La lluvia de golpes

cvna

“(…) Si descuento aquello no vimos nada interesante. Bueno, esa fue mi impresión. Faltando poco para la medianoche emprendimos la retirada. Mis amigos iban discutiendo en su idioma y empujándose por el sendero. Quizá por esta causa no distinguieron a Ronja como a unos cien metros de distancia, a punto de adentrarse en la oscuridad de los pinos. Estuve a punto de llamarles la atención sobre ella; pero la lengua se me quedó parada cuando reconocí en el hombre que llevaba a Ronja de la mano la camisa floreada que se había comprado Fede dos días antes en Albufeira.

Un gemelo y las dos hermanas de Hendrik todavía correteaban por la parcela de las autocaravanas. La mongolita lanzaba unos berridos extraños. La vi golpearse con el cubo de plástico en la cabeza, seguramente porque no quería acostarse. Su madre la regañaba o eso es lo que a mí me parecía mientras el resto de los adultos jugaba con tranquilidad a los dados (…)

Me dormí, como en las noches precedentes, oyendo el rumor de sus voces y alguna que otra risa. Al cabo de no sé cuánto tiempo me sobresaltó un retumbo. Algo había chocado con fuerza contra la pared de la autocaravana. Tembló la litera y yo pensé que Fede se habría vuelto a emborrachar. Lo pensé tan solo unos instantes, lo que tardó en producirse el siguiente retumbo. Luego, allí cerca, oí jadeos y gritos entrecortados de hombres y chillidos de mujer mezclados con estrépito de objetos que se caían. Me asomé a la ventana sin encender la luz. Vi a la madre de Nils y Ronja golpeando a Fede por detrás con una silla, y vi ir y venir el puño del padre de Hendrik, y por fin vi la silueta tambaleante de Fede, que se defendía como podía de la lluvia de golpes.

Conforme nos acercábamos a la frontera redujo la velocidad. Apenas había tráfico.

-Carlos, hijo, hazme caso. No se te ocurra fiarte nunca de los rubios. Son gente violenta, con malos instintos y mal alcohol.

Al recuerdo me vinieron los rubios de mi colegio. El Pecas, Ignacio, Selena Berrocal y algunos más de los que no me sabía el nombre. Fede continuaba escupiendo de vez en cuando sangre por la ventanilla. Delante de nosotros se alargaba el tramo corto de carretera. El resto era noche negra.

-Sólo veo con este ojo.

Por primera vez en mi vida sentí lástima de mi padre. Lástima y también, la verdad, un poco de asco.”

El vigilante del fiordo
Fernando Aramburu

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