La última copa

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He llegado a casa como el agua de mar después de las tormentas: con resaca. Algo mareado también -quizá porque el metro de Madrid funciona al revés que el resto- y con una desbordante sensación de gratitud hacia muchas personas que han compartido su tiempo conmigo. Madrid nunca me resultó atractiva hasta hace casi dos años, pero poco a poco voy cambiando de parecer. La doble pé -personas+poesía- hace milagros.

No miento si digo que la lectura del sábado en Aleatorio me producía más miedo que respeto. No sé por qué: quizá por mi fobia a los micrófonos. Será porque había caras desconocidas en primera línea. O por su capacidad de engañar, manipulando la voz de la misma manera que toqueteamos lo que podemos con nuestros versos: no somos de fiar, los poetas. Pero sí lo son los amigos; aquellos que aparecen desde el olvido de los meses para cenar contigo, oírte o para abrazarte sin motivo aparente: hacerse mayor significa corresponder y querer a la gente más de lo que muchos se merecen, sin esperar nada a cambio.

[para una persona tan independiente ser escuchado con mayor o menos atención puede ser un arma de doble filo. Gracias por asumir tal riesgo conmigo…]

Foto: mítico cartel de Puerta del Sol. La última copa a su salud, por ahora. Tocan más.

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