La canícula

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Puede ser que esté realmente agotado: puede ser. Desde finales de mayo mi día a día se resume en madrugar, trabajar -incluyendo aguantar alguna queja o reproche- llegar a casa, comer y acto seguido contar las horas que quedan para que vuelva a trabajar. O que quedan para que salga de casa para ir al colegio. O las horas que dormiré cuando entre en la cama y pongo las correspondientes alarmas en el móvil. Alarmas, digo, que nunca utilizo porque el reloj biológico de mi cuerpo se ha encargado de maltratar me sueño, de jugar con mi descanso y así puede que a las cinco de la mañana ya tengo los ojos despiertos y acto seguido esté dando cabezadas de media hora hasta las siete y poco, cuando normalmente me canso y preparo el almuerzo del día siguiente, a leer a Uría, Simic o Pavese mientras la ciudad se despeña entre andamios. Es así: cuando salgo de casa en casa todos duermen y cuando llego todos danzan cuando deseo acostarme tras un buen gazpacho. Ya me acuesto después de reconstituir el cuerpo y descanso una hora, o tres cuartos mientras escucho agonizar la etapa de turno del Tour mientras mi cuerpo se funde con el sofá, con la cama hasta desesperar con el sueño breve, sin remedio.

Foto: portada del cómic Canícula.(Astiberri, 2014) realizado por el historietista francés Barú.

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