Iribarren en la frontera

A1-51666569.jpgHace un mes justo íbamos de Cáceres a Lisboa en la empresa. La empresa es el nombre con el que comunmente se conoce al autobús de línea en Plasencia. Yiyo me pegó ese concepto y ahora tengo que explotarlo como herencia lingüística de mi infancia. Hace un mes descubría a Karmelo C. Iribarren (Donostia, 1959) en profundidad, leyendo La ciudad (Antología poética 1985 – 2014) en su segunda edición ampliada y renovada recientemente mientras cruzábamos en autobús la frontera del Río Caia.

Una certeza que tengo, y antes de leerlo estaba, es que necesitamos poetas sucios, de a pie de calle. Iribarren no ha rechazado nunca el humo del tabaco ni la taberna, tampoco la mirada gris del humo de tabaco. La figura del guipuzcoano es necesario porque llena de un realismo urbanita, directo, escrito desde el interior y limando lo mínimo los significados, manteniendo el bruto versos en apariencia sencillos de leer pero creando en conjunto poemas con más sensibilidad del que aparentemente pueda existir: hay que escarbar para extraer el significado pleno del poema. Sensibilidad entendida más allá del sentimentalismo barato y recargado, sino uno aparentemente menos refinado pero igual de efectivo cuando una exporta su talento.

Al igual que hablaba el otro día del paisaje urbano cínico y desenfadado de Elena Román con Ciudad girándose, con Iribarren damos de bruces con un espacio público sórdido y gris. Bajo la barrera imaginaria del papel se despachan versos como quien lo hace con chicharros, cayendo a plomo. No es difícil perderse por las calles empedradas, la lluvia o la agria melancolía que embadurnan algunos poemas del libro o la acidez que9788484729488 aparece en algunas palabras, cambiando radicalmente la percepción que recaía sobre la estructura -como en El candidato a pie de calle, por ejemplo-. Iribarren se moja y no rinde cuentas ante nadie excepto a él mismo o a una segunda persona: sea el lector o esté presente en el poema. Retomando aquello de sus versos sencillos, es así porque acuña la expresión exacta en el momento en que una palabra u otra acompañada de algún complemente son necesarias únicamente para dotar de sentido al poema. No estamos ante trocitos de versos sino ante significados plenos con pocas palabras sin que la estructura se resienta.

Nos equivocaríamos si denomináramos a Iribarren como poeta de culto gracias al boom poético de los veinteañeros-millenials: honestamente, creo que está por encima de cábalas y sueños húmedos de las generaciones puesto que su realismo sucio no encaja con lo que sus aduladores practican. Como especie singular, tiene sus detractores y también sus incondicionales. Podremos leer refritos del donostiarra por twitter e instagram, pero él tiene aquel el toque personal de aquellos que han podido paladear la vida sin ambages ni florituras; con la normalidad que muchos le negamos al día a día.

[cruzamos la frontera, cambiamos la autopista y Leonor cabecea. Entonces leo Pero en ti. Y la mirada triste de las encinas cambia de expresión al ver el sol caer por el horizonte. Otros días nuevos llegarán]

Nota: la edición y selección de la antología es obra de un grande como José Luís Morante. También pesó su nombre en el momento de hacerse con el libro.

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