Mi nuevo destino

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[pongo una foto bonita porque lo que viene a continuación es una bofetada de realidad. Así quizá a vosotros os duela menos…]

Ayer fue mi primer día de trabajo, el día cero en un municipio nuevo para mí. Es curioso cómo el destino guarda zurdazos y me los ofrece sin aspavientos, sin caer en cuenta quizá de lo acertado de su mando: trabajo a escasos cinco metros de la Plaza -allí, en el barrio, escuchar por boca de alguien decir “Plaça” es un lógico imposible- Federico García Lorca. En un recodo de la misma emerge un arco andalusí que uno supone en tiempos tuvo su sentido. El barrio está compuesto por seis o siete manzanas iguales, desconchado y con la pintura comunal deteriorada y el mobiliario público bien brilla por su ausencia bien rezuma deteriorado por las plazoletas de cada isla de viviendas. En los bajos de cada una de ellas uno supone que alguna vez hubo vida comercial. Hubo porque, más allá de mi trabajo, donde cada día me toca(rá) subir y bajar la persiana metálica, quitar el cerrojo y desconectar la alarma, no queda nada más abierto: un cartel de una carnicería con riesgo a caer si escupe fuerte el Poniente; en la esquina un supermercado de barrio -me acuerdo del Sediaco de Plasencia, donde hacía la compra la abuela Amalia- y un bar que sobrevive porque allí encuentra el hábitat idóneo para aguantar el tirón. Allí todo el mundo aguanta lo que le echen: uno interpreta sus necesidades como bien puede y las cubre según una lógica a veces complicada de entender. Dicha lógica enviaría a tomar por saco los postulados de Hobbs y Maslow, su pirámide de necesidades y demás monsuergas sobre el mercado. Es un barrio donde se sobrevive con lo que hay, donde la pillería está al orden del día y donde los políticos no ponen un pié a no ser que inauguren un columpio o sea campaña electoral (ambas cosas, por cierto, sucederán pronto puesto que los columpios están oxidados y en el diecinueve hay elecciones municipales) y un partido aparque su caravana electoral, o parte de ella, total, en un vértice de la barriada para llenar las calles de política barata, bocadillos y gaseosa gratis -¿estómago lleno, voto seguro?- globos del color del partido político en cuestión y niños acercándose al candidato sintiéndose protagonistas de no se sabe quién, sonriendo a otro buhonero, un abrazafarolas, mequetrefe o un o una gilipollas integral, que en todos los pagos hay alguno o alguna, haciendo un Mister Marshall en su urbe obviando la vergüenza de no tener vergüenza.

Ahí trabajo yo, de forma temporal hasta que los políticos quieran. Hasta que ellos dictaminen que la apertura del centro y sus trabajadores son prescindibles, así como la atención a sus conciudadanos: sean dependientes o supervivientes. Bola de la ruleta: ojalá nunca depender de tu caída. Ni yo ni nadie más.

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