El vermut de hoy domingo

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Tengo por costumbre leer cada domingo alguna crónica de Lobo Antunes mientras tomo un vasito de Yzaguirre. Suelen ser piezas sencillas de leer comparadas con la prosa áspera en casos, que no carente de singularidad y belleza. A modo de dominical completo la lectura con algún relato o prosa breve: Que si Víctor Balcells o Raymond Carver y esas rosas amarillas por libro o bien algún fragmento de Lisboa, de Pessoa. Si aún así no tengo suficiente me atrevo con Erri de Luca pese a la traducción mediocre de cierto poeta de la incertidumbre realizó hace unos meses. Me acuerdo que, en el coloquio que celebró en Barcelona hace casi un año, el transalpino restó importancia aparentemente a los deslices del traductor de ‘Solo ida’ sofocando el fuego hacia la impulsividad de la juventud. El traductor es cierto poeta de la “poesía de la incertidumbre”.

Que en poesía, rozando la cuarentena, te sigan llamando promesa me sorprende. Así como el otro día una compañera de la Escola de Lletres dijo que era demasiado joven para sacar un libro o que tendría que replantearme sacar el poemario adelante porque carecía de sentido único; otra compañera comentó, cito literal, “no pares ahora de escribir, escribir y escribir libros porque así te das a conocer, te haces un nombre -lo que siempre me ha importado es hacerme un hombre- y vas ganando fama, dinero, reconocimiento…” La poesía, al menos para mí, no es una vaca lechera en donde puedas apretar las ubres (ideas) y sacar de ellas poemas y poemas a litros. Escribir un libro es una cosa normal y corriente, una experiencia y un reto cuando uno se lo toma en serio y busca dar un paso más allá de la autorrealización de guardarlo en una gaveta roída; pero pensar de buenas a primeras en que todo está hecho, en que llegará el triunfo sin esfuerzo es una falta de respeto al trabajo de editor, escritor… y banalizar una labor que no todo el mundo está dispuesto a realizar. Me sorprende la cantidad de preguntas sobre el proceso de “aceptación” de una obra, pero igualmente me arrugan el bigote -porque me lo he dejado sí- la triste realidad de las escasas preguntas sobre la creación de una obra. Es como si el egoísmo intrínseco que hay en nosotros nos traicionara para sólamente enterarnos de la parte física del libro, del salseo editorial. Atrás en silencio quedan las preguntas sobre procesos de creación, reflexión, revisión… Vamos, todo rectito y al pie.

Es domingo como digo y quiero acompañar el vermut con la crónica de las vacaciones de Lobo Antunes o por qué apostar todo a rojo perdedor, según Balcells Matas. Que pongan en duda el trabajo de uno me cabrea agudamente… pero es domingo. Vermut y berberechos con Espinaler harán ligeros los desprecios: no llevan pimienta siquiera. Salud y transistor esta tarde.

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