Besos humanos, de Ferrer Lerín

ffl bhSi habláramos de crueldad sobre el libro podríamos sentirnos legitimados para hablar también de dudas: si Ferrer Lerín molestó en su momento aunque a él se la trajera al pairo o pensar en un silencio literario misteriosamente roto apenas hace poco más de una década. La verdad es que Besos humanos (Anagrama, 2018) es un compendio de recortes, quizá un collage de piezas de libros, de entradas en su(s) blog(s) donde lo que menos importa es la forma reflexiva, el recurso parco de florituras -pero sí de datos; véase si no cuando nos adentramos sobre las Galápagos o en las entrañas de cierta crisis o estafa mundial- y ante todo el fondo negro que encuentra indirectamente una sonrisa cómplice. La negritud está presente en todo el libro aunque no la parezca; incluso en la portada donde dos tenedores revuelven un plato como podrían hacer con nuestras tripas en tensión ante el suspense. Ferrer Lerín, aceptémoslo, es un escritor raro: renuncia de congéneres de la cosecha novísima, también del postureo neandertal de escritor que resurge cual Ave Fénix de décadas de silencio. Ferrer Lerín es un misterio como los horrores que narra, consiguiendo girar cada secreto hacia la barrera tenue de realidad o ficción -entonces uno cree ya que Familias como la mía (Tusquets, 2008) era todo cierto- sin renunciar a la belleza. También, radical porque ofrece una carnaza -como a los buitres- a los lectores. Carnaza selecta que devoraremos con gusto porque el barcelonés -oxthumb_20309_autores_big.jpeg.pagespeed.ic.wnoL9Hy0JJ jacetano, ya- ofrece una machetada literaria tan sorprendente que deja a discreción del lector saber qué es ficción y biografía en una obra tan sorprendente como siniestra. Tan curiosa, en fin, como el gen mutante que hace mezclar la necrofilia de estimadas aves con los crímenes más impúdicos, baños de sangre; desdramatizando el final de los restos de cualquiera que se cruce por delante de él.

Ferrer Lerín, con aires de almidón y elegancia del vigía de la montaña con prismáticos, cazadora vaquera, escribe elegante de cosas que en realidad no lo son; para desdramatizar la informalidad negra que sucumbe en todo lo que cuenta. Porque alguien que irrumpe tras décadas con la resonancia percutora que él utiliza en su verso y en su prosa puede permitirse algunas licencias. Y él, interpreta la sangre y lo negro a su manera. Porque puede.

Nota: en Oculta.lit publicaron recientemente un artículo de la compañera Violeta Font. Recomendadísimo (ella y el artículo, que conste. También Oculta.lit. Podéis leer su texto clicando aquí.

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