hembra dispuesta a encariñarse de él. Perdido de la emoción, sobre todo si no ha podido salir a estirar las patas a primera hora siempre suelta alguna trufa en el ascensor, instantes antes de pisar la calle. Nunca nos hemos arriesgado a cambiarle la dieta. A veces no sabemos si llevarlo al veterinario o a otro de Ourique, centrado más en la pediatría perruna, porque Baltazar sigue siendo un bebé a sus ocho años aunque esté como una regadera. Por eso también le llamamos maluco.

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